
Adolescente víctima de un maleficio
Un producto del género de terror que no da miedo, risa ni genera intriga
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Apariciones (An American Haunting, EE.UU./2005, color; hablada en inglés). Dirección: Courtney Solomon. Con Donald Sutherland, Sissy Spacek, James D Arcy, Rachel Hurd-Wood, Matthew Marsh, Thom Fell. Guión: Courtney Solomon, sobre el libro The Bell Witch: An American Haunting, de Brent Monahan. Fotografía: Adrian Biddle. Música: Caine Davidson. Edición: Richard Comeau. Presentada por Distribution Company. Duración: 82 minutos. Calificación: sólo apta para mayores de 16 años.
Nuestra opinión: regular
Muchas veces los films que procuran asustar terminan dando risa, efecto no deseado por los realizadores, pero celebrado por la platea joven adicta al género. Ante este enésimo ejemplar de la desdichada progenie descendiente de El exorcista no cabe ese consuelo: Apariciones no asusta ni hace reír. Y lo que es más grave: tampoco genera alguna intriga como para que se siga con algún interés la sucesión de hechos inexplicables que se abate sobre la familia Bell (especialmente, el padre y una de sus hijas adolescente), desde el momento en que una despechada vecina con fama de bruja le echa una maldición, reacción justificable si se tiene en cuenta que la pobre mujer ha sido víctima de una desmedida usura.
Con recursos gastados
El único interrogante que crece con el paso de los minutos (y la consiguiente reiteración de lugares comunes del género, puertas chirriantes incluidas), es la razón por la cual Donald Sutherland y Sissy Spacek aceptaron participar de un proyecto de Courtney Solomon, habida cuenta de que el único antecedente de éste como realizador, Calabozos y dragones , había sido más bien penoso.
Aquí no parece haber progresado demasiado. Apenas consigue esbozar con cierto lineal decoro el comienzo de esta historia ("basada en hechos reales", según se subraya, y motivo de unas cuantas hipótesis en los Estados Unidos, donde se distingue de otras leyendas de demonios y fantasmas por ser la única que costó una vida humana). Después, cuando el maleficio cae sobre la mansión y los espíritus o el mismísimo demonio proporcionan a la chica (y al resto de la familia) un sobresalto tras otro, todo lo que se le ocurre al cineasta canadiense para ilustrar esas presencias invisibles es remedar trucos de la época de Méliès, multiplicar y acelerar las corridas de la cámara e intercalar elementales efectos de computadora, mientras confía en que los responsables del sonido y la música echen una mano en eso de sobrecoger a la platea. Todo es en vano.
Al final, a las muchas hipótesis ("verosímiles", dice un cartelito), que han intentado explicar el caso, Solomon añade la suya propia, que no es precisamente muy imaginativa. También suma un epílogo que se supone debe ser inquietante pero sólo sirve para entender por qué el relato se inició en la actualidad cuando todo el caso transcurría en los comienzos del siglo XIX.





