
Adiós a Massimo Girotti
El notable actor italiano falleció, ayer, en Roma a los 84 años
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ROMA (ANSA).- Massimo Girotti, uno de los actores de más larga presencia en la historia del cine italiano, falleció en la madrugada de ayer en el Policlínico Universitario de esta capital luego de una crisis cardíaca. Tenía 84 años.
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Se lo veía en los últimos tiempos en festivales y muestras retrospectivas prodigando afecto y recordando con nostalgia, uno tras otro, a aquellos grandes nombres que escribieron, como él, buena parte de la mejor historia del cine italiano.
Aunque las marcas dejadas por el paso del tiempo eran visibles, el rostro de ese hombre alto y afable todavía conservaba gallardamente la distinción de aquel tiempo en el que llegó a ser considerado, sin cuestionamiento alguno, como uno de los actores más apuestos que haya conocido la pantalla grande. Buena parte de ese atractivo -irresistible para el público femenino de más de una generación- nacía de sus profundos ojos azules, dueños de una mirada que era a la vez serena y profundamente melancólica.
"Más de una vez llegué a pensar que semejante belleza física podía oscurecer su talento. Por suerte, con el tiempo se supo que eso no iba a ocurrir", dijo el director Carlo Lizzani, que lo dirigió en "Infierno en el suburbio" y desde allí fue uno de sus mejores amigos. A partir de una figura privilegiada que la natación y el polo habían modelado todavía más, el apenas veinteañero Girotti optó por seguir una carrera como actor en vez de explorar las posibilidades que podía ofrecerle la ingeniería, especialidad en la que llegó a obtener un título universitario.
Pero no faltó mucho para que el público descubriera, detrás de la imagen apolínea de alguien que parecía destinado a convertirse en galán, la presencia de un actor digno de reconocimiento por otras razones. En este descubrimiento tuvo mucho que ver el temprano encuentro de Girotti con algunos de los grandes realizadores de la Italia de aquellos años.
Impactado por su presencia física, Mario Soldati se fijó en él antes que nadie y lo convocó para el film "Dora Nelson" (1939), pero las posibilidades de acometer papeles más comprometidos y ajenos a cuestiones de pura imagen no tardaron en llegar, sucesivamente, de la mano de Alessandro Blasetti, Roberto Rossellini y, sobre todo, de Luchino Visconti, que a partir de "Obsesión" (versión italiana de "El cartero llama dos veces") transformó a Girotti en uno de sus actores predilectos.
A partir de allí, Girotti no dejó de ser convocado por algunos de los más importantes realizadores de su país. Trabajó con Vittorio de Sica ("Las puertas del cielo"), "En el nombre de la ley" (Pietro Germi), "Roma a las 11" (Giuseppe de Santis") y "Livia, un amor desesperado" (otra vez Visconti). Pero el período de esplendor de su carrera como intérprete puede resumirse en un solo papel, el del amante introvertido y neurótico con que Michelangelo Antonioni lo retrató en su primer film como director, "Crónica de un amor".
Con esa rara mezcla entre una presencia física casi imponente y el gesto digno de un actor de raza que hacían de él un intérprete de perfil único, Girotti le dio vuelo a personajes que en otras manos se perdían en la intrascendencia. Bastaba verlo como gladiador romano, conquistador bárbaro o regente en algún horrible castillo medieval cuando llegó el tiempo en el que el cine italiano perdió espesor y comenzó a ser ganado por modas pasajeras.
Pero no tardó en regresar a su perfil más aplaudido, valorado por Pasolini, Bertolucci o Visconti en algunas de sus obras de madurez. ¿Quién podrá olvidar a aquel burgués decepcionado de "Teorema" o el desconsolado viudo de "El último tango en París", además de sus brillantes trabajos en "Medea", "El inocente" y hasta en "Pasión de amor", de Ettore Scola.
Siempre dispuesto en los últimos años a trabajar con realizadores jóvenes (dejó en forma póstuma una aparición en "La finestra di fronte", de Ferzan Ozpetek), Girotti trajo a la Argentina la misma dignidad de toda su carrera para protagonizar, en 1957, una versión de "La bestia humana" dirigida por Daniel Tinayre.



