Una estrategia diplomática a la que le sobran fantasías y le falta realidad

Roger Cohen
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11 de febrero de 2015  

MUNICH.- Como alguien dijo una vez, para un comunista no hay nada más difícil que predecir el pasado. Recordé esa observación al escuchar al canciller ruso, Sergei Lavrov, en la Conferencia de Seguridad de Munich, donde con estilo soviético a fondo sugirió que tras la Segunda Guerra Mundial "fue la Unión Soviética la que se opuso a la partición de Alemania".

La gente se rió. Más bien carcajeó. Los alemanes tienen muy presente el cerrojo soviético sobre el este del país y el Muro de Berlín. Pero, en cierto sentido, Lavrov tenía razón: la Unión Soviética habría estado muy contenta de poder engullirse a Alemania entera, si hubiese tenido la oportunidad.

Así como hoy el presidente Vladimir Putin estaría muy contento de absorber a Ucrania entera, a la que ve como una extensión de su madre patria, una región que se creyó el engaño de Occidente y la fantasía de ser un Estado independiente.

La actuación de Lavrov en Munich fue fiel reflejo del universo paralelo al que se amarró la nave espacial rusa casi medio siglo después del colapso de la Unión Soviética. Para calificar sus afirmaciones, no alcanza ni con el "pensamiento doble" imaginado por George Orwell.

La anexión de Crimea por parte de Rusia, insistió Lavrov, fue un levantamiento popular, gente que "invocó el derecho a la libre determinación" y en consonancia con la Carta de las Naciones Unidas.

Los ucranianos estarían embarcados en una ordalía de "violencia nacionalista" caracterizada por purgas étnicas dirigidas contra judíos y rusos. A Estados Unidos lo impulsa un insaciable deseo de dominio global y habría orquestado, en Ucrania, un "golpe de Estado" que el año pasado condujo al derrocamiento del presidente Viktor Yanukovich.

La Europa post-1989 le ha dado la espalda a la construcción de "una casa común europea" resignando la perspectiva de "una zona económica libre" desde Lisboa hasta Vladivostok, para favorecer en cambio la expansión de la OTAN hacia el Este, hasta los umbrales de la Madre Rusia.

Continúa soñando, Sergei.

De hecho, la anexión rusa de Crimea desgarró, por medio de la fuerza, "la integridad territorial" y la "independencia política" de Ucrania, una violación directa del artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas. También hizo trizas el compromiso asumido por Rusia en el Memorándum de Budapest de 1994 de respetar las fronteras internacionales de Ucrania. La "violencia nacionalista" que hizo resurgir la cuestión bélica en Europa no proviene de Kiev, sino de Moscú, donde Putin alimenta una fructífera fábula de asedio, humillación y depredación por parte de Occidente, para generar desasosiego y así ganar apoyo para sus agresiones en el este de Ucrania.

Del mismo modo, ese fascismo que Lavrov se propone situar en Ucrania con alusiones a ataques contras los judíos y otros grupos étnicos, sería mucho más fácil de identificar en su Rusia natal. Putin le recordó a la humanidad que el idioma que mejor habla el fascismo es el de una falsedad tan grotesca que lleva al absurdo.

El líder ruso invocó a la historia para convertirla en farsa. Perseveró en el sinsentido de que todas las tropas y pertrechos rusos que están en el este de Ucrania son fruto de la imaginación del resto del mundo.

El "golpe" en Ucrania del que habla Lavrov no fue tal cosa: se trató de una levantamiento popular contra un presidente corrupto y marioneta de los rusos, dispuesto a todo para impedir cualquier acercamiento de su país a Occidente. Los ucranianos no están locos. Los seducen más Varsovia o Berlín que la soleada Minsk. Y cuando escuchan hablar de "la casa común europea", saben que debe traducirse como "imperio soviético".

El lema soviético siempre fue que dos más dos es cinco. Lo aplicaron en 1931, cuando decidieron que el plan quinquenal de Stalin podía completarse en cuatro años. Y dos más dos es cinco sigue siendo la "verdad" que emana de Moscú. No habría que olvidarlo en todas las negociaciones sobre Ucrania.

Acá también se habló mucho de un posible alto el fuego de diseño franco-alemán, de que "no hay solución militar" para el problema ucraniano (salvo, por supuesto, la que Putin tiene en mente), de lo aconsejable o no que sería que Occidente envíe armas para apoyar al gobierno ucraniano (la canciller alemana, Angela Merkel, se opone), y de la necesidad de mostrar determinación, al menos de palabra.

¿Quieren determinación? Entonces hay que enterarse de quién es Putin. Si acumula tanques y artillería pesada en la frontera con Ucrania es porque no piensa conformarse con menos que una Ucrania débil.

En ese sentido, a la actual estrategia diplomática de Occidente respecto de Ucrania le sobran fantasías y le falta realidad. Dos más dos son cuatro, ya en la guerra como en la paz.

Traducción de Jaime Arrambide

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