Villa Ocampo, la comunidad y las ausencias
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La reciente celebración de un acuerdo entre la Unesco y la Municipalidad de San Isidro “para fortalecer la apertura de Villa Ocampo a la comunidad” es, sin duda, una buena noticia. Todo esfuerzo por ampliar el acceso ciudadano al patrimonio cultural, por integrar una casa-museo emblemática a la vida cotidiana sanisidrense y por multiplicar sus actividades educativas merece ser celebrado.
Villa Ocampo no es una casa cualquiera. Es un lugar donde la cultura argentina dialogó con el mundo y donde Victoria Ocampo imaginó un espacio de hospitalidad intelectual que aún hoy nos conmueve. Que ese legado se acerque a los vecinos, a los estudiantes y a los visitantes resulta coherente con el espíritu que le dio origen.
Sin embargo, toda buena noticia admite —y a veces exige— una reflexión más profunda. En este caso, llama la atención que un acuerdo de esta naturaleza se haya celebrado sin la participación -o al menos sin la debida consulta o información previa- de las organizaciones de la sociedad civil que desde hace años sostienen con trabajo constante y silencioso la vida cotidiana de Villa Ocampo. La Asociación de Amigos de Villa Ocampo es un ejemplo elocuente: voluntarios, especialistas y ciudadanos comprometidos que han contribuido de manera decisiva a contribuciones, actividades culturales, cuidado patrimonial y vínculos con la comunidad.
Más llamativo aún resulta el reiterado olvido de la existencia de un Consejo de Administración de Villa Ocampo, cuya creación fue impulsada en su momento por la propia Unesco como un instrumento de gobernanza plural. Ese Consejo, que debería ser un ámbito natural de diálogo, reflexión y articulación institucional, hace años que no se reúne, como si hubiera quedado suspendido en una suerte de limbo administrativo.
Estas omisiones no parecen fruto de la mala fe, sino más bien de una distancia preocupante entre las decisiones de un organismo internacional y la realidad concreta del ecosistema cultural local. Cuando la gestión del patrimonio se diseña desde arriba, sin escuchar a quienes lo habitan, lo cuidan y lo hacen vivir día a día, se corre el riesgo de vaciar de sentido los propios objetivos que se declaran.
Villa Ocampo no necesita solo más visitantes o más talleres: necesita también coherencia institucional, reconocimiento del trabajo previo y diálogo genuino entre los actores involucrados. La cultura no se preserva únicamente con acuerdos formales, sino con comunidades activas y respetadas.
Celebrar el acuerdo es justo. Señalar sus ausencias, también. Porque solo integrando a todos —Estado, organismos internacionales y sociedad civil— Villa Ocampo podrá seguir siendo lo que siempre fue: un espacio vivo, plural y profundamente argentino.








