Nicolas Roeg: el cineasta que "cayó" a la Tierra y dejó huella

El director junto a David Bowie en El hombre que cayó a la Tierra
El director junto a David Bowie en El hombre que cayó a la Tierra Fuente: LA NACION
1928-2018
Marcelo Stiletano
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26 de noviembre de 2018  

Tal vez el dato biográfico más importante de la carrera cinematográfica de Nicolas Roeg haya sido su exitoso tránsito de director de fotografía a cineasta. Este cambio de rol, poco habitual y con pocos ejemplos favorables, llevó al artista británico, que acaba de fallecer, a los 90 años, a un indiscutible pedestal. La mejor etapa de su filmografía (toda la década del 70 y los primeros años de la siguiente) define a Roeg como uno de los directores de mayor potencia y expresividad visual de su tiempo. Un mérito que se prolongó: como señaló Gregorio Belinchón en El País, el estilo de Roeg marcó con mucha fuerza la obra de algunos colegas de fuerte personalidad cinematográfica que llegaron después, como Paul Thomas Anderson, Danny Boyle y Christopher Nolan.

Nacido en 1928 como Nicolas Jack Roeg, tuvo el primer (e informal) contacto con el mundo del cine como proyectorista en su Londres natal. Allí inició su larga carrera en 1947, trabajando como aprendiz de edición y, unos años más tarde, en varios oficios (encargado de claqueta, asistente de iluminación) en la filial londinense de los estudios MGM. Su primer trabajo más o menos relevante lo encontró en el área especializada de lentes ópticos dentro de la segunda unidad del rodaje de Lawrence de Arabia (1962). De allí, luego de otras experiencias menores, saltó a la escudería de Roger Corman, a quien ayudó a construir el extraordinario marco visual de La máscara de la muerte roja (1964).

Para rastrear las influencias de la futura obra de Roeg como cineasta, además de Corman habría que sumar a otros destacados directores con los que trabajó en esa etapa, como su coterráneo Richard Lester, en Algo gracioso sucedió camino del foro (1966), y François Truffaut, en Fahrenheit 451 (1966). El nombre de Truffaut conecta a Roeg con la nouvelle vague francesa, una de sus grandes referencias, aunque el estilo narrativo fragmentado y veloz que caracterizó luego la obra de Roeg aparece más cercano a los primeros trabajos de Godard.

De a poco, Roeg fue construyendo su estilo, derivado de todas esas influencias más el uso intenso del color como elemento clave de su impronta narrativa y un acento muy fuerte en el efecto que provocaba en la audiencia su audaz combinación entre misticismo, cierta mirada intelectual a la moda y un erotismo fuerte, tan dispuesto a jugar al borde de lo explícito que por mucho tiempo se creyó que la célebre escena sexual entre Donald Sutherland y Julie Christie en Venecia rojo shocking (1973), su tercer largometraje como director, no había sido fingida. Años más tarde, Christie desmintió ese supuesto realismo.

El thriller parecía ser en términos de género el lugar en el que Roeg se sentía más cómodo para explorar todas sus inquietudes dramáticas, expresivas y sobre todo sensoriales. Dijo una vez, para no dejar dudas, que a su juicio "las películas no son guiones, las películas son cine". En este terreno prefería alejarse de los convencionalismos, aunque nunca logró la trascendencia de Roman Polanski y Stanley Kubrick, que a su manera también parecían encarar ese rumbo. Roeg era quizá menos elegante y más radical y extremo en sus propuestas, siempre marcadas, como dijimos, por un poderoso aliento visual. Tanto que los estudios Warner forzaron una serie de cortes y modificaciones en el montaje de Performance (1970), una de sus primeras y más personales obras. Allí, Mick Jagger (protagonista del film) lee un fragmento completo de "El sur", de Jorge Luis Borges, que desde ese momento también se sumó a las influencias visibles de la obra de Roeg. Performance tardó muchísimo en conocerse en el Río de la Plata: llegó a las salas argentinas y uruguayas en 2015.

Esa aparición de Jagger también fue premonitoria desde otro lugar. Dejó a la vista el gusto de Roeg por trabajar con grandes figuras del rock para sumarlas como intérpretes a sus películas llenas de sugestiva poesía y deliberada provocación. Así convocó a David Bowie para encarnar al alienígena que protagoniza El hombre que cayó a la Tierra (1976), otra obra que resultó para un estudio de Hollywood demasiado controvertida. Paramount decidió restarle el apoyo prometido después de ver el corte final. Algunos años después se sumó a esa lista Art Garfunkel, figura central de Contratiempo (1980).

En los años siguientes, marcados por la convivencia cotidiana y artística con la actriz Theresa Russell, Roeg atravesó la experiencia de algunas obras fallidas ( Eureka, Al límite del paraíso, Castaway) y llevó adelante una poco vista adaptación de El corazón de las tinieblas (1994), el clásico de Joseph Conrad. Mejor le fue con la citada Contratiempo (1980) e Insignificancia (1985), en la que imagina en clave de comedia un improbable encuentro en los años 50 entre Albert Einstein y Marilyn Monroe.

El último largometraje destacado de Roeg fue La maldición de las brujas (1990), inspirado en el mundo de Roald Dahl y con una inmejorable Anjelica Huston.

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