Un adiós en compañía

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7 de septiembre de 2020  • 00:00

Permitir compartir los momentos finales de vida de quien se encuentra en estado crítico devuelve a la persona un inalienable derecho que hace a su dignidad

Pocos momentos son más delicados y trascendentales que aquellos que nos enfrentan con la inminencia del final de la vida, propia o de la de aquellos a quienes amamos. Tal como dispuso la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1990, el derecho de cualquier ser humano a morir acompañado es inalienable y esta pandemia ha violentado a la humanidad al imponer dramáticas restricciones.

Nunca deberían esgrimirse razones epidemiológicas para prohibirle a nadie el contacto con un allegado cuyo fin se acerca. Está claro que, tras más de cinco meses del inicio del aislamiento impuesto por razones sanitarias, el hecho de que no se haya previsto una solución racional para las situaciones que se han presentado revela otro preocupante desdén de quienes nos conducen por las consecuencias indeseables que la obediencia impone a los ciudadanos.

Tomás Olivieri Acosta, experimentado voluntario y acompañante de quienes transitan el final de la vida y de familiares, médicos y enfermeros que los acompañan, destacó que la situación viene dejando heridas emocionales, vinculares y familiares que llevará años reparar. "Estamos a años luz de entender lo que es un proceso de buen morir", afirma con acierto.

Quedarán marcados a fuego en nuestra memoria los capítulos protagonizados por Solange Musse, obligada a morir en Córdoba sin haber podido ver a su padre, quien luego de recorrer más de mil kilómetros debió retornar al punto de partida, en Neuquén, en el mismo día, con ocho móviles de escolta policial. También, el de las hermanas Garay, a quienes se les rechazó diez veces el ingreso a la provincia de San Luis para abrazar a su padre en estado crítico por un cáncer terminal. O el de la doctora Fernanda Mariotti, firmante de un petitorio en Change.org en el que criticó "la crueldad de los protocolos" que le impidieron despedirse de su madre.

Mientras se asignan responsabilidades y se busca evitar que estas tristes situaciones puedan repetirse, celebramos que la Legislatura porteña haya sancionado la primera ley dirigida a evitar que los pacientes en estado crítico atraviesen la última etapa de su vida en soledad y aislamiento. Facundo Del Gaiso (Coalición Cívica-Vamos Juntos), coautor del proyecto junto a su par de bancada María Luisa González Estevarena, destacó que la flamante norma "es reflejo del respeto que tenemos como sociedad por la vida" y la describió como un homenaje a quienes murieron en soledad.

El plan de acompañamiento, aprobado con 58 votos positivos -casi la totalidad del cuerpo, de 60 diputados-, prevé la presencia efectiva en el hospital, previa firma de un consentimiento escrito, de una persona cercana al paciente. Además de la buena salud, los requisitos incluyen que tenga entre 18 y 60 años, que no presente factores de riesgo y que no esté embarazada. Deben respetarse también las medidas de bioseguridad que obligan a utilizar el equipo de protección personal. Mediante la conexión virtual autorizada por la ley, otros allegados podrán sumarse a distancia para facilitar la despedida.

El nuevo protocolo es obligatorio dentro del sistema público de salud porteño y debe adaptarse a las características de cada centro. Las instituciones privadas, algunas de las cuales ya habían diseñado sus propias reglas para brindar contención psicológica y espiritual a los pacientes ante el vacío legal en la materia, han quedado invitadas a adherir a la norma.

Proyectos similares se tratan en las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Río Negro, Santa Fe, Neuquén, La Rioja, Jujuy y Catamarca, así como en varios municipios bonaerenses.

Por su parte, la diputada nacional Leonor Martínez Villada (ARI) había presentado en el Congreso un protocolo en el mismo sentido que contemplaba también permitir la asistencia a funerales de "al menos el círculo íntimo" del fallecido, otra dolorosa instancia de la despedida.

Como sociedad, la pandemia nos puso cara a cara con la muerte y confirmó que queda mucho por hacer para superar el nivel de adormecimiento y negación con que la encaramos. Humanizar el proceso, priorizar el bienestar del paciente crítico, además de brindarle el adecuado tratamiento médico, es comprender que nunca más que en el momento de partir se manifiesta en su verdadera dimensión la dignidad de la vida.

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