Lucha libre, el último hito de la extravagante diplomacia norcoreana

Pyongyang recurrió a un curioso evento para mejorar su relación con Japón
Naiara Galarraga
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1 de septiembre de 2014  

PYONGYANG.- Es prácticamente inédito que miles de norcoreanos alaben la victoria de un norteamericano. Son ciudadanos sometidos a una propaganda férrea en la que los suyos siempre ganan y que muestra a Estados Unidos como el origen de todos los males, como la potencia que quiere conquistar el mundo. Pero los que este sábado abarrotaron un estadio de Pyongyang aplaudieron con ganas cuando dos luchadores norteamericanos dejaron KO en el ring a dos japoneses.

Corea del Norte, el país más aislado del mundo, ha retomado la diplomacia del deporte con una elección extravagante: una doble velada de lucha libre que combinó espectáculo, deporte y diplomacia.

El evento deportivo coincide con un cierto deshielo en la tensa relación entre Corea del Norte y Japón. Y fue sin duda una gran ocasión de atraer a los turistas y las divisas que con tantas ansias busca el régimen.

El espectáculo se celebró en el estadio Ryugyong, el mismo que el pasado enero acogió el anterior experimento norcoreano de diplomacia deportiva: el partido de básquetbol de Dennis Rodman al frente de un equipo de veteranos de la NBA. En aquella ocasión el líder del régimen, Kim Jong-un, estuvo presente.

La velada se celebraba con un ojo puesto en Pyongyang y el otro en Tokio. El programa nuclear y las graves violaciones de los derechos humanos convirtieron a Corea del Norte en un paria internacional. Pero en el caso de Japón hay un contencioso añadido: los secuestros de ciudadanos japoneses en los años 70 y 80 con el propósito de que enseñaran el idioma y las costumbres a los espías norcoreanos. Cinco de las víctimas fueron liberadas en 2002. Pero otras continúan desaparecidas.

Las negociaciones bilaterales para resolver el asunto avanzaron hace varias semanas, cuando las autoridades norcoreanas abrieron una nueva investigación oficial, cuyos resultados tienen previsto anunciar a principios de septiembre. A cambio, Japón flexibilizó algunas sanciones. Y entonces entró en escena otro de los personajes extravagantes de la velada de anoche. Kanji Inoki, un ex profesional de la lucha libre con estrechas relaciones con Pyongyang y miembro del Parlamento japonés, es el promotor del acontecimiento. "Creo que este evento contribuye a la paz. Agradezco al gran líder Kim Jong-un que lo haya hecho posible", dijo en su discurso.

El todopoderoso Kim Jong-un -al que todos se refieren en Pyongyang como "el mariscal"- no asistió al combate. Inoki, que en 1976 protagonizó un duelo peculiar con Mohammed Alí en Tokio, siguió la velada desde el palco.

La gran figura sobre el ring (hubo 20 luchadores, incluidas cuatro mujeres, que generaron muchos comentarios) fue Bob Sapp, "la Bestia", una mole de dos metros y 145 kilos que jugó en la Liga Profesional de Fútbol americana y se gana la vida con espectáculos similares en Japón. Él fue uno de los dos norteamericanos aplaudidos.

También resultó pintoresca la entrada de un luchador de un japonés que vive en México con la máscara típica de los luchadores mexicanos y cubierto con un sombrero charro.

Desde las gradas observaban decenas de turistas extranjeros atraídos por el misterio de uno de los países más herméticos del mundo y llegados gracias al lanzamiento de paquetes vacacionales de unos pocos días, decenas de periodistas extranjeros (sobre todo japoneses) y unos 20.000 norcoreanos.

El tercer norteamericano participó en el último asalto de la noche. Perdió. Aquello no era una competición de verdad. Era puro espectáculo. No hubo medallas ni premios, pero esos aplausos finales se los llevó su adversario, un japonés.

© El País, SL

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