Alain Tanner y sus 50 años de felicidad
Cincuenta años de felicidad", según él mismo dice, le ha dado el cine a Alain Tanner, aunque eso no signifique que haya olvidado las dificultades que debió enfrentar para producir, financiar y distribuir algunas de sus películas. En especial, la última, Paul s'en va (2004), al cabo de la cual decidió que ya no tenía la resistencia física ni espiritual para volver a poner los pies en ese "pantano". El cine es siempre un oficio duro, pero lo es mucho más para quienes -como él- se proponen ir contra la corriente, desentenderse de la narración clásica, defender a toda costa su libertad y no sacrificarla a cambio de presupuestos más holgados. A los 81, el gran cineasta suizo -buena parte de cuya obra es revisada en un ciclo que la Cinemateca inicia hoy en la sala Lugones- vuelve la vista atrás y se siente un privilegiado: "No hice sino películas de bajo presupuesto y pude filmar una cada dieciocho meses, siendo totalmente independiente". Todavía recuerda que cuando en 1969 estrenó Carlos, vivo o muerto , donde atacaba el mito de la seguridad burguesa de su país y fue la obra que lo reveló como uno de los talentos más interesantes del joven cine suizo, un crítico parisiense definió el film como "el más bello hijo de Mayo del 68". Hasta hoy, Tanner sigue identificándose con esa corriente de ideas, pero si bien acepta que hizo films originales inspirados en Brecht, suele aclarar que se trata de un Brecht releído según sus deseos y su personalidad: "Una mezcla de ligereza y gravedad completamente ajena a la política y más afín a la filosofía y la poesía".
Nacido en Ginebra en diciembre de 1929, e hijo de un pintor suizo y una actriz nacida en Chicago, no llegó al cine por influencia familiar, sino por la profunda impresión que le causó en la adolescencia el neorrealismo italiano: Rossellini, De Sica, Visconti (cuyos dos films iniciales, Obsesión y La tierra tiembla, conoce plano por plano, porque le tocó ocuparse del subtitulado en inglés, cuando trabajaba en el British Film Institute). A los 22 años fundó el cineclub de Ginebra con Claude Goretta, otro puntal del cine suizo, y con él se fue a Londres en 1955.
Cuando se decidió a hacer cine -después de estudiar economía, embarcarse en buques mercantes y probar la poesía y la plástica- tuvo la suerte de encontrar a Lindsay Anderson y Karel Reisz, cabezas del free cinema . "Hice un corto para ellos, y las cosas se fueron encadenando", simplificó alguna vez. Las "cosas" empezaron con cinco años de documentales para la TV suiza; siguieron con el gran impacto de Carlos? ; con un segundo film en la misma línea - La salamandra (1970), donde pintaba una sociedad capitalista abrumadoramente aburrida-, y condujeron a Joná s, que tendrá 20 años en el año 2000 (1976), que dio rasgos definitivos a su cine, mezcla de humor y seriedad con crítica social, y una rara lucidez para percibir el estado de ánimo de la generación del 68 y sus fantasías. Tras Messidor (1978), su film más oscuro, rodó otras dos obras memorables: Los años luz (1980), en el que un viejo inicia a un muchacho en los secretos de la existencia y la sabiduría, y En la ciudad blanca (1983), su obra más amada, quizá por identificarse con el protagonista, interpretado por un Bruno Ganz que busca fundirse en cuerpo y alma con Lisboa, ciudad que ama ("la única donde uno puede cruzarse con fantasmas") y a la que volvería en 1998 con Réquiem . Otros films destacables son El valle fantasma , retrato de un cineasta en crisis; el documental Los hombres del puerto (1995) y su reencuentro con dos personajes conocidos: la heroína de La salamandra en Fourbi (1996) y Jonás, en Joná s y Lila, hasta mañana (1999).
¿Cincuenta años de felicidad? "Sí. Yo tenía una relación muy difícil con la realidad y me escapaba de ella a través del cine. Gracias al cine, pude establecer otro vínculo con la realidad." ¡Cómo no iba a amarlo!
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