Amores en París con la singularidad y el encanto de Rohmer
"Tres romances en París" ("Les rendez-vous de Paris", Francia/1995, color). Presentada por Good Movies. Dirección: Eric Rohmer. Con Clara Bellar, Antoine Basler, Mathias Megard, Aurore Rauscher, Serge Renko, Michael Kraft, Bénédicte Loyen, Veronika Johansson. Guión: Eric Rohmer. Fotografía: Diane Baratier. Música: Sébastien Erms. Edición: Mary Stephen. Duración: 95 minutos.
Nuestra opinión: Muy buena
Nunca es fácil determinar dónde reside la singularidad (y el encanto) de los films de Eric Rohmer. En ellos, se sabe, hay gente que conversa acerca de lo que siente y piensa: habla de sus gustos, de sus deseos, de sus convicciones, de la moral, del arte y del amor, al mismo tiempo que experimenta el gusto de la palabra como vehículo del coqueteo y la seducción.
Estas largas conversaciones suelen tener la apariencia de una charla natural, ligera y cotidiana percibida al pasar. Como las de la vida real, puede sonar tediosa, trivial o apasionante. Pero también puede ser reveladora: no sólo del íntimo sentimiento de los personajes sino del propio programa expresivo del autor en su búsqueda de la verdad y la belleza. El pintor protagonista del último episodio de "Tres romances en París", por ejemplo, dice de ésta que es bella porque no tiene colores vivos sino neutros: pálidos grises y amarillentos a los que la luz somete a cambios sutiles e infinitos. Esas sutiles variaciones son las mismas que definen la esencia del cine de Rohmer. Sus films atienden a los matices y no a los colores netos; buscan descubrir, como la luz sobre los muros de París, la infinita diversidad de caminos por los que avanzan las relaciones humanas, las amorosas en particular. Y si la trivialidad de la conversación de los personajes resulta sólo aparente y se la sigue desde la platea con curiosidad e interés es porque los diálogos van revelando, como llevados por un suspenso muy sutil, la secreta evolución de los sentimientos. Por eso sucede generalmente que en los films del veterano y prodigiosamente lozano creador francés, siempre nos importa saber cómo sigue la conversación.
Rohmer parece tener la rara cualidad de captar el secreto poético de lo cotidiano, además de la rara capacidad de representarlo del modo más natural. La forma, claro, contribuye: su economía de medios, la austeridad de la producción y de la puesta en escena (que de ninguna manera sacrifica el refinamiento estético) y en este caso, el frecuente uso de la cámara en mano y la abundancia de escenas rodadas al aire libre que parecen restaurar postulados de la nouvelle vague. Y aquí conviene hacer un alto para destacar la decisiva intervención que tiene el escenario de la ciudad. Rohmer recorre París no con los ojos ávidos del turista sino con la entrañable devoción del que conoce, ama y descubre a los demás sus rostros más variados, distintivos y cautivantes. El film es, en cierta manera, un canto a la ciudad en la que ha vivido la mayor parte de su vida.
Encuentros y azares
Las tres viñetas que integran la película giran en torno de encuentros entre hombres y mujeres que se aman, que juegan a estar enamorados o que buscan enamorarse. En el primero, una billetera robada hace que una chica compruebe la infidelidad de su novio y la vincula con un galán que puede ser el pretexto para tomar revancha. En el segundo, una mujer muy analítica y bastante coqueta que tiene en sus planes abandonar a su pareja busca apoyo en el joven profesor que intenta seducirla mientras recorren parques, paseos y jardines de París. En el tercero, el joven pintor que recibe a una visitante sueca linda pero convencional y debe hacerle de guía se desvía del camino atraído por una mujer que evidencia tener con él afinidades espirituales y que admite el inocuo flirteo aunque está en pleno viaje de luna de miel.
Son unas pocas variaciones acerca del modo en que los seres humanos buscan relacionarse, y es posible encontrar en las tres historias unos cuantos elementos en común, además del estilístico. Puede verse, por ejemplo, cómo el amor tiende hilos misteriosos y volátiles, cómo la mentira los enreda y cómo más de una vez el azar pone lo suyo para romperlos.
El film tiene ese amable medio tono -inconfundiblemente rohmeriano- que evita altisonancias y prefiere el fluir sereno de la conversación. Hay quien ha dicho, refiriéndose a su concepción de la acción, que Rohmer inicia las escenas ahí donde un director norteamericano medio las interrumpiría. En esos momentos en los que aparentemente nada importante sucede -no hay sexo, ni clímax, ni estallidos dramáticos, sino diálogo, reflexión honesta y análisis- es donde el francés busca los signos reveladores de la interioridad y examina sentimientos y preocupaciones humanas que son las de siempre y por eso jamás pasan de moda.
Allí habrá que buscar también otro de los secretos del encanto siempre joven de su cine y de su invariable vigencia. Aunque es más probable que ésta tenga que ver con su elegancia y su lirismo, con esa suerte de "gracia mozartiana" (como la han llamado con presumible acierto) que alcanzan sus films y que nos hace acompañarlos en un estado de tibia placidez. Y salir de verlos -aunque no falte en ellos la desdicha y el desencuentro- con el corazón un poco más ligero.
Mañana habrá tres estrenos
- Además del estreno anticipado del film de "Tres romances en París" (ver crítica aparte), mañana habrá tres novedades más. Una de ellas, "Una mente brillante", de Ron Howard, protagonizada por Russell Crowe y Jennifer Conelly. También se exhibirán "Jason X", film de terror de la saga de "Martes 13", ubicada en el año 2455, y la producción nacional "¿Y dónde está el bebé?", de Pedro Stocki, destinada al público infantil, que sólo se exhibirá en el complejo Tita Merello, con localidades a dos pesos en todas las funciones.
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