
El detrás de escena de la comunicación del movimiento por la democracia en el plebiscito de 1988 está retratado en el film de Pablo Larraín que compitió en los premios Oscar; el verdadero publicista de la campaña habló con LA NACION sobre aquel triunfo
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Augusto Pinochet no podía perder. El general que manejaba los destinos de Chile convocaba a un plebiscito para ver si se iba o se quedaba. El triunfo debía confirmarlo en la presidencia ocho años más, con el valor agregado de la legitimidad de los votos, blanqueando su origen espurio de militar golpista. En un solo día, se sacaría el uniforme de tirano y se pondría el traje de estadista.

