Un diseño medieval

Ernesto Schargrodsky Para LA NACION
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7 de octubre de 2010  

Era complicado enfermarse en la Edad Media. Si uno, por ejemplo, se engripaba, un vecino podía recomendarte que te pusieras ventosas, un pariente te decía que tomaras sol, otro que te dieras un baño con agua fría. Se hacían recomendaciones basadas simplemente en opiniones y, en la mayoría de los casos, no resultaban.

La medicina progresó gracias, principalmente, al desarrollo de métodos científicos. En particular, drogas y tratamientos pasaron a ser evaluados con la utilización de protocolos experimentales. Cuando uno quiere conocer el efecto de un medicamento, el producto se suministra a un grupo de pacientes y luego se comparan los resultados con la evolución de un grupo de pacientes similares que no recibieron esa droga.

En ciencias sociales, lamentablemente, estas metodologías experimentales muchas veces no están disponibles. En macroeconomía, por ejemplo, para testear la conveniencia de una política macroeconómica, uno necesitaría muchas Argentinas para desarrollar esa política en algunas de ellas y compararlas con las otras, por lo que quizá nunca podamos hablar de ciencia en macroeconomía. En microeconomía, sin embargo, se ha producido en los últimos años una revolución metodológica en la que la pertinencia de una política social, por ejemplo, se evalúa ahora comparando individuos que, sea por un diseño deliberado (experimentos controlados) o por razones históricas (experimentos naturales), recibieron un determinado tratamiento respecto de individuos similares que no lo recibieron. Para combatir la inseguridad, el Senado acaba de aprobar la semana pasada la implementación del Servicio Cívico Voluntario, por el cual jóvenes de 14 a 24 años de bajos recursos recibirán instrucción en oficios y artes en instalaciones militares. Aunque no es idéntico, el proyecto se parece mucho al servicio militar que existió en la Argentina hasta 1994. Es más, los motivos que subyacen en su aprobación son los mismos que los que respaldan los proyectos de reimplementación del servicio militar obligatorio para combatir la inseguridad.

Existen argumentos para suponer que el servicio militar reduce el delito. La participación en el servicio militar puede haber significado, en el siglo pasado, el acceso a controles médicos, alfabetización, alimentación e inclusión social para jóvenes de bajos recursos. También constituía un ambiente donde se transmitían valores y disciplina. Además, el servicio militar mantenía a los jóvenes en instalaciones militares, imposibilitados transitoriamente de cometer delitos. Pero por otro lado el servicio militar retrasaba el ingreso de los jóvenes en el mercado de trabajo, afectando su inserción laboral, y en muchos casos, como los que llevaron a su desaparición, constituía un ambiente sumamente violento. Los conscriptos recibían además entrenamiento en el uso de armas.

Afortunadamente, la hipótesis de si la prestación del servicio militar obligatorio aumentaba o reducía la posibilidad de involucrarse posteriormente en actividades delictivas puede ser sometida al escrutinio científico apelando a un experimento natural. Como todos recordamos, el llamado al servicio militar dependía del resultado de un sorteo. Esto permite comparar a la población que sacó número alto respecto de los que sacaron número bajo.

Esta comparación la estudiamos en un trabajo realizado con Sebastián Galiani y Martín Rossi ( Conscription and Crime: Evidence from the Argentine Draft Lottery ). Allí mostramos que aquellos que prestaron el servicio militar tuvieron una probabilidad 4% mayor de desarrollar posteriormente un prontuario criminal. El efecto es mayor para quienes sufrieron una mayor interrupción en su ingreso al mercado laboral (dos años de "colimba") y para las clases que participaron de la Guerra de Malvinas (en coincidencia con estudios similares que se hicieron aprovechando los sorteos realizados en los Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam). Los ex-conscriptos también muestran mayor índice de desempleo, menores ingresos y menor probabilidad de estar registrados en empleos formales.

Estos resultados indican que el servicio militar es una mala recomendación para combatir la inseguridad. El nuevo Servicio Cívico Voluntario no es idéntico, pero se le parece mucho, y su uso para reducir el delito está inspirado en las mismas ideas. Es como si se demostrase científicamente que un antibiótico perjudica la salud y luego se aprobara el suministro a la población de otro con una composición química muy similar y sin ninguna evidencia seria de sus efectos benéficos.

Desafortunadamente, el significativo aumento de la inseguridad en nuestro país en las últimas dos décadas no ha sido acompañado por una mejora en el diseño de nuestras políticas de seguridad. Necesitamos que estas decisiones estén guiadas por resultados rigurosos en vez de por meras opiniones bienintencionadas. En resumen, nuestra sociedad necesita que el proceso de diseño de sus políticas de seguridad salga de la Edad Media.

© LA NACION

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