
En los últimos años, la tasa de extranjeros residentes en el país oriental superó los cuatro millones de personas en 2025; algunos denuncian discriminación o “mensajes de odio” por su religión
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Hoy es un campo cubierto de pasto, pero pronto será el lugar donde se construirá la primera mezquita de la ciudad japonesa de Fujisawa. “Me preocupa cómo puede llegar a cambiar nuestra comunidad”, dice Noriko Izumizawa, una residente de toda la vida de la ciudad.
Los planes para construir un centro religioso islámico en Fujisawa, una tranquila ciudad costera situada a una hora en coche al sur de Tokio, despertaron una amplia gama de emociones.
Las reacciones fueron desde el enojo y el miedo hasta la esperanza y la aceptación, reflejando la creciente inquietud de los japoneses por la inmigración y los cambios sociales. Todo ello ocurre mientras Japón lidia con una escasez de mano de obra causada por el envejecimiento de la población y la caída demográfica.
Aunque la inmigración sigue siendo un tema políticamente sensible y sujeto a restricciones, Japón depende cada vez más de los trabajadores extranjeros para cubrir vacantes laborales. Esto trajo consigo una creciente llegada de inmigrantes con distintas culturas, idiomas, religiones y formas de vida. Así, el debate que está teniendo lugar en ciudades como Fujisawa ocurre en todo el país y llega al corazón de cómo se ve a sí mismo Japón.
Noriko Izumizawa no es la única que se siente así. Ella forma parte de un grupo de residentes de Fujisawa preocupados por la creciente presencia de la comunidad musulmana. Izumizawa dice que los polarizados debates sobre la inmigración en Estados Unidos y Europa también alimentaron su preocupación.

A principios de este año, estallaron manifestaciones en contra de la construcción de una mezquita, saliendo manifestantes a las calles para protestar contra el proyecto. Algunos decían que una mezquita mucho más grande que el santuario sintoísta japonés que está cerca es una falta de respeto. También se reportaron casos de discursos de odio y desinformación que se difunden en las redes sociales japonesas.
Medios locales afirman que las mezquitas estuvieron recibiendo llamadas y correos electrónicos ofensivos, algunos de los cuales llevaron a grupos contrarios a las expresiones de odio a organizar contramanifestaciones llamando a evitar la violencia.
Hiroki Suzuka, propietario de una cafetería situada frente a la calle donde se construirá la mezquita de Fujisawa, hace un llamado a mayor comprensión y diálogo. “No me opongo especialmente, pero tampoco diría que estoy totalmente a favor”, dijo Suzuka.
“Creo que el primer paso es aprender sobre ellos: qué es el Islam, qué tipo de personas son y qué valores y perspectivas tienen. Debemos comenzar con tener una mente abierta y el deseo de comprendernos mutuamente”, agregó.
Musulmanes en Japón
El empresario Mohamed Mohideen vivió en Osaka durante los últimos 39 años. Se mudó desde su país natal, Sri Lanka, en 1987 en busca de mejores oportunidades laborales durante la burbuja económica. Mohideen se dedicó al comercio de piedras preciosas y después trabajó en el sector comercial, exportando coches usados a países como Sri Lanka y Pakistán.
Según cuenta, se mudó en una época en la que había muchos menos residentes extranjeros. Pero Mohideen opina que, en comparación con aquella época, la gente local ahora se volvió hostil y empezó a hacer comentarios hirientes contra los musulmanes, tanto en internet como en persona. “En las redes sociales hay infinidad de comentarios como ‘Fuera de Japón’ y ‘Volvé a tu país’”, dijo Mohideen y añadió: “La gente también empezó a venir a la mezquita e insultar”.

Mohideen acude a la mezquita de Osaka todos los días para rezar y cumplir con sus deberes como parte de la comunidad islámica local. Según dice, nunca sintió que su vida corra peligro. A pesar de haber mantenido buenas relaciones con sus vecinos durante muchos años, Mohideen notó un cambio de actitud hacia los musulmanes en el último tiempo. “Ahora siento que la gente nos tiene miedo”, dice.
Los ataques verbales se intensificaron en los últimos años. Según relató, integrantes de su comunidad musulmana fueron tildados de terroristas, acusados de fabricar bombas y exhortados a marcharse de Japón. “Cuando eso sucede, lo único que podemos hacer es tener paciencia. Intentan provocar una pelea o crear un enfrentamiento. Quieren ver cuánto tiempo lo toleraremos”, dice Mohideen.
“Así que mantenemos la calma, hablamos con suavidad y los tratamos con amabilidad, porque los japoneses en general no saben mucho sobre el Islam”, agrega.
Fomentar el diálogo
Aun así, él cree que existe cierta responsabilidad compartida en esa división. “Nos centramos únicamente en nuestro trabajo y, durante mucho tiempo, no nos esforzamos lo suficiente por ayudar a la gente a comprender quiénes somos. Tampoco hicimos lo suficiente por integrarnos en la sociedad”, asegura.
“A partir de ahora, quiero esforzarme más para fomentar el diálogo y construir una mejor comprensión mutua”, aclaró.
Shakeel Mohamed, de 61 años, representa a la mezquita Yashio en la prefectura de Saitama durante la última década. Trabajó como supervisor de obras durante 26 años tras emigrar a Japón desde Pakistán y habla japonés con fluidez.
Mohamed afirma que lo más importante es seguir las normas de Japón, incluyendo la correcta separación de residuos, el respeto a las leyes de estacionamiento y el uso de casco al montar en bicicleta. “Nos esforzamos al máximo por respetar las costumbres japonesas y seguir las normas”, afirmó y sumó: “La cortesía también es importante, incluso algo tan sencillo como saludar a la gente”.
Según explicó, los japoneses que viven en Yashio se refieren a la comunidad pakistaní de la zona como “Yashiostán”: “Por supuesto, hay algunos pakistaníes que se comportan mal, pero son solo una pequeña minoría. Y lo mismo ocurre con los japoneses.”
Inmigración vs identidad
Japón se enfrenta a una lucha por definir su identidad ante los enormes cambios demográficos en el país. Según Hirofumi Tanada, profesor emérito de la Universidad de Waseda que estudia la fe musulmana en Japón, a finales de 2024 la cifra de musulmanes en Japón —incluyendo a los residentes extranjeros y a los creyentes japoneses— ascendía a a 420.000 frente a los 230.000 de 2019.
El creciente número de musulmanes en el país también refleja una tendencia nacional más amplia. La población extranjera residente —procedente principalmente de China, Vietnam, Corea del Sur y Filipinas— superó los cuatro millones en 2025. Según datos del gobierno, un número récord de 2,57 millones de ellos trabajan en Japón. En ese mismo año, la población de Japón disminuyó en casi un millón de personas.
Durante años, las autoridades japonesas evitaron describir al país como una nación de inmigración, aunque impulsaron visados considerados más temporales que permanentes. Los críticos describen esta política como un sistema de inmigración “encubierto”.

Pero incluso así, la primera ministra Sanae Takaichi adoptó una postura sumamente conservadora contraria a la inmigración a gran escala. En junio de 2026, el gobierno japonés decidió quintuplicar las tasas de los visados para extranjeros, después de no haberlas aumentado en casi 50 años.
Ahora, el gobierno planea aumentar el personal de la Agencia de Servicios de Inmigración en 230 personas, con el objetivo de reforzar la vigilancia de los extranjeros que permanecen ilegales en el país. Las autoridades también podrían establecer un límite para controlar el número de residentes extranjeros.
A medida que las comunidades inmigrantes se hacen más visibles, el país se ve obligado a afrontar una pregunta que intentó evitar durante mucho tiempo: ¿Puede Japón convertirse en un país más diverso sin renunciar al sentido de identidad y cohesión que tanto valora?
De vuelta en Fujisawa, Izumizawa admite que ella nunca tuvo una experiencia negativa con un vecino musulmán. “La verdad es que quizás simplemente temo a lo desconocido”, dice encogiéndose de hombros.
Por Kurumi Mori en Fujisawa - información adicional de Chie Kobayashi
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