
Un destino atractivo para los montañistas y los adeptos a la espiritualidad
Templos, ciudades antiguas, bosques y las montañas más altas del planeta convocan a miles de turistas al año al país del Himalaya
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Para un argentino, Nepal empieza siendo una idea bastante lejana. Desde Buenos Aires no hay vuelos directos a Katmandú y las alternativas exigen al menos una escala, con viajes que pueden superar las 24 horas. Pero es un destino único, que llama la atención por demás.

El país tiene unos 147.500 kilómetros cuadrados (menos que la provincia de Córdoba) y en apenas 150 a 250 kilómetros de norte a sur pasa de las llanuras subtropicales del Terai a las cumbres más altas de la Tierra. Ocho de los 14 picos del mundo que superan los 8000 metros están allí, incluido el Everest.
Esa imagen de montañas imposibles es, claro, el gran imán. Pero reducir Nepal al Everest deja afuera buena parte de lo que explica su industria turística. En 2025 el país recibió 1.158.459 visitantes internacionales, según el Nepal Tourism Board y el Departamento de Inmigración.
Fue un 0,95% más que en 2024 y significó recuperar el 96,8% del volumen de 2019, cuando habían llegado 1.197.191 turistas. Nepal está otra vez muy cerca de ese número, que es su récord, pese a una geografía que nunca se lo pone demasiado fácil.
Un dato ayuda a poner en perspectiva ese vínculo con la Argentina: en 2023 llegaron a Nepal unos 1530 viajeros argentinos, según estadísticas de inmigración recopiladas por las autoridades turísticas del país. No es un mercado masivo, pero tampoco marginal. Los registros mensuales de 2024 y 2025 muestran además una presencia sostenida, sobre todo en los meses fuertes de trekking.

Katmandú suele ser la puerta de entrada y también el primer sacudón. No es una capital prolija ni silenciosa, según cuentan muchos viajeros que estuvieron allí.
Hay motos, ruido de bocinas, polvo, cables, puestos callejeros y templos metidos casi entre negocios y edificios. El Valle de Katmandú, Patrimonio Mundial de la Unesco, reúne siete conjuntos monumentales: las plazas Durbar de Katmandú, Patan y Bhaktapur; las estupas budistas de Swayambhu y Boudhanath; y los templos hinduistas de Pashupati y Changu Narayan.
En Nepal, la espiritualidad está en la calle. Después aparece Pokhara, a unos 200 kilómetros de la capital, aunque en Nepal las distancias engañan y el trayecto por ruta puede llevar muchas horas. La ciudad, junto al lago Phewa y con el macizo del Annapurna de fondo, funciona como descanso después del vértigo de Katmandú y como puerta de entrada a varios de los trekkings más conocidos. El circuito del Annapurna permite acercarse al Himalaya sin convertir el viaje en una expedición extrema.
Pero Nepal no termina ahí. La Unesco reconoce cuatro sitios de Patrimonio Mundial: el Valle de Katmandú, Lumbini -lugar de nacimiento de Sidarta Gautama (Buda)-, el Parque Nacional de Sagarmatha, donde está el Everest, y el Parque Nacional de Chitwan. Este último queda en las tierras bajas del sur, con selva y rinocerontes de un cuerno, entre otras especies. Es difícil imaginar un contraste más brusco con los glaciares del norte. En un mismo viaje se puede pasar de monasterios tibetanos y puentes colgantes a una reserva subtropical.

Para los argentinos, además, la entrada es bastante simple. Nepal permite obtener visa turística al llegar al aeropuerto internacional Tribhuvan.
El Departamento de Inmigración cobra US$30 por 15 días, US$50 por 30 y US$125 por 90; también existe la opción de tramitar una autorización electrónica antes del viaje. Hay un dato para anotar: la Argentina no tiene embajada residente en Nepal. La representación con jurisdicción sobre el país es la Embajada argentina en Nueva Delhi, que publica un teléfono de guardia para emergencias.
El trekking exige algo más de planificación de lo que sugieren algunas fotos de Instagram. Desde 2023, Nepal obliga a llevar guía habilitado y la tarjeta TIMS (por Trekkers’ Information Management System) emitida por una agencia para numerosas rutas en áreas protegidas, entre ellas Everest Base Camp, varios recorridos de Annapurna, Langtang y Manaslu. La tarjeta cuesta 2000 rupias nepalesas para viajeros de países que no pertenecen a la SAARC (Asociación Sudasiática para la Cooperación Regional, por sus siglas en inglés).

Hay una razón detrás de estas reglas: en la montaña las distancias son largas, la señal desaparece y un simple inconveniente puede, en cuestión de pocas horas, convertirse en una emergencia. Algunas agencias aconsejan que el seguro incluya expresamente rescate de montaña y evacuación en helicóptero.
También importa mucho cuándo ir. Para trekking, las ventanas clásicas son la primavera boreal y, sobre todo, el otoño, cuando termina el monzón y suelen aparecer cielos más despejados. Entre junio y octubre las lluvias pueden provocar deslizamientos, crecidas y cortes de rutas.
Este 26 de agosto, justamente, una inundación repentina golpeó el distrito de Rasuwa, al norte de Katmandú, y científicos investigan si pudo haber sido desencadenada por una avalancha de hielo y roca.
El otro gran obstáculo para un argentino es el pasaje. No hay conexión directa Buenos Aires-Katmandú; las rutas habituales pasan por grandes hubs como Estambul o Dubái. En búsquedas realizadas en agosto, Turkish Airlines mostraba tarifas de ida y vuelta desde alrededor de US$2749 para noviembre y diciembre, aunque esos precios cambian todo el tiempo.

En destino, en cambio, el presupuesto puede aflojar: alojamiento, comida local y transporte terrestre suelen pesar bastante menos que el vuelo internacional. La ecuación es rara: llegar es caro y lento; quedarse, no necesariamente.
Quizás por eso Nepal no funciona demasiado bien como viaje de cinco días para tachar de una lista. El país pide tiempo, no solo porque las rutas son lentas o porque la altura obliga a caminar despacio. También porque su mejor parte aparece en esas transiciones: dejar atrás una ciudad ruidosa y despertarse frente a una montaña que no estaba visible la noche anterior; tomar un té en un lodge a 3500 metros; bajar días después a un valle verde donde vuelve el calor. Desde la Argentina hay medio mundo de por medio. Una vez ahí, esa distancia empieza a tener bastante sentido.


