Del terror a la victoria: el viaje hacia lo imposible de una joven mujer rohingya

Pese a que proviene de un pueblo que es blanco de una limpieza étnica, logró llegar a la universidad
Un centro de ayuda a refugiados rohingyas en Chicago
Un centro de ayuda a refugiados rohingyas en Chicago
Pese a que proviene de un pueblo que es blanco de una limpieza étnica, logró llegar a la universidad
Zeba Siddiqui
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30 de enero de 2019  

CHITTAGGONG, Bangladesh (Reuters).- El primer día de clases en la Universidad Asiática para Mujeres del sur de Bangladesh, varios grupos de chicas adolescentes vestidas con jeans ajustados y musculosas charlan y ríen. Formin Akter, de 19 años, se queda parada frente a una hilera de valijas, de espaldas a esas chicas que le parecen tan modernas y empoderadas. De túnica y pantalones holgados que la cubren del cuello a los pies, Formin se acomoda una y otra vez la hijab.

Finalmente, pasa alguien conocido y ella sonríe de oreja a oreja, mostrándole la credencial que cuelga de una cinta roja alrededor de su cuello. "¡Mirá mi identificación!", dice levantándola como un atleta con su medalla olímpica encima del podio. Para otros estudiantes recién llegados, recibir la identificación universitaria es apenas un rito de pasaje más, pero para Formin, una paria del grupo étnico musulmán rohingya nacida en Myanmar, país dominado por los budistas, esa credencial significa todo.

La joven pasó gran parte de su vida imaginando este momento. Pero al ser oriunda del estado birmano de Rakáin, donde los musulmanes están sometidos a una especie de apartheid por la mayoría budista, hasta ahora los sueños universitarios de Formin se habían frustrado. Cientos de miles de rohingyas han tenido que huir de Myanmar por la campaña de incendios, violaciones y asesinatos que, desde agosto de 2017, llevan a cabo los militares birmanos, y muchos de los rohingyas que no escaparon quedaron confinados y olvidados en lo que en los hechos no son otra cosa que campos de concentración.

Criadas por un padre que quería que sus hijas tuvieran un futuro mejor que su vida de campesino, Formin y su hermana mayor, Nur Jahan, desafiaron a los miembros de su propia comunidad, que consideran que la educación de las mujeres es una pérdida de tiempo. Formin y Nur fueron las únicas dos chicas en la historia de su aldea que terminaron la escuela secundaria. En aquel entonces, las hermanas hicieron un pacto: algún día irían juntas a la universidad.

Ya en su dormitorio universitario, el diccionario birmano-inglés -una de las pocas cosas que pudo sacar de Myanmar cuando escapó hace un año- terminó en el estante de arriba.

A pocas horas de viaje hacia el sur, en el campo de refugiados más grande del mundo, su hermana Nur pasa sus días enseñándoles inglés a los niños para olvidar lo cerca que estuvo de alcanzar su sueño de infancia. En 2018, sus padres la convencieron de aceptar la propuesta de matrimonio de un joven: ahora, casada y embarazada, debe quedarse en su casa. Formin dice que su hermana la llama todos los días. Está feliz de haber llegado a la universidad, pero sabe que su caso es un recordatorio constante de la educación a la que no tienen acceso ni su hermana Nur ni otros cientos de miles mujeres rohingyas.

Formin y Nur crecieron saltando la cuerda en las calles de Hlaing Thi, una localidad musulmana de unos 6000 habitantes del estado de Rakáin, una de las regiones más pobres y menos desarrolladas de Myanmar. Ahora, la aldea donde crecieron ya no es un hogar para nadie. Miles de viviendas de los rohingyas del norte de Rakáin, incluidas las de Hlaing Thi, fueron incendiadas y abandonadas por los militares birmanos, una campaña calificada por Naciones Unidas como una "limpieza étnica". Desde agosto de 2017, cuando los militares lanzaron su campaña represiva, más de 730.000 rohingyas huyeron del norte de Rakáin hacia la vecina Bangladesh.

El gobierno de Myanmar niega ser responsable de los abusos contra los rohingyas, y dice que las acciones militares en el norte de Rakáin son en respuesta a los atentados de milicias musulmanas.

Las restricciones para el acceso a la educación, el empleo y los viajes hicieron que la mayoría de los rohingyas fuesen como el padre de Formin: agricultores o jornaleros prácticamente aislados del mundo exterior.

Respeto

El padre de Formin, Mohammed Hossain, imaginó un futuro mejor para sus hijas. "Si tenés estudios, todos te respetan", dice Mohammed. "A los analfabetos les tocan los peores trabajos, pero la gente con estudios consigue trabajos más cómodos. Yo quería eso para mis hijas".

En 2012, cuando Formin tenía 13 y Nur 16, un grupo de ayuda humanitaria manejaba una serie de escuelas en el norte de Rakáin. El grupo incluyó a las hermanas en un programa que cubría sus gastos de estudios, pero implicaba que tendrían que dejar su hogar. Casi exactamente un año después de abandonar Myanmar y llegar a un campo de refugiados en Bangladesh, Formin ya estaba lista para partir: iría a la universidad.

Ahora también tiene un smartphone que se compró con lo que ahorró cuando trabajaba como traductora y asistente de salud comunitaria para una ONG en el campo de refugiados. El teléfono está lleno de aplicaciones de aprendizaje de idiomas. Cuando termine su programa universitario, Formin quiere estudiar Derecho. "Como soy rohingya, cuando sea abogada podré hacer algo por mi pueblo", sueña la joven.

Traducción de Jaime Arrambide

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