Cinecittà, capital del sueño italiano
En sus estudios se forjaron grandes joyas del séptimo arte
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ROMA.- Para llegar a Cinecittà hay que tomar "la Metropolitana" (el subte) que pasa por Piazza Nazionale y viajar cerca de media hora hacia las afueras. El taxista que nos lleva hasta la boca del metro desembucha su pasión por los astros de la pantalla y revive las escasas oportunidades en que la realidad le proporcionó una fugaz intimidad con el mundo del cine. Una de ésas fue con Federico Fellini. "Lo tuve dos veces en el taxi -dice, orgulloso-. Se sentaba junto a mí, en el asiento delantero, y leía La Repubblica. Bromeaba; me decía: "Ragazzo, yo leo el diario pero tú ¡atento a la ruta!" Es que la primera vez lo llevé hasta Cinecittà. Lo vi descender del coche y cruzar el portal de ese parque de ilusiones, pero yo nunca entré allí."
La verdad es que atravesar ese portal produce un sacudón. Uno siente que está ingresando en un inmenso templo del cual, como de una lámpara de aceite de "Las mil y una noches", surgen fantasías, dramas, mentiras, aventuras y personajes, los más amados de la cinematografía europea. Lo que se divisa, después de atravesar los controles de seguridad, tiene la apariencia de un gran parque arbolado, con caminos por los que circulan autos, como en un barrio privado. Sólo que, en lugar de viviendas, lo que se destaca son como hangares o pabellones de una gran fábrica, con techos a dos aguas. En esos inmensos galpones, sin embargo, no hay aparatos con engranajes y poleas, pero sí la maquinaria de la magia, bastante más complicada y monumental que la de los teatros. Algo de éstos, no obstante, ha de haber conservado la memoria de los artífices del cine que la forjaron, porque se los designa como "teatros". ¿Y dónde estará el Teatro Cinque, el número cinco, donde Fellini montaba sus descomunales delirios? Ya aparecerá. De entrada, lo que urge es encontrar el T 9-8, en el que pocos meses atrás sentó sus bases el ejército de Martin Scorsese para el rodaje de "Gangs of New York", con unos escenarios enormes que están a punto de desarmarse.
"Y sobre esta piedra..."
Por su propia confesión, de Fellini sabemos que la primera vez que entró en Cinecittà no fue para filmar, porque todavía no era ni guionista ni realizador. Aterrizó en uno de esos hangares como periodista, para entrevistar a Alessandro Blasetti, que estaba filmando "La corona de hierro". Blasetti era una figura clave del cine itálico, que por entonces funcionaba bajo la administración fascista. Corría el año 1940 y para Fellini fue una experiencia extraordinaria: el deslumbramiento por una fábrica que se había puesto en marcha tres años antes. En la década del treinta el cine cobró en Italia una dimensión inusitada, y el que impulsaba ese crecimiento era, con espíritu especulador, Benito Mussolini.
Desde luego que "il Duce" -amén de sus demostraciones de capacidad deportiva- disfrutaba con los fastos de gala y la alternancia con las estrellas, que inevitablemente se rendían ante su proverbial y muy ejercitada capacidad de fascinar (un modelo que, por lo demás, debe haber influido en más de un gobernante argentino). Por esa vía no había vacilado en fundar el que sería el pionero de los festivales de cine, el de Venecia, para el cual destinó en 1934 el Hotel Excelsior, del Lido. Pero su interés por el cine venía de algunos años antes: en 1930 inventó un circuito de cine rodante con el que, mediante camiones equipados con proyectores y pantallas, llevó a los pueblos rurales una campaña de fomento de los productos agrícolas.
Era precisamente eso, la intuición acerca del poder de la propaganda, lo que había generado en el dictador sus planes de desarrollo de la cinematografía. Toda la "gran comedia" que fue el fascismo, con su despliegue escénico que desbordaba los límites del teatro y la ópera, tuvo su correlato en la gestación de una monumental plataforma de ficción; luego, resignificada, dio lugar a expresiones de arte y de testimonio social que el fascismo ni imaginó. Y así fue que en enero de 1936, con apoyo del Ministerio de la Cultura, "el Jefe" presidió la colocación de la piedra fundacional de Cinecittà. Se gestó y se concluyó, con asombrosa velocidad, en menos de quince meses. Cuando "Il Duce" la inauguró (recorriendo la ciudadela con grandes pasos, seguido de un cortejo de ritual de Estado), ya había cuatro producciones en marcha, que llegarían a diecinueve al concluir el año. Desde ese abril de 1937 hasta hoy, el legendario solar de la periferia de Roma concentró los proyectos y realizaciones de cientos de miles de cineastas, actores, "attrezzisti" (maquinistas de escena), guionistas y especialistas de todos los oficios que sustentan al cine, tanto del propio país como de muchas industrias del mundo, incluidas las de los Estados Unidos.
La administración de este coloso del espectáculo ha cambiado muchas veces, desde la gestión como ente estatal absoluto en sus inicios hasta lo que es hoy, un complejo mixto de instituciones y empresas que la llevan adelante sin pausa.
"Acabamos de hablar con Scorsese, que está por estrenar su película", anuncia Franco Mariotti, ex secretario de Ceremonial de la "Mostra" de Venecia y, desde hace diez años, director de RR. PP. de Cinecittà. Este veterano operador nos advierte que en pocos días más ya no quedará nada, aquí, de lo que fueron los formidables andamiajes escenográficos que Scorsese hizo construir para "Gangs of New York", el film que rodó en Cinecittà este año. "Vamos a desmantelar todo -señala Mariotti-, así que... hay que visitarlos hoy mismo."
Pero antes de largarnos a la aventura de descubrir -sin guía- el encanto de la cittˆ dei sogni (así la había bautizado Fellini, "la ciudad de los sueños"), escuchamos de Mariotti un resumen de lo que, institucionalmente, es hoy este complejo.
"Esta es una estructura de Estado -expone el funcionario-. Somos un ente público: terrenos, estudios, salas de montaje, todo lo que hay aquí adentro pertenece al Estado. Hoy se llama Cinecittà Holding, después de modificaciones de varias leyes, porque ahora interviene la industria privada. Al principio era un "Ente de gestión-cine", subvencionado; cuando se producía algo que no andaba bien, el Estado subvencionaba el déficit de todo el grupo de sociedades (Cinecittà, Instituto Luce y todas las demás). Pero hubo variantes: el Estado ahora financia, sí, pero en parte; para el resto se deben conseguir capitales externos. Por esto no puede ser más un ente estatal; se ha armado una especie de pull y entonces decidieron llamarlo Cinecittà Holding."
Tal agrupamiento societario incluye a Cinecittà Servizi, que es la mítica meca donde se gestaron los films consumados entre 1937 y la actualidad. Presta una base de operativos de rodaje y posproducción, eso que se ha dado en llamar "la Hollywood sul Tevere". "Además -retoma Mariotti- hay otra sociedad que se llama Cinecittà International, que atiende la promoción del cine italiano en el exterior. Otra se ocupa del cine del pasado (Visconti, Rossellini), para su restauración y conservación. Después viene Italia Cinema, organismo muy importante que atiende la promoción del material contemporáneo. Y está el Instituto Luce Italnoleggio, que es el archivo del Estado, que existe desde 1924; distribuye cine de calidad, del nuestro y del internacional (Bergman, Kurosawa)."
Este conglomerado decidió alquilar Cinecittà por diez años. Por tanto, la mítica Cinecittà actualmente pertenece a un pull privado "en el que nosotros somos accionistas en un 25 por ciento -puntualiza Mariotti-. Es como si tuvieras un departamento, que es tuyo, y lo alquilas, pero reservándote una habitación. Con esta transformación, en la que los inquilinos pueden hacer lo que les plazca, ha aparecido todo un plan de reestructuración de equipos técnicos. El rubro Cinecittà Servizi es una sociedad al servicio no sólo del cine sino de la imagen, que incluye lo publicitario y la TV. Esto es, pues, Cinecittà Holding, donde los estatales retenemos la cuarta parte de lo que se opera, mientras que el resto lo maneja un pull industrial donde están Merloni (el de las cocinas), De La Valle (calzado), el GLI Bank y otros".
Una Nueva York de ilusión
Así las cosas, si un productor estadounidense decide afrontar una realización de gran presupuesto, o bien recurre a las "majors" de Los Angeles o apela a Cinecittà, porque no hay otro lugar en el mundo que ofrezca un respaldo adecuado para un proyecto así. Martin Scorsese rodó íntegramente "Gangs of New York" en estos seculares parajes y trajo a sus colaboradores principales (iluminador, montajista, director de arte), pero los "operarios" técnicos fueron íntegramente italianos, aportados por esta institución: artesanos constructores de decorados y de vestuario, asistentes de plató, maquilladores y comparsas. Se sabe que para ciertas producciones esta pequeña ciudad del cine de la periferia romana resulta más cómoda y considerablemente más económica que Hollywood; es que -amén de la hotelería, de los excelentes restaurantes y eficientes equipos de emergencia- Roma ofrece una verdadera reserva patrimonial de "profesionales de la improvisación" y la imaginación, con la impronta latina que resuelve con virtuosismo las dificultades de un rodaje de cinco o seis meses.
Cuando nos largamos a rastrear los estudios que usó Scorsese, el trayecto por las "calles" de Cinecittà depara sorpresas, como el sonido de un grupo musical pop que viene de uno de los "teatri": atisbamos un ensayo de un programa de la RAI, "Alle falde del Kilimanjaro", que se emite en vivo los domingos desde aquí. Al intentar fotografiar el exterior del célebre Teatro Cinque de Fellini -cerrado- se cruzan tres muchachas morenas, que se abren de una larga fila de personas; son cantantes y bailarinas cubanas que han venido a comparecer en un casting: parte del set de "Amarcord" podría albergar los bailes de un musical del Caribe. De ahí saltamos a una ruinosa construcción que parece un pueblo abandonado del Far West o el barrio suburbano de una vieja ciudad, al que descubrimos en un rincón perdido. Después, el depósito de las estatuas: figuras de la mitología egipcia, griega o sumeria. El mundo entero y todas las épocas de la cultura pueden convivir en este monstruoso, fascinante cambalache que es Cinecittà.
Finalmente, y luego de atravesar unos inmensos bastidores enredados en cables, aparece como por encanto la magia de la reconstrucción: son calles de la Nueva York de 1910, con sus esquinas, sus faroles, bares irlandeses, joyerías, cartelones de publicidad, edificios de un Manhattan lateral y ya inexistente. Es lo que ha quedado de la escenografía del film de Scorsese.
Son las cuatro y media de una tarde de otoño avanzado y la luz comienza a escasear; uno desearía que algún mago encendiera esos faroles y que desde un bar brotara el ruido de los vasos y los acordes de un piano jugueteando un ragtime. O que de la joyería surgiera un señor con bastón y bombín. Pero no; sólo los gatos recorren estas calles abandonadas, esta ciudad fantasma y desierta, de otro tiempo, por la que el curioso intruso se pasea como en un sueño. Aquí se roza, tímidamente, la naturaleza intrínseca de esta fantasía tangible y corpórea que es Cinecittà: el tránsito por una Nueva York de cien años atrás, tal cual era, con el encanto de una edad perdida, en medio de un silencio apenas perturbado por el rumor de las ramas agitadas por la brisa; son los árboles que están detrás de estas mentidas edificaciones planas, esas paredes frágiles, edificios que son meros bastidores, cartones dibujados que han servido para revivir prodigiosamente un tiempo, pero que no albergan a nadie. Sólo una fachada, una máscara, una ilusión.
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