Proteger, un nuevo rol para la especie humana

Manuel Torino
Manuel Torino LA NACION
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9 de febrero de 2020  

Es más grave. Mucho más grave de lo que imaginamos. La crisis de extinción provocada por el ser humano hoy amenaza a un millón de especies, muchas de las cuales son cruciales para el desarrollo de ecosistemas. Esos mismos ecosistemas de los que depende la humanidad para su propia supervivencia.

¿Qué pasa si desaparece una especie? Tomemos el caso de las abejas. De acuerdo con datos de las Naciones Unidas, casi dos tercios de los cultivos que alimentan al mundo necesitan de la polinización de estos insectos para reproducirse. Sin su papel en la cadena natural, la vida tal como la conocemos sería imposible. De ahí que, recientemente, un grupo de prestigiosos científicos y naturalistas, haya declarado a las abejas como los seres vivos más importantes del planeta.

La sexta gran extinción -la anterior fue la de los dinosaurios- ya está en marcha. Los números son elocuentes: antes de la llegada de los humanos, entre una y cinco especies se extinguían por año. Hoy, los científicos estiman que desaparecen a una velocidad hasta 10.000 veces mayor. Esto significa que la Tierra sufre varias extinciones de especies -animales, insectos, plantas, microorganismos- por día. Muchas de las cuales ni siquiera llegamos a descubrir.

Al igual que pasa con el cambio climático, nos cuesta dimensionar la crisis de biodiversidad en la que estamos inmersos. El filósofo y ecologista Timothy Morton llama "hiperobjetos" a estos hechos tan complejos e inabarcables -internet es otro ejemplo- que se vuelven, paradójicamente, invisibles.

Otra paradoja: la sola idea de ser responsables de una masiva extinción de especies, ser humano incluido, es tan abrumadora, tan decisiva, tan global, que la gran mayoría no hace nada para evitarla. Nos paralizamos.

Sin embargo, por más desolador que parezca el panorama, todavía estamos a tiempo de revertirlo. Existen historias emblemáticas de recuperación de ecosistemas como la del majestuoso Parque Gorongosa, uno de los de mayor diversidad biológica de África, que tras ser arrasado por una feroz guerra civil, logró reintroducir a los grandes mamíferos que se habían extinguido. Y no hay que irse tan lejos: los inspiradores casos del oso hormiguero gigante y, ahora del yaguareté, en la provincia de Corrientes, a cargo de la Fundación Rewilding Argentina (ex CLT); o la reintroducción del guanaco en la reserva Parque Luro, iniciativa del gobierno de La Pampa, son experiencias que nos invitan a ser algo más optimistas.

Hay otros motivos para pensar en un futuro sostenible. Como contracara de la crisis de extinción, se está reproduciendo a pasos agigantados una nueva especie entre los homo sapiens: el ambientalista imperfecto. Se trata de aquél que, a pesar de sus limitaciones y contradicciones, elige una causa y aporta lo que está a su alcance. Algunos deciden usar la bicicleta para moverse en la ciudad, otros rechazan el plástico descartable, restauran bosques, o bien protegen a animales en peligro de extinción.

Claro que los que levantan esta bandera en la Argentina son las nuevas generaciones. Un informe de 2019 de la consultora Ipsos titulado Generación Z: Hacia una política de la sensibilidad, señala que este grupo etario que va de los 16 a 24 años -y que representa el 22% del padrón electoral, por cierto- tiene al medio ambiente como una de sus principales causas.

Así, parte de la solución a la crisis ambiental podría llegar de esta sumatoria de pequeñas acciones de gente que, sencillamente, protege lo que ama. Como bien nos enseña la naturaleza, todas las especies tienen un valor intrínseco y cada una juega un rol único en el ecosistema. Quizá, proteger al planeta de nosotros mismos, sea el nuestro.

  • El autor es periodista especializado en sustentabilidad y fundador de Aconcagua.lat

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