Al-Qaeda vuelve al primer plano y complica a Obama

Silvia Pisani
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31 de diciembre de 2009  

WASHINGTON.- Cargado de tensiones y con la sensación de que -más allá de los discursos e intenciones- la amenaza sigue viva, difícilmente el de hoy sea el fin de año con que soñaba el presidente Barack Obama al acercarse a sus primeros 12 meses de gestión.

Y, como la cara opuesta de una misma moneda, difícilmente sea el fin de año soñado por los millones de personas que, alrededor del mundo, sintieron nacer una esperanza nueva con la llegada de Obama a la Casa Blanca. Como el diablo, la realidad metió la cola. Y el presidente que mayores ilusiones despertó en los últimos años despide el 2009 que lo vio llegar presionado por el mismo discurso crítico y escéptico con que lo recibieron sus opositores.

El fallido atentado de Detroit ha sido el disparador de los malos vientos, que vienen de tres direcciones. Por un lado, el de la oposición republicana, que encontró entre los meandros del fanatismo irracional de Al-Qaeda el motivo para acusar a Obama de irresponsable. De incapaz de garantizar la seguridad.

"Estamos en guerra con el terrorismo, y cuando el presidente Obama finge que no lo estamos, nos hace estar menos seguros", afirmó, con aire fortalecido, el ex vicepresidente Dick Cheney. "Y ¿por qué no admite [Obama] que estamos en guerra? Creo que la respuesta es que no lo reconoce porque eso no encaja con la visión del mundo que él ha defendido al llegar a la Casa Blanca, porque no encaja con el objetivo general de su presidencia: la transformación social, la transformación de la sociedad estadounidense", atacó el ex "número dos" de George W. Bush.

Cheney ha sido quien, desde la vereda republicana, con más fuerza ha atacado a Obama en materia de seguridad. Y ese terreno le ha dado para cuestionarle todo: desde el anunciado cierre de la prisión de Guantánamo hasta el retiro de Irak, pasando por la "mano tendida" al mundo musulmán.

El segundo frente es la respuesta elegida por el gobierno demócrata. Las 48 horas que tardó en aceptar la gravedad de lo ocurrido le están costando caro. Ayer se pidió en forma pública la cabeza de Janet Napolitano, la secretaria de Seguridad Interior que al principio dijo que todo estaba bien, para aceptar finalmente que lo ocurrido había sido una "falla miserable".

"La información que tenía la CIA [sobre el frustrado terrorista Umar Farouk Abdulmutallab] ni siquiera siguió los cauces reglamentarios", subrayó el congresista republicano Dan Burton. "Eso es responsabilidad de ella [por Napolitano] y debe renunciar", reclamó.

Obama, a su vez, paga los platos rotos por las 48 horas que se tomó para interrumpir sus vacaciones en Hawai y comparecer públicamente por lo ocurrido. El gesto ha sido objetado por medios locales, que hubiesen preferido una toma de posición un poco menos tardía.

El tercer punto es el sistema mismo. No termina de entenderse cómo, con las advertencias existentes en varias agencias del gobierno sobre el perfil de Abdulmutallab, el nigeriano pudo subirse a un avión de una compañía comercial norteamericana sin equipaje y con pasaje pagado en efectivo.

El cúmulo de explicaciones oficiales que circularon en las últimas horas no parece satisfacer a nadie. Argumentos como que las llamadas "listas de vigilancia" son demasiado nutridas o que la información que contienen no llega a cruzarse debidamente con la de otras instancias de la administración terminaron por irritar aún más. Incluso a Obama, quien, para sorpresa de muchos, utilizó expresiones cercanas a la ira en las dos comparecencias consecutivas que tuvo en las últimas horas.

El presidente se refirió a una falla "potencialmente catastrófica", a "deficiencias en el sistema", y calificó lo ocurrido de "inaceptable". Pocas veces habían recibido los servicios secretos un tirón de orejas semejante. Obama afirmó que el atentado de Detroit podría haberse evitado si se hubieran atendido y transmitido las señales de alarma.

La inquietud se extiende estos días. Y ésa es la sorpresa. Hace 12 meses, cuando Obama estaba por empezar su gestión, la sensación era que el cambio era posible. Hoy, la realidad del fanatismo y de la irracionalidad lleva a creer que será bastante más difícil.

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