
Colección de fórmulas trilladas y final postizo
"Crimen en primer grado" ("High Crimes", EE.UU./2002, color). Presentada por Fox. Dirección: Carl Franklin. Con Ashley Judd, Morgan Freeman, Jim Caviezel, Adam Scott, Juan Carlos Hernández, Amanda Peet, Bruce Davison. Guión: Yuri Zeltser y Cary Bickley, basado sobre la novela de Joseph Finder. Fotografía: Theo Van de Sande. Música: Graeme Revell. Edición: Carole Kravetz-Aykanian. Duración: 115 minutos.
Nuestra opinión: regular.
Hasta poco antes del forzado desenlace, "Crimen en primer grado" puede aceptarse como la puesta en práctica más o menos eficaz de una colección de fórmulas que el cine ha usado hasta el hartazgo. Es bastante poco, pero ese poco se echa a perder del todo cuando a Carl Franklin y a sus libretistas se les ocurre que para coronar el cuento con un sobresalto y robustecer el suspenso lo mejor es aplicar una vuelta de tuerca bien inesperada. Tan inesperada que parece ignorar cuanto se ha estado relatando hasta ahí.
Poco favor le hacen al film, que a esa altura había logrado mantener cierto interés aunque ya desde el comienzo mostrara escasa preocupación por el dibujo psicológico de los personajes -meros clisés- y una fervorosa devoción por el lugar común.
Paraíso privado
La historia empieza en el privado paraíso californiano de Tom y Claire, donde todo es armonía, bienestar y felicidad completa, en especial ahora que la pareja está por concretar el demorado sueño de tener un hijo. Por muy poco que se haya frecuentado el cine, cualquiera sabe que tanta bonanza sólo puede anticipar tormenta. Y ahí viene, muy borrascosa, cuando un grupo del FBI se lleva al galán y lo encierra en una prisión militar. Aducen que no se llama Tom sino Ron, que hace años fue marine en El Salvador y que tuvo mucho que ver con la matanza de un grupo de campesinos. El lo niega y le echa todo el fardo a un ex compañero con exagerada cara de villano. Latino, claro.
Menos mal que Claire es abogada, paciente, valerosa y tenaz, y que confía tanto en su marido como para asumir su defensa, sobre todo cuando comprueba que los militares han puesto esa misión en manos de un novato.
Con lo que pronto están a la vista los ingredientes de la clásica receta, todos conocidos: el desigual enfrentamiento tribunalicio entre los justos débiles y los conspiradores poderosos; el abogado borrachín y de buen corazón cuya ayuda será indispensable porque por experiencia propia en cuestiones de justicia militar se las sabe todas; los malvados que se complican en enmarañadas conspiraciones; los testigos sospechosamente puestos fuera de combate; los "aprietes", las amenazas (veladas o francas), las falsas pistas, las aparentes traiciones, los golpes de efecto. Y hasta las trampas más vulgares como aquella del auto que parece seguir los pasos de la heroína en la oscuridad de la noche, pero en realidad lleva encima a una turista desorientada.
En fin, ya es bastante milagroso que utilizando estos recursos y contando con la casi constante presencia de una actriz como Ashley Judd -que hace consistentes esfuerzos para que todo el tiempo veamos "cómo actúa"-, Carl Franklin logre retener al público en la butaca durante una hora y media (sin muchas esperanzas de ver algo novedoso, es cierto, pero por lo menos tan entretenido como en cualquier tarde de sábado frente a la TV). Después viene el último giro de la trama y todo se desbarranca irremediablemente.
En cuanto al elenco, lo único rescatable es la simpática desenvoltura de Morgan Freeman, en un personaje que se sabe de memoria y que le permite pronunciar algunas frases ingeniosas. Al principio, Jim Caviezel se prende en el torneo de artificios que le propone la primera actriz; después -probablemente porque se le achica el papel o porque en este terreno Judd aparece como imbatible-, abandona y vuelve a ser el apático galán de mirada soñadora que muchos le festejan, vaya uno a saber por qué.



