
El hombre adquirió la pastilla a dos personas que buscaban objetos en la basura y que la habían encontrado días antes en una clínica médica abandonada
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“Había una pequeña abertura en una parte del dispositivo que emitía una luz muy hipnotizante y muy atractiva...”.
A medida que se extendía la noticia sobre la extraña cápsula azul brillante en el desguace de Devair Ferreira, vecinos, familiares y amigos se reunieron para verla con sus propios ojos.
Algunos sostenían en sus manos diminutos fragmentos brillantes. Otros se llevaron trozos a casa para mostrárselos a sus familias.
Nadie sabía que estaban manipulando cesio-137, un material altamente radiactivo que desencadenaría el peor accidente de radiación de Brasil.

Devair había comprado la cápsula a dos personas que buscaban objetos en la basura y que la habían encontrado días antes en una clínica médica abandonada.
Aunque su hermano, Odesson, lo instaba a tirarla, pensando que era “inútil”, Devair estaba fascinado con ella e incluso consideró convertirla en una piedra preciosa para un anillo para su esposa.
Más tarde diría que se había enamorado del “resplandor de la muerte”. Una semana después, decenas de personas enfermaron a causa de una misteriosa dolencia.
Un amigo cercano de la familia relacionó la aparición de la enfermedad con la llegada del extraño cilindro brillante, por lo que la esposa de Devair, María Gabriela, lo llevó a un centro médico.
Permaneció sobre una silla en el patio durante el resto del día y la noche, hasta que finalmente un médico consiguió un detector de radiación.

Las lecturas eran tan altas que inicialmente supuso que el dispositivo estaba averiado. Luego, un segundo aparato confirmó la lectura.
Poco después, Odesson recibió un mensaje de su hermano: “Busca ayuda. El material que tocaste en la casa es radiactivo”. Según él, para entonces, 56 miembros de la familia extensa de Odesson habían estado expuestos.
Odesson recordó el desastre de Chernóbil en Ucrania, ocurrido el año anterior. “Cuando oímos las palabras ‘material radiactivo’, pensé: ‘Ya está, estamos todos en serios problemas, todos estamos a punto de morir’”.
Trágicamente, la primera persona en fallecer fue Leide, la sobrina de 6 años de Odesson. Ella había jugado con un fragmento de cesio-137 después de que su padre lo trajera a casa en una caja de cerillas y apagara las luces para mostrarle cómo brillaba en la oscuridad.

“Su madre acababa de preparar la cena”, dice Odesson. “Leide cogió un huevo y, con su manita, obviamente aún contaminada por la radiación, se lo comió”.
Falleció aproximadamente un mes después, el mismo día en que su tía, María Gabriela, esposa de Devair, también sucumbió tras la exposición al cesio-137.
Dos jóvenes que trabajaban en el desguace también murieron. Más de 100.000 residentes de Goiânia potencialmente contaminados fueron citados para someterse a pruebas en el Estadio Olímpico, entre ellos Odesson.
Los afectados fueron frotados con un líquido descontaminante y cepillos, y luego rociados con agua. Les destruyeron la ropa y les pidieron que bebieran mucho líquido para limpiar su organismo.
“Me dijeron que si me gustaba la cerveza, podía beber mucha”, dice Odesson. Así que siguió su consejo y fue a un bar que era propiedad de un amigo. “Pero no me advirtieron que dondequiera que orinara quedaría contaminado, así que terminaron demoliendo el baño del bar de mi amigo”.

“La gente huía de nosotros”
A pesar de haber sido declarado libre de contagio, Odesson fue ingresado posteriormente a un hospital y puesto en aislamiento en el tercer piso. Su esposa solo podía hablar con él desde la calle.
“Estaba profundamente preocupada porque su rostro estaba completamente desfigurado y cubierto de bultos”.
Un médico identificó posteriormente los extraños crecimientos en su cara como consecuencia del estrés, pero a medida que el miedo se extendía la gente comenzó a evitarla. “Cada vez que tomaba el autobús y la gente la reconocía, se bajaban”.
Odesson finalmente se recuperó, pero regresó a un refugio ya que la casa de su familia fue parcialmente demolida tras resultar contaminada.
Las personas que había conocido de toda la vida comenzaron a evitarlo. Recuerda haber pedido una copa en un bar propiedad de un conocido. “Cuando terminé, dejé el vaso sobre la barra. Él lo recogió con una servilleta y lo arrojó a la basura. Eso me molestó muchísimo”.

Tras el desastre, el gobierno lanzó una campaña con el lema “Eu amo Goiânia” o “Te amo, Goiânia”. Transmitida diariamente por la radio y la televisión nacionales, fue una muestra de solidaridad nacional con una ciudad en crisis.
Después del accidente se modificaron las leyes sobre el seguimiento, la vigilancia y la eliminación de materiales radiactivos en Brasil y en otros países.
Pero para los sobrevivientes, la lucha continuó durante años con reclamos de indemnización, problemas de salud y el estigma persistente asociado al accidente.
Odesson estaba decidido a ayudar. Dejó su trabajo como conductor de autobús, un empleo que le encantaba, y comenzó a hacer campaña por los derechos de los sobrevivientes, llegando a ser presidente de la Asociación de Víctimas.
“Debemos luchar por la gente y asegurarnos de que esto no vuelva a ocurrir jamás en ningún lugar del mundo. Nadie, en ningún sitio, debería tener que pasar por lo que nosotros vivimos”.
Hoy, casi 40 años después, y con setenta y tantos años, Odesson está escribiendo su propia memoria de la catástrofe que cambió su vida para siempre.
También ha encontrado una sensación de paz en una pequeña granja a 220 km de Goiânia, rodeado de animales y naturaleza. “Soy una persona sana que está en paz consigo misma, a pesar de todo lo que he pasado. Gracias a Dios”.
No es poca cosa para un hombre que una vez creyó que estaba a punto de morir.
Este artículo está basado en un episodio de Outlook del Servicio Mundial de la BBC: “No sabía que el polvo azul brillante era radiactivo”.
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