¿De quién es el náufrago?

Por Héctor D´Amico De la Redacción de La Nación
Por Héctor D´Amico De la Redacción de La Nación
(0)
29 de marzo de 2000  

Es una magnífica ironía que Fidel Castro, nada menos, le esté agradecido a un balsero cubano después de toda la mala fama que le han dado a la isla. Hasta ahora, mejor dicho, hasta el último 25 de noviembre, Día de Acción de Gracias, los balseros no eran otra cosa que unos delincuentes que abandonaban la isla, se lanzaban al mar con lo puesto, y si tenían la suerte de escapar a los tiburones y llegar a la costa de la Florida, se convertían automáticamente en "gusanos".

Elián González, rescatado el Día de Acción de Gracias frente a las playas de Fort Lauderdale, sabe, con sus 6 años, que cuando regrese a La Habana tendrá un recibimiento digno de José Martí. Porque Elián ha entrado a la historia contemporánea de la Revolución por una ventana impensada: los cubanos de la isla sienten, con razón o sin ella, que es el único balsero capaz de aportarles cierto sentido de dignidad.

La conmovedora tragedia personal de Elián (su madre y otras nueve personas se ahogaron a su lado), ha quedado relegada ante los medios por el tironeo ideológico y político que terminó adueñándose de su vida de frágil exiliado. Es visto más como una bandera que como lo que es, un chico huérfano de madre, que no ve a su padre desde hace meses, ni a su hogar, pero al que le hablan de Disneylandia y, a la vez, del pupitre que lo espera en su escuela de La Habana.

Entre dos patrias

La otra tragedia de Elián es que lo han convertido en un estandarte reversible. Es la bandera más exitosa que hayan tenido en sus manos los seguidores anticastristas de Mas Canosa, en Miami, y la única capaz de movilizar en este momento a miles de familias en la Plaza de la Revolución de La Habana.

Una de las limitaciones de las banderas es que son lo que cada uno cree ver en ellas; están más emparentadas con la pasión que con la idea de equidad.

Esto explica, por ejemplo, que el caso haya pasado ya por tres jueces diferentes en los Estados Unidos; o que el Servicio Nacional de Inmigración haya demorado más de dos meses en reconocer que la única persona habilitada para representar a Elián era su padre, Juan Miguel, que está en Cuba; o que la secretaria adjunta para Asuntos Consulares de los Estados Unidos, Mary Ryan, advirtiera en público que retener a Elián en Miami "estará en total desacuerdo con los principios que nosotros defenderíamos en el caso de un niño norteamericano".

Ni siquiera Gabriel García Márquez, al ocuparse del caso, con su maestría habitual, pudo escapar al proselitismo que rodea a casi todo lo que tiene que ver con Elián por estas horas.

Para descifrar la presencia de Elián y de su madre en un bote que huye de Cuba, escribió que ella se había enamorado de Lázaro Rafael Munero, el verdadero promotor y gerente de la empresa que les iba a costar la vida a los dos. Y lo retrató como "un guapo de barrio, mujeriego, sin empleo fijo, que no aprendió el judo como cultura física sino para pelear, y lo habían condenado a dos años de cárcel por robo con fuerza".

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.