
Brillante duelo actoral
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“Día de entrenamiento” (“Training day”, Estados Unidos/2001). Dirección: Antoine Fuqua. Con Denzel Washington, Ethan Hawke, Scott Glenn, Macy Gray, Tom Berenger, Cliff Curtis, Dr. Dre y Snoop Dogg. Guión: David Ayer. Fotografía: Mauro Fiore. Edición: Conrad Buff. Música: Mark Mancina. Presentada por Warner Bros. Duración: 120 minutos.
Nuestra opinión: buena.
“Día de entrenamiento” podría haber sido apenas una correcta aproximación a los excesos que en la lucha contra el narcotráfico cometió durante los años 90 un escuadrón de la policía de Los Angeles. Pero este film, libremente basado en las abusivas operaciones de la tristemente célebre unidad Crash, liderada por el agente Rafael Pérez, resulta algo más que una eficaz reconstrucción gracias al aporte de los sus dos protagonistas: Denzel Washington, nominado al premio Oscar como actor protagónico, y Ethan Hawke, candidato como intérprete secundario, pese a que está casi tanto tiempo en pantalla como su colega.
La historia transcurre a lo largo del “día de entrenamiento” del título: Alonzo Harris (Washington) es un veterano, venerado, arrogante y manipulador detective que lidera un equipo que lucha contra la droga apelando a cualquier herramienta, incluidas aquellas que están del todo reñidas con el reglamento y la legalidad, para dominar un universo en el que conviven peligrosos gángsters, dealers, policías corruptos, asesinos y soplones. Jake Hoyt (Hawke), en cambio, es un novato idealista e inexperto que sueña “con salvar al mundo”, tal como le espeta el cínico entrenador que le ha tocado en suerte.
La ley de la calle
“En este negocio tenés que estar un poco sucio para que te respeten”, le explica Harris a Hoyt en un momento del film. Y, por eso, lo sumergirá en los bajos fondos de la ciudad californiana, un submundo dominado por trampas, traiciones y engaños en el que el más mínimo error puede hacer que termine acribillado por pandilleros hispanos, rusos o negros, y hasta por algún sector de la policía.
El film, rodado en las propias calles de los barrios más peligrosos de Los Angeles, alcanza en algunas escenas cierta potencia casi documentalista que el realizador afroamericano Antoine Fuqua, cuyo mejor antecedente cinematográfico había sido la convencional “Asesinos sustitutos”, con Chow Yun-Fat y Mira Sorvino, dilapida apostando nuevamente a una estilización exagerada y a ciertos vicios que acarrea desde su etapa como celebrado director de comerciales y videoclips.
El correcto guión escrito por David Ayer (“U-571: la batalla del Atlántico”, “Rápido y furioso”) trabaja sobre un par de conceptos bastante tradicionales (las diferencias generacionales del maestro-alumno, el juego del “gato y el ratón”) y se sustenta en una estructura narrativa casi de western clásico, mientras remite también a films como “Vigilantes de la calle”, de Dennis Hopper, y especialmente a la violentísima “Vivir y morir en Los Angeles”, de William Friedkin. Pero, más allá de sus hallazgos descriptivos y de sus vueltas de tuerca algo remanidas, el film se sostiene básicamente gracias a la química, la interacción de sus protagonistas, que deben componer a dos criaturas casi opuestas entre sí.
Washington tiene la ventaja de contar con unos cuantos parlamentos y situaciones diseñadas para su lucimiento personal (que él sabe aprovechar a la perfección) en un sólido personaje –psicópata, perverso y al mismo tiempo seductor– que resulta una extraña combinación entre el Harvey Keitel de “Un maldito policía”, el Robert De Niro de “Taxi Driver” y el Al Pacino de “Caracortada”. Y es precisamente ese torrentoso caudal interpretativo de la dupla Washington-Hawke el que lleva a este policial a un buen puerto final.
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