Violencia en Cataluña

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21 de octubre de 2019  

Tan pronto se conocieron las duras condenas judiciales ordenadas por la Corte Suprema de España contra nueve de los organizadores del ilegal "referéndum de autodeterminación", de octubre de 2017, con el que en su momento se pretendió determinar la independencia de Cataluña, Barcelona se llenó, una vez más, de tensión y de manifestaciones independentistas, así como de múltiples episodios de violencia callejera.

Además, pese a que según los resultados de encuestas de opinión, la posición independentista no es ciertamente la única, ni tampoco la mayoritaria entre los mismos catalanes, se organizaron cinco importantes manifestaciones multitudinarias populares de protesta, a las que se denominó, pomposa y colectivamente, "marchas de la libertad".

Esas manifestaciones fueron seguidas por un paro general y por la generación de un clima de fuerte nerviosismo, tensiones y demostraciones intolerancia.

En el centro de la ciudad se alzaron gritos a favor de la independencia, esta vez acompañados de incendios de automóviles, estallidos de bombas molotov y de verdaderas nubes de piedras arrojadas contra las fuerzas de seguridad, que pretendían mantener el orden.

En esas protestas violentas convergieron nacionalistas, secesionistas, extremistas, anarquistas y anticapitalistas.

Un movimiento subterráneo, bautizado eufemísticamente "Tsunami Democrático", organizó desde la clandestinidad las protestas que presuntamente iban a ser pacíficas. Casi 200 policías y más de 100 civiles quedaron heridos o lesionados como resultado de las refriegas entre las fuerzas policiales y los manifestantes violentos.

Existe un sólido 52% de todos los catalanes que no han votado en las últimas elecciones regionales de abril de 2017 en favor de los separatistas. A lo que se agrega, según los sondeos más recientes, que los catalanes independentistas, sumados, conforman tan solo el 44%. Y que, en cambio, el 48,3% de la población total catalana se opone a seguir esa vía y prefiere continuar como en la actualidad, es decir, formando parte de España, con las actuales medidas autonómicas con las que se protege su particular identidad.

Visto desde el exterior, el intolerante escenario de las protestas catalanas da pena. Las salidas políticas duraderas para este entuerto solo pueden surgir del diálogo inteligente y respetuoso entre los propios catalanes y, nunca, ser impuestas a todos ni por la fuerza ni a los gritos y, mucho menos, a través de la violencia física, que desacredita, ante los ojos del mundo entero, a quienes desgraciadamente recurren a ella.

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