
Violencia de género
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“Quiero hacer todo lo que esté a mi alcance para evitar que haya más casos como el de Jane Doe”, afirma en una entrevista con LA NACION Thomas Giuffra, abogado de la exestudiante de la Universidad de Cornell que denunció haber sido violada en una casa de una fraternidad en 2024, un caso que resurgió recientemente con la presentación de una demanda civil contra la universidad de elite por considerar que no hizo lo suficiente frente al hecho.
Para el abogado, la denuncia de su clienta expuso un problema que trasciende a la Universidad de Cornell, en donde el 35% de las mujeres sufrió algún contacto sexual no deseado.
En una suerte de #MeToo que puso en el ojo de la tormenta a las universidades de Estados Unidos, el apoyo a la estudiante -que quiere resguardar su identidad, por lo que se la conoce con el nombre genérico “Jane Doe”- se materializó con la consigna #IAmJaneDoe luego de que demandara tanto a los hombres que la agredieron sexualmente durante horas, tras darle alcohol y ketamina, y a la propia universidad.
Giuffra cree que había más personas presentes que los siete identificados, cuestiona que se perdieron pruebas y que sea la policía de la propia universidad la que investigue estos casos. “Debería intervenir una fuerza externa, independiente y que no tenga ninguna obligación con la universidad que genera la mayor parte de los ingresos de toda la región”, afirma en su única entrevista con un medio argentino. Cuenta, como dato color, que tiene vínculos con el país: el pasaje Giuffra, en San Telmo, lleva el nombre de uno de sus familiares.
—¿Cómo está su clienta en este momento?
—Mi clienta, que ya había atravesado muchas situaciones traumáticas relacionadas con esto, ahora está bajo una presión enorme. Venía recibiendo amenazas y ahora fue víctima de un incidente conocido como swatting. Cuando alguien denuncia falsamente una masacre llega un equipo policial de intervención especial. Si alguien sale sin esperarlo y no reacciona como los agentes esperan, terminan muertos. A su padre, su hermano y un amigo suyo los apuntaron con armas en la cara, a los más jóvenes los arrojaron al piso. Ella vio todo. Es una locura que tenga que pasar por algo así. Esto demuestra hasta qué punto puede llegar la crueldad de la gente. Después, recibió otra amenaza, le dijeron que iban a volarle la cabeza a un integrante de su familia. Mi esposa recibió una llamada del mismo número y el jueves, llamaron a mi madre, que tiene 92 años.
—¿Usted o la familia de Jane Doe recibieron algún tipo de protección especial?
—No. Recibimos mucha ayuda del FBI, de la policía de Nueva York y de las policías locales de donde vivimos. Estamos tratando de preservar su anonimato. Quienes la acosan son solo una pequeña minoría de personas extremistas y retrógradas, y muy ruidosa. La gran mayoría la apoya. Recibí más de mil correos electrónicos de apoyo a Jane Doe y solamente tres fueron negativos. Eso me da esperanza respecto de mis compatriotas. Espero que podamos unirnos para proteger a las mujeres.
—Leí que están acosando a cada mujer que sospechan que podría ser Jane Doe, que se está extendiendo...
—Sí, es realmente aterrador. El caso se politizó. Cuando yo era joven, pensaba que demócratas o republicanos podían ponerse de acuerdo en algo tan básico como que las mujeres no fueran víctimas de agresiones sexuales y pudieran sentirse seguras en un campus universitario. Pero parece que ya no es así.
—¿Cómo decidieron hacer público el caso bajo el nombre de Jane Doe? ¿Ella alguna vez pensó en hablar públicamente?
—Al principio, ella sentía que no tenía por qué esconderse. Pero le expliqué algo que siempre recomiendo: internet deja una huella que dura, su nombre iba a quedar asociado a eso para siempre. Tampoco sabíamos qué reacción podía generar. Afortunadamente, los medios tradicionales no publicaron su identidad. No queremos que esto la persiga durante el resto de su vida ni dar información sobre ella que permita acercarse o hacerle daño. Creo que está muy conforme con ser “Jane Doe” hoy.
—¿Esto forma parte de un patrón más amplio que se repite en las universidades?
—Llevo mucho tiempo trabajando en casos de este tipo. Siempre trabajé bajo el supuesto de que alrededor del 5% de cualquier grupo son pervertidos. Pero ahora cambié mi opinión, basta con mirar las estadísticas de Cornell: el 35% de las mujeres de esa universidad sufrió alguna forma de contacto sexual no deseado. Creo que esto dice mucho sobre el comportamiento de los hombres en nuestra sociedad. Hay que educar a los chicos y a las chicas desde muy pequeños para evitar que estas conductas se arraiguen. Y, lamentablemente, muchos varones pueden dejarse llevar por el grupo, este caso es un ejemplo clásico de eso. No existe una sola Jane Doe. Y el problema no se limita a Cornell: está presente en todos los campus universitarios de Estados Unidos.
—¿Existe un problema con que las propias universidades deban investigar estas denuncias?
—En muchos campus, y Cornell es un ejemplo clásico, quienes investigan pertenecen a la propia institución, no son independientes. Tienen un interés directo en proteger su reputación. En este caso, la policía de Cornell, que depende de la universidad, investigó. Quienes debían hacer el trabajo de campo, entrevistaron a los testigos, hicieron su tarea. Sin embargo, de alguna manera, esa información quedó fuera del informe final, pese a que había pruebas violencia y mi clienta había dicho que estaba segura de que había sido violada. Aún así, fue suavizado en un informe de seis páginas a partir del cual el fiscal de distrito consideró que no había elementos suficientes para determinar que se había cometido un delito. ¿Por qué no se incluyó toda la información que habían obtenido? No sé exactamente por qué sucedió. Mi sospecha es que los superiores de quienes investigaron les dijeron que lo suavizaran porque no querían tener un problema. Y ahora, esos reportes, a los que yo ni siquiera como abogado pude acceder, están saliendo a la luz, probablemente filtrados por quienes los hicieron y no están de acuerdo en cómo avanzó.

—¿Cree entonces que hubo un encubrimiento?
—Sí. Parece haber existido algún tipo de encubrimiento institucional, corrupción o, como quieran llamarlo. Algo no se hizo correctamente.
—Volviendo a ese punto de la investigación, ¿cuándo se enteraron usted y Jane Doe que el caso había sido cerrado? ¿Y cuándo decidieron avanzar con la demanda civil?
—Siempre íbamos a avanzar con la demanda civil. Ella quería respetar el procedimiento correspondiente. Fue a la policía, el primer paso cuando una persona cree que fue víctima de un delito y confía en las autoridades. Después atravesó el proceso del Título IX [la ley que obliga a las universidades a investigar y responder antes estos casos]. Hubo una evaluación bastante detallada, aunque creo que las sanciones podrían haber sido mucho más severas. Sin dudas alguno podría haber ido preso. Una vez concluido, intentaba decidir qué hacer con su vida. Fue muy traumático. Dejó la universidad, una institución Ivy League, una de esas a las que todos sueñan con ir. Presentar la demanda significaba sacar todo a la luz.
—¿Quiso ir a otra universidad?
—No. Intentó mudarse a Nueva York, pero no funcionó. Finalmente presentamos la demanda y tuvo que volver a su casa, no podía soportar seguir acá. Ahora está con sus padres, que la protegen mucho. Creo que ella está intentando hacer lo correcto y señalar problemas que existen en nuestro país.
—Cornell designó ahora a Sally Yates para realizar una revisión independiente sobre cómo la universidad manejó el caso. ¿Confía en esa revisión?
—Confío en Sally Yates. Trabajó en casos de corrupción y fallas institucionales en muchos lugares. Creo que hará un buen trabajo y no dejará nada sin investigar.
—¿Jane Doe estaría dispuesta a colaborar si se lo solicitan?
—Por supuesto. Está dispuesta a colaborar con Sally Yates, con la oficina del fiscal general. También estuvo dispuesta a cooperar con la policía y con el fiscal de distrito, hasta que él dejó de parecernos creíble. Ella intentó colaborar siempre. Está buscando justicia para sí misma y para otras mujeres.
—Teniendo en cuenta entonces que es un problema de todo el sistema y que las propias instituciones deben investigarse a sí mismas, ¿cómo cree que podría cambiar?
—Si hay una violación dentro del campus, no creo que deba investigarlo la policía de la propia universidad. Debería intervenir una fuerza externa, independiente y que no tenga ninguna obligación con la universidad que genera la mayor parte de los ingresos de toda la región. Nadie quiere perjudicar a la gallina de los huevos de oro. Fuera de la Universidad de Cornell, el condado de Tompkins tiene muchas vacas, muchas granjas y no mucho más. También hay que preguntarse por qué había tanta ketamina, hubo una sobredosis y una redada antidrogas en un lapso de dos días alrededor de aquella fiesta. Según las propias reglas de la institución, deberían haber clausurado esa fraternidad. Uno pensaría que las autoridades estarían interesadas en investigar el origen de las drogas.
—¿En qué estado está la investigación?
—En una etapa muy inicial. Estamos tratando de avanzar y lidiar con las agresiones y el acoso al mismo tiempo ha sido muy estresante.
—¿Y la investigación penal?
—Van a pasar meses. En Estados Unidos existe el grand jury. Se presenta el caso ante ese jurado para que decida si hay fundamentos para una acusación. El fiscal de distrito dijo que podía presentarse en un par de semanas, ahí empecé a perder la confianza. Me pareció ridículo. No podría preparar un caso desde cero en dos semanas y hacerlo bien. Creo que él estaba dispuesto a presentar el caso y conseguir que el gran jurado rechazara la acusación. Parecía más interesado en demostrar que su decisión fue correcta que en reconocer que fue incompetente.
—Volviendo a los primeros días, ¿cree que se perdieron pruebas?
—Sí. La policía debería haber descargado todo el material de los teléfonos y probablemente había una mina de oro ahí. Creo que había más personas presentes de las que sabemos. Estoy seguro de que existían videos, pero se perdieron. Algunos dicen que ese material se puede recuperar. No sé si es tan sencillo después de dos años. El momento de obtener las pruebas es al principio, de manera rápida y exhaustiva, antes de que las personas involucradas tengan tiempo de reaccionar.

—Aparecieron mensajes entre Jane Doe y varios de los acusados posteriores a aquella noche. La defensa probablemente los utilice para cuestionar su versión. ¿Qué puede decir al respecto?
—Cuando una mujer sufre una agresión sexual o una violación, atraviesa un proceso psicológico. No lo digo yo, lo establece la ciencia. Al principio, le resulta muy difícil reconocer que fue violada. La primera reacción es la negación. Eso es lo que le ocurría a ella en el momento de esos mensajes. Después aparecen la vergüenza y la tendencia a culparse a sí misma: “¿Cómo terminé en esta situación?”. Finalmente, llega la aceptación. Lo que atravesó Jane Doe es un proceso clásico entre las sobrevivientes de una violación. Mucha gente imagina a una mujer que vuelve caminando de noche y un hombre que sale de un callejón la viola. Estadísticamente, ese tipo de situación representa apenas entre el 10% y el 15% de todas las violaciones. En el resto de los casos, la víctima conoce al agresor.
—Usted lleva muchos años trabajando en casos de abuso sexual, ¿qué hace que este sea diferente?
—En la mayoría de los casos, se trata de una situación entre dos personas. Esto es diferente porque había muchas personas. Había al menos siete en la habitación, yo creo que había más, y estaban las 57 que integraban el chat grupal. Y lo terrible es que ninguna de las personas que recibió esos mensajes en el grupo fue a protegerla. Ninguno. Ni uno solo. Cuando el caso salió a la luz, toda la fraternidad cerró filas para proteger a los involucrados y a la fraternidad. Lamentablemente, eso es lo que ocurre entre los hombres. Uno pensaría que todos tienen madres, algunos probablemente tienen hermanas e imaginas que, entre todos ellos, uno diría: “Yo no voy a participar de esto. Voy a ir a la policía. Esto está mal”. Pero ninguno lo hizo.
No creo que las 57 personas estuvieran presentes. Pero al día siguiente todos conocían lo ocurrido y hubo una reunión. No intentaron proteger a la mujer, intentaron proteger a los hombres. Y eso es lo que suele pasar. Ahora vemos la misma reacción por parte de algunos de ellos: son principalmente hombres que culpan a la mujer, intentan silenciarla, humillarla, denigrarla y llamarla prostituta. Es una historia tan vieja como el tiempo.

—Pero alguien le filtró el chat. ¿Fue luego de que ella empezara a buscar pruebas?
—Una persona sí hizo lo correcto, quien filtró el chat grupal y se lo hizo llegar a ella. Si no hubiera tenido acceso a eso, no habría conocido lo que en Estados Unidos llamamos la smoking gun, una prueba clave.
—Más allá de la indemnización, ¿qué esperan conseguir con esta demanda?
—Un cambio institucional. Ese es el objetivo más importante. Este caso apunta a un problema mucho más amplio. Quiero hacer todo lo que esté a mi alcance para evitar que haya más casos como el de Jane Doe en Cornell. Quizá eso tenga consecuencias en otras universidades, por cómo perjudicó la reputación de Cornell. Necesitamos comprender la magnitud del problema de las agresiones sexuales en los campus y en otros ámbitos.
