
La espléndida agente de los servicios de inteligencia rusos se mezcló en los altos círculos de la sociedad neoyorquina como parte de una célula de diez miembros enviados desde Moscú
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Anna Chapman fue el caso más cercano a la femme fatale de la inteligencia rusa que presentan las películas de espionaje: la chica sensual, irresistible, capaz de seducir, si se lo propone, a los agentes mejor entrenados, así como a cualquier dirigente, diplomático o ejecutivo con secretos de cierto interés para Moscú.

