
ANYAR, Myanmar.- Desde la cima de una colina solitaria en Myanmar, un comandante improbable observaba al enemigo apostado en la cresta vecina. Entrecerró los ojos detrás de unos anteojos cubiertos de polvo. Mientras el viento levantaba la tierra seca, el doctor Lone Lone, líder rebelde desde hacía cinco años, reprimió una tos y dejó escapar un leve silbido al respirar.
Sus hombres lo saludaron. Su porte era impecable, aunque no así su armamento.
En el corazón de Myanmar, donde se libra una guerra civil feroz y olvidada, los grupos rebeldes están superados en armas y en número. Los civiles que los apoyan sufren incursiones constantes del ejército, que puso fin abruptamente a un breve período de gobierno electo con el golpe de Estado de 2021. Los generales devolvieron al país a una dictadura militar plena, fracturaron la nación y desencadenaron una crisis humanitaria.

Lejos de la atención internacional concentrada en Irán, Ucrania, Líbano y otros conflictos globales, Myanmar, una nación del sudeste asiático de unos 50 millones de habitantes, se ha derrumbado silenciosamente.
Hace poco, el fotógrafo de The New York Times Daniel Berehulak y yo viajamos con el doctor Lone Lone a una región controlada por los rebeldes. Era en Anyar, una zona del centro de Myanmar donde, según los insurgentes, ningún periodista extranjero había llegado desde que los militares derrocaron al gobierno civil y borraron años de reformas políticas y económicas.
Un soldado rebelde —apenas un muchacho— señaló el cielo, donde le habían advertido que merodeaba un dron armado. Durante los tres días previos, Lone Lone y parte de sus hombres habían esquivado drones, cazas, helicópteros de ataque e incluso pilotos de parapente que lanzaban bombas de mano. Habían atravesado aldeas bombardeadas por obuses o incendiadas por el ejército. Un dron lejano no era su principal preocupación.
Aun así, nos pidió que nos retiráramos.
“Desearía que pudieran venir a Myanmar sin las bombas”, dijo. “Amo mi país”.

Tras el golpe de 2021, las fuerzas antimilitares se alzaron y lograron controlar más de la mitad del país. Algunos grupos rebeldes afirman que luchan para convertir Myanmar en una democracia federal, con mayores derechos para las distintas regiones.
Los insurgentes trabajaron junto a un gobierno en el exilio para establecer escuelas y hospitales en una serie de territorios dispersos que llaman “Myanmar Libre”. Esperaban que esas zonas liberadas crecieran y se unieran hasta obligar al ejército —que mantiene sometido al país desde que tomó el poder por primera vez en 1962— a renunciar al control.

Anyar, en la árida región central del país, es uno de los bastiones más sólidos de la resistencia armada. Durante años, Berehulak y yo cubrimos regiones fronterizas donde las insurgencias étnicas llevan décadas activas. Aunque esas zonas sufren ataques frecuentes del ejército, cuentan con líneas de abastecimiento desde países vecinos. Allí pueden ingresar armas, información e incluso algún periodista.

Anyar, en cambio, está aislada, pese a soportar gran parte de la furia militar. La región es hogar de la mayoría étnica bamar, históricamente la principal base de apoyo de las fuerzas armadas, que también son predominantemente bamar. Pero el golpe de Estado llevó a muchos habitantes a volverse contra los militares. El precio de esa supuesta deslealtad ha sido devastador.
Cinco años después del inicio de la guerra civil, lejos del alcance de la ayuda internacional, encontramos un territorio que parecía perdido en un apocalipsis. Desde el cielo, sobre aldeas polvorientas y campos trabajados por bueyes famélicos, los instrumentos de muerte del ejército mataban con una impunidad caótica. En su aislamiento, Anyar también padece una escasez crítica de armas, combatientes y, cada vez más, de esperanza.

Para mantener su control del poder, Min Aung Hlaing, líder de la junta, dejó el cargo de jefe del ejército en marzo para asumir formalmente la presidencia. Supervisó elecciones cuidadosamente controladas en las que el partido aliado de los militares fue prácticamente la única opción.
Ese mismo mes, organizaciones de derechos humanos registraron el mayor número de muertes civiles mensuales desde el golpe. En los últimos cinco años, más de 90.000 civiles y combatientes murieron y 3,7 millones de personas fueron desplazadas, según Naciones Unidas. Después de los territorios palestinos, Myanmar fue el lugar con más conflictos armados del mundo el año pasado, según el observatorio ACLED.
El vocero militar, el general Zaw Min Tun, me aseguró en una entrevista que los bombardeos se ordenaban “porque teníamos información sólida” sobre objetivos militares legítimos.
“Que tantas personas civiles hayan muerto en ataques aéreos es solo propaganda”, sostuvo.
Muerte en caminos peligrosos
En distintas paradas de nuestro recorrido, las bombas caían justo antes de nuestra llegada o poco después de nuestra partida, una muestra de la frecuencia de los ataques aéreos en Anyar.
En marzo, unos 240 bombardeos del ejército causaron más de 400 muertos, muchos de ellos en esta región. Durante nuestra estadía confirmamos al menos nueve asesinatos de civiles que ni siquiera habían sido registrados por organizaciones de derechos humanos.
“¿Los extranjeros saben lo que nos está pasando?”, me preguntó un habitante llamado San Nyaung mientras barría los escombros de su casa, incendiada por soldados.
Para llegar al frente viajamos de noche y camuflados. Un trayecto que normalmente tomaría tres horas nos llevó tres días. Nos movimos en automóvil, motocicleta, bote y a pie, por senderos secundarios, ríos y rutas cercanas a las líneas de combate. Muchas localidades permanecían prácticamente incomunicadas por los apagones impuestos por los militares: sin señal confiable de celular ni acceso a internet.
Casi 200 casas del pueblo de San Nyaung habían sido destruidas por el fuego. Luego llegaron las bombas. Tres personas murieron, incluido un monje budista. Antes de retirarse, los militares dejaron otra amenaza: minas terrestres colocadas cerca de viviendas y templos.
San Nyaung rompió en llanto.
“Sé lo que ocurre en Ucrania y Gaza. Siento mucha pena por ellos”, dijo. “Compartimos la misma tristeza”.
De los estetoscopios a las armas
Las raíces de la guerra civil se remontan a 1962, cuando un general tomó el poder alegando que el ejército era necesario para evitar la fragmentación del país frente a las guerrillas étnicas.
“Los militares no pueden aceptar que esta vez también los bamar estén en su contra”, explicó Lone Lone. “Por eso son tan crueles con nosotros”.

A sus 41 años, nunca imaginó comandar un batallón de 120 soldados. Miopía, asma y dolores crónicos de espalda parecían incompatibles con una carrera insurgente. Nacido en una ciudad famosa por sus elefantes de trabajo, estudió medicina y abrió su propia clínica.
En 2021 estaba por iniciar un gran viaje por Europa cuando el golpe cambió todo. Se sumó a las protestas pacíficas, pero cuando el ejército reprimió a los manifestantes y mató a cientos de personas —incluidos niños pequeños— huyó a una región fronteriza donde milicias étnicas entrenaban a profesionales urbanos.
“Era bueno sosteniendo un estetoscopio, no un arma”, recordó.

Sin embargo, ganó prestigio. Primero dirigió un cuerpo médico y luego reunió voluntarios de su ciudad natal para formar un batallón de las Fuerzas de Defensa Popular, una coalición de milicias vinculadas al gobierno en el exilio.
Sus combatientes recordaban la vida anterior al golpe. Uno cursaba Física en la universidad. Otro trabajaba en marketing. Algunos eran adolescentes cuando tomaron las armas. Los mayores habían suspendido proyectos personales, matrimonios, hijos y vacaciones para entregarse por completo a “la revolución”.
Aun así, ciertos hábitos persistían. Un soldado que conducía una camioneta por caminos de tierra seguía usando la luz de giro, pese a que casi no había nadie cerca del frente.
Los hombres de Lone Lone acababan de llegar a esa línea de combate tras retirarse de una larga batalla en el norte del país. Mientras el ejército compra armas a Rusia y China, los rebeldes ya perdieron la esperanza de recibir apoyo occidental, como ocurrió con Ucrania.
“Nos faltan balas”, admitió. “Me deprime nuestra revolución porque no recibimos apoyo de Estados Unidos ni de Europa, aunque estamos luchando por una democracia federal”.
“Hay muerte por todas partes”
La semana pasada hubo un bombardeo. También la anterior. Y la anterior a esa. Había tantos que resultaba imposible enumerarlos.

En una aldea controlada por los rebeldes nos sentamos a comer fideos. El lugar funcionaba como centro logístico para distribuir combustible y suministros a las guerrillas, una de las razones por las que el ejército lo atacaba.
La dueña del local, Wah Wah, me dijo inicialmente que no había ocurrido nada reciente.

Luego recordó que, a menos de tres kilómetros, un ataque aéreo había matado a seis personas.
—¿Cuándo fue? —pregunté.
—Ayer —respondió—. Lo olvidé porque hay muerte por todas partes.

El punto de quiebre
Seguimos avanzando por ese corazón aterrorizado del país. Días después recorrimos durante seis horas caminos secundarios en motocicleta. El polvo se metía en mi boca y mis oídos.

En una ruta nos encontramos con un hombre de barba larga y cabello gris recogido en una cola. Vestía una camiseta verde militar, un sarong y llevaba un revólver en la cintura.
Sonrió y me tendió la mano.
“Puede llamarme Hermano Cero”, dijo. “Mi unidad es la Fuerza Guerrillera Cero”.

Conocido también como Thet Gyi, era un artista que tomó las armas tras el golpe. Su esposa, atrapada en territorio controlado por la junta, fue condenada a 25 años de prisión por sus vínculos con él. Lleva su rostro tatuado en el brazo.
En febrero, un comandante rebelde de Anyar que mantenía disputas con otros líderes se entregó al ejército. Poco después aumentaron los ataques de precisión contra la resistencia, presumiblemente alimentados por la información que proporcionó.

En marzo, después de nuestro viaje, los insurgentes perdieron la estratégica ciudad de Tagaung. Los hombres de Lone Lone tuvieron que abandonar la colina donde los habíamos acompañado. Su batallón quedó reducido a la mitad.
Su segundo al mando desertó. También lo hizo un exdocente que me había asegurado estar dispuesto a morir con tal de acabar con el régimen respaldado por los militares.

Una noche, mientras dormía en la caja de un camión, desperté sobresaltado. Nos habíamos detenido para esperar el posible paso de otro ataque aéreo.
Lone Lone me sonrió. Reía mucho para ser un comandante atrapado en una guerra que parecía perdida.
Luego se puso serio.
“Si no logro ganar la revolución, me haré monje”, me dijo. “Intento meditar siempre, pero a veces, en este mundo, es demasiado difícil”.



