Suscriptor digital

En Rusia, las dudas ahora son sobre el futuro del país

Todas las encuestas anticipan el triunfo del actual mandatario interino, Vladimir Putin, pero nadie sabe bien qué hará; temen un gobierno autocrático.
(0)
22 de marzo de 2000  

MOSCU.- Con la alternativa de reflotar el viejo pasado de un país fuerte y todopoderoso o de enfrentarse nuevamente a la pesadilla comunista, los rusos elegirán el domingo a un nuevo presidente, conscientes de que si las cosas están mal, aún pueden estar peor.

A escasos cuatro días de las elecciones para elegir al sucesor del inefable Boris Yeltsin, en Rusia ni la notable indiferencia de la gente común ni la falta de propaganda política al estilo occidental hacen pensar que se está frente a unos comicios clave, capaces de marcar por décadas el futuro de este país que, empobrecido y desalentado, aún conserva en sus hombres y mujeres, sus costumbres y sus sueños, el orgullo de haber sido una potencia mundial.

Un orgullo que, aunque se intente disimular, sale a flote a cada momento, incluso entre quienes abjuran completamente de las más de siete décadas de férreo marxismo.

Y es precisamente sobre ese orgullo que cabalga quien hoy es una incógnita con mayúsculas para propios y extraños: el presidente en ejercicio, Vladimir Putin, reemplazante de Yeltsin desde fines del año último, quien aunque sólo presentará su programa de gobierno después de las elecciones será proclamado el domingo como nuevo mandatario de este país, según coinciden los sondeos.

De acuerdo con el influyente semanario Versia, Putin, un orgulloso ex agente de la KGB de 49 años, ha retrocedido algunos puntos en las últimas semanas, pero aún ostenta un importante 53 por ciento de los votos, frente al 24,5 de Guennadi Zhyuganov, el candidato comunista, y al 4% de Gregory Yavlinsky, el más europeo de los postulantes y el único que, hasta el momento, ha presentado una plataforma electoral y de gobierno al estilo occidental.

Dos fantasmas

De todas maneras, aunque Putin y su gente ya están cantando victoria y nadie cree que pueda llegar a perder, dos fantasmas podrían al menos amargarle el inevitable triunfo: no llegar a la mayoría absoluta de los votos y verse obligado a ir a una segunda vuelta electoral, y que el ausentismo en las urnas supere el 50 por ciento, lo que haría que las elecciones fuesen consideradas nulas.

Sobre el ausentismo, los analistas explican que la casi segura victoria de Putin le ha quitado entusiasmo a los comicios, por lo que la propia certeza del triunfo puede ser finalmente el motivo de su derrota, si las exhortaciones oficiales a los 107 millones de votantes no obtienen un resultado satisfactorio.

Sin embargo, el mayor peligro para Putin es Putin mismo: los fuertes temores que existen sobre su personalidad de estilo duro y fuerte, o dictatorial sin eufemismos, han hecho que en los últimos tiempos gran parte de la influyente intelectualidad de este país reclame que la gente no lo vote y que se vuelque por otro postulante, se llame Yavlinsky, Zhyuganov o el "candidato número 13", una alternativa que puede existir sólo en la Constitución rusa, que permite que quien no apoya a ninguna de las alternativas reales marque en su papeleta de votación la alternativa "voto contra todos".

Nadie lo cree posible, pero si este anarquismo democrático resulta el más votado, las elecciones quedarán anuladas.

Como para los ojos de quien llega por primera vez a Moscú nada es lo que parece (por ejemplo: si le dicen que es un lindo día, como ayer, prepárese para los dos o tres grados bajo cero), no resulta llamativo que sea el candidato anticomunista, o sea Putin, quien más autoritario se presente.

Su idea-fuerza de imponer una "dictadura de la ley" si gana, su único concepto preelectoral conocido, sus continuos llamados a un "Estado fuerte", su impiedad en la guerra contra los chechenos, sus alusiones al glorioso pasado zarista y soviético y los serios incidentes contra la prensa reportados en los últimos días, no resultan ser de los más alentadores para quienes esperan que, de una buena vez, Rusia deje atrás su pasado autocrático.

Mano dura

Yelena Bronner, la viuda del disidente Andrei Sakharov, no tiene dudas al respecto: "Una moderna forma de estalinismo se ha restablecido en Rusia", aseguró, mientras que el diario Moskovski Konsomolets, el de mayor difusión, destacó en un editorial que, de agravarse la crisis económica,"el pueblo estará dispuesto a aceptar la mano dura y sólo pedirá un poco de pan. El estado tendrá una sola salida: aumentar la producción militar y seguir siendo una amenaza para el mundo".

Putin, sin embargo, parece saber exactamente lo que la gente quiere, y, a falta de mejoras económicas que los saquen de su extrema pobreza, hace constante hincapié en lo más profundo de los rusos: su orgullo nacionalista.

Así, la guerra en Chechenia se ha convertido casi en un poderoso detergente capaz de limpiar todo el resto: el increíble poder de la mafia, la corrupción que se asocia con los nuevos millonarios amigos del Kremlin (que se quedaron con la parte del león en las pocas privatizaciones realizadas hasta el momento), una economía que parece a la deriva y una buena parte de la población sumida en la miseria.

Medidas populistas

A ellos, con un gesto propio de populista latinoamericano, apuntó ayer al conceder un aumento del 20 por ciento en los salarios y en las pensiones. Un aumento importante, es cierto, pero absolutamente poco creíble si se tiene en cuenta que se realizará sobre sueldos que a duras penas arañan los 50 dólares mensuales.

Según las estadísticas, mientras una capa reducida de la población se hace cada vez más rica, casi 50 millones de rusos viven por debajo del nivel oficial de pobreza, con pensiones equivalentes a 17 dólares.

Acusado de demagogo y de dictador en potencia, señalado por Occidente como el único capaz de sacar al país de su crisis económica, Putin sigue su marcha sin detenerse a dar explicaciones.

Y por eso, si en el estilo occidental el día de las elecciones es el momento en que se empiezan a despejar las dudas, en esta Rusia post-soviética, post-Gorbachov y post-Yeltsin, el próximo domingo, cuando las urnas bendigan al misterioso ex espía devenido en político, la incógnita sólo se habrá acrecentado.

Dichos y hechos

¿Y Yeltsin? Uno de los mayores misterios de estos días es el paradero del ex presidente Boris Yeltsin. Acostumbrados los rusos a sus "desapariciones", la pregunta ahora es si sigue estando en Gorki-9, el lujoso complejo al oeste de Moscú en donde se refugió el hombre que sorpresivamente dejó su cargo a fin de año.

Quienes han logrado verlo aseguran que está mucho mejor de salud, pero lo cierto es que su prolongada ausencia volvió a despertar las dudas sobre su frágil estado físico, aunque no faltan quienes explican su silencio en la decisión de Putin de mantenerse alejado de su antecesor.

***

Más candidatos. Además de Putin, Zhyuganov y Yavlinsky, otros nueve candidatos pujan por un lugar en el voto de los rusos. Entre ellos, el ultranacionalista Vladimir Zhirinovsky; el ex fiscal anticorrupción Yuri Skuratov (suspendido por investigar la corrupción en la "familia", el entorno de Yeltsin); Alla Panfilova, la primera mujer en ser candidata presidencial en la historia rusa; Amán Tuleyev, gobernador comunista de la región siberiana de Kemerovo; el director de cine Stanislav Govorujin; el liberal Konstantin Titov, gobernador de Samara; el millonario empresario Umar Dzhabrailov; el "yeltsiniano" Evgueni Savostianov, y el "putinista" Alexandr Podberiozkin, que ya comprometió su apoyo al favorito en las encuestas.

***

Un duro . Indudablemente, si Putin asusta con sus declaraciones sobre la mano dura, Vladimir Zhirinovsky directamente aterra.

Convencido de que sólo restituyendo el uso de la fuerza Rusia recuperará el lugar que supo tener, el líder de la ultraderecha se despachó recientemente con "promesas" tales como instaurar "una dictadura policial y militar" si gana en los comicios, anunciar que en todos los pueblos del país habrá comisarías de la KGB y que "habrá muchos soplones", cerrando todo con un contundente "si fuese necesario derramar sangre lo haré, y si me tienen miedo no me voten".

Las encuestas, que esta vez no deberían equivocarse, aseguran que no superará el tres por ciento de los votos.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?