
La responsabilidad de respetar la dignidad del hombre
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Cuando la humanidad levantó las grandes banderas de la libertad de conciencia, de pensamiento y de expresión, en el siglo XVIII, seguramente no imaginó que 200 o 250 años más tarde todavía estaríamos hablando con preocupación y con alguna tensa cautela del respeto que se les debe guardar a los símbolos religiosos.
Es importante recordar que las instituciones políticas y civiles que garantizan la libre expresión de las ideas fueron diseñadas, en las naciones más avanzadas del mundo, en función del natural derecho de todo ser humano a manifestar públicamente sus ideas, sus opiniones o sus creencias sin cortapisas ni censuras autoritarias.
El siglo XVIII, hijo del humanismo, había cambiado las reglas milenarias de la relación entre el individuo y el Estado: se empezaba a apostar al hombre como unidad de medida de todas las cosas y se tendía a desplazar a los dioses -y a los templos alzados en su honor- hacia la órbita -no menos sagrada- de la intimidad o la privacidad de cada persona. Cobraba fuerza la idea de que las catedrales, en el futuro, iban a alzarse cada vez más en la conciencia del ser humano y cada vez menos en los foros sociales y en las plazas públicas.
Al mismo tiempo, se generalizaba la creencia de que nada había en la Tierra más respetable que la inteligencia humana: ¿cómo imaginar un bien jurídico más digno de protección que la necesidad del hombre de expresar sus ideas por la prensa sin censura previa, como dice sabiamente el texto del artículo 14 de nuestra Constitución?
Pero llegamos, mal o bien, al siglo XXI y los valores religiosos siguen dominando un amplio campo de la esfera pública y social. Más aún: algunos importantes pensadores imaginan que la hipótesis de conflicto más grave del mundo de hoy es la que pasa por el meridiano de la diferenciación cultural con trasfondo religioso. Concretamente, vaticinan un choque de civilizaciones difícil de eludir entre el Occidente judeocristiano y el Oriente islámico.
Un dibujo de Mahoma -difundido y reproducido por la prensa del mundo- ha ofendido gravemente, en estos días, la conciencia de millones de musulmanes. Como lo había demostrado hace algunos años la sensibilidad precursora de Salman Rushdie, el mundo mantiene viva, en el siglo XXI, la trama de amores y rechazos sobre la cual se tejió la historia grande de las culturas religiosas.
Se trata de una señal a la que debe prestarse especial atención. La libertad de expresión no debe ser ejercida en términos que puedan resultar lesivos para los símbolos queridos y entrañables que expresan o resumen la identidad de una fe religiosa, cualquiera que sea la raíz geográfica o histórica del pueblo que la profesa.
Por supuesto, nadie debe pedir en este tiempo mecanismos o instancias de censura que hagan peligrar el espléndido legado del siglo XVIII, que consagró la libertad de expresión como valor supremo de las sociedades humanas. Se trata, simplemente, de que ese supremo don del hombre no sea ejercido en detrimento de aquellos valores que otros hombres -u otros pueblos- han incorporado a sus vidas como expresión sublime de su cultura y de su fe.
Los siglos no pasan en vano. El tiempo enriquece y ahonda las conquistas de los siglos anteriores con nuevas luces y nuevas perspectivas.
Si se pensó que el derecho de todo hombre a expresar sus ideas debe ir siempre más allá -y que ese derecho no debe retroceder en ningún caso ante otros valores públicos o sociales- es necesario que todos extrememos nuestra responsabilidad y nuestros recaudos para que la dignidad humana sea siempre respetada en plenitud y en totalidad, no por el imperio compulsivo de ninguna ley ni por la decisión autoritaria de ningún gobernante, sino por la firme decisión de todo ser humano de no expresar sus ideas en términos que puedan lastimar los sentimientos íntimos de otros hombres.
Al fin y al cabo, la libertad de expresión nació, históricamente, como suprema manifestación de la dignidad del hombre. No parece legítimo que se la use para dañar la dignidad de otros hombres.



