
Brillante, pero no cierto
El film sobre Nash simplifica y tergiversa la vida del científico
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NUEVA YORK (The New York Times).- Para quien haya leído "Una mente brillante", la biografía que Sylvia Nasar escribió sobre el matemático John Forbes Nash Jr., las últimas semanas han sido mentalmente abrumadoras. El libro, publicado en 1998 y ganador del premio que otorga el National Book Critics Circle, fue libremente adaptado por Akiva Goldsman y Ron Howard para la película homónima, nominada para ocho premios Oscar y convertida, en las últimas semanas, en tema de una curiosamente aviesa controversia en la industria del espectáculo.
Diversas columnas chismográficas de la prensa anunciaron estridentemente una serie de "revelaciones" sobre Nash que parecen atentar contra el criterio de la película sobre él, y esos chismes -referencias a su homosexualidad, su antisemitismo, y su paternidad respecto de un hijo ilegítimo- han sido considerados como prueba de una campaña de difamación y desprestigio por parte de estudios cinematográficos rivales. Mientras las acusaciones provocaban turbulencias alrededor de la película, Nash y su esposa, Alicia, se presentaron en el programa de TV "60 minutos" para desmentirlas.
Sin duda es desalentador para los lectores de Sylvia Nasar -como lo es evidentemente para la propia autora, que objetó vehementemente los recientes artículos- ver cómo su escrupulosa y sensible biografía es usada para provocar a su protagonista con insinuaciones. Dicho esto, la película -con un propósito muy distinto de esas expresiones sobre Nash y de un modo que no es en absoluto moral o artísticamente equivalente- también simplifica y tergiversa la compleja y fascinante vida presentada en el libro.
Las difamaciones no deberían automáticamente justificar las propias inexactitudes de la película. La decisión de modificar una historia real -eliminar material que podría confundir o perturbar a los espectadores, condensar la cronología, incorporar personajes en parte o totalmente ficticios a los acontecimientos históricos- es tanto una elección artística (y, por lo tanto, ética) como lo es la selección de determinado actor o del ángulo de una cámara. Y esas elecciones constituyen la base del juicio crítico. Está en juego, según mi parecer, no la precisión literal sino la credibilidad.
La vida real es confusa, y el carácter humano es a menudo contradictorio y difícil de interpretar. Las películas -particularmente las películas de Hollywood en gran escala- prefieren guiones claros y emociones inequívocas, sin ambigüedad alguna. Prefieren exaltar en lugar de plantear desafíos o perturbar.
Casi no se dice que gran parte del intrincado material del libro fue eliminado en la versión cinematográfica de "Una mente brillante". En ninguna parte Sylvia Nasar, una ex periodista de la sección Economía del diario The New York Times, afirma que Nash es un intolerante guiado por prejuicios raciales, un homosexual, o un mal padre. Pero documenta no sólo los delirios paranoicos causados por su esquizofrenia, algunos de los cuales hicieron que hablara pestes de los judíos, sino sus intensas y profundas amistades con hombres (definidas por un colega como "románticas"), y su relación con Eleanor Stiers, con quien estuvo envuelto y tuvo un hijo antes de casarse con Alicia Larde.
Tanto el guionista, Akiva Goldsman, como el director, Ron Howard, no ocultaron las licencias que se tomaron respecto del libro original, y numerosos críticos, entre los cuales me incluyo, objetamos algunas de ellas. En las librerías de las galerías comerciales con multicines en los que se exhibe "Una mente brillante" los visitantes pueden ver un gran despliegue de ejemplares del libro de Sylvie Nasar (con la imagen del protagonista de la película, Russell Crowe, en la tapa). Uno podrá documentar las diferencias entre el libro y la película y decidir si importan. A mi juicio, como lo he dejado en claro en cierta medida, importan realmente.
Hace dos años, "Huracán", -la película de Norman Jewison acerca del encarcelamiento y posterior reivindicación de Rubin Carter, apodado Huracán, el boxeador acusado de asesinato- fue criticado por desdeñar a los abogados que habían trabajado para liberarlo. La intervención de un niño afronorteamericano y sus guardianes pareció mejorar la historia.
La transgresión en ese caso -como antes en "JFK" y "Mississippi en llamas"- no fue contra la biografía sino contra la historia. El personaje encarnado por Hedaya es un conocido arquetipo de Hollywood: el individuo blanco, racista, y solitario que existe para aliviar la conciencia de los espectadores blancos con la ficción de que el racismo es causado por individuos inadaptados en lugar de una injusticia propia del sistema. Un difícil período de la historia norteamericana fue de ese modo suavizado y convertido en algo aceptable y familiar.
Algo similar sucede con la Guerra Fría en "Una mente brillante", en la cual la paranoia y la incertidumbre de la vida académica de la era de McCarthy queda reducida a estereotipos propios del film de espionaje. Esta clase de simplificación es de una u otra manera más perturbador que la tergiversación u omisión de los detalles de la vida de Nash, como su divorcio o su detención por exhibicionismo.
En el tratamiento del contexto político e intelectual de la historia, las elecciones tomadas por Goldsman y Howard desfiguran o falsean algo más amplio que la experiencia de un individuo.
El furor acerca de "Una mente brillante" reedita una discusión que se ha vuelto una especie de ritual durante la temporada de entrega de premios. Pero si las discusiones parecen predecibles, son sin embargo importantes, en parte porque es imposible formular una regla general de exactitud cinematográfica, y en parte porque estamos inundados de historias que aseguran que son verdaderas y de teorías que proclaman que la verdad no existe.
La respuesta para aquellos que señalan tergiversaciones y omisiones es generalmente alguna versión del principio axiomático de que todas las películas tergiversan, omiten, y simplifican. Se da por sentado que ese axioma, que puede ser aplicado a las novelas -e incluso, en cierta medida, a las biografías- está donde el debate termina. Pero es allí donde el debate debería comenzar.
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