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Cómo Vera Spinetta se transformó en el ícono anarquista Soledad Rosas

Romina Zanellato
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18 de septiembre de 2018  • 14:13

Es octubre de 2017 y Vera Spinetta está en una peluquería de Roma sin entender nada de lo que gritan los italianos a su alrededor: los tres meses que pasó estudiando el idioma, se está dando cuenta, no sirvieron demasiado. Vera llegó hasta acá para filmar su primer protagónico en cine, Soledad, una biopic de la anarquista argentina Soledad Rosas; el guión está en gran medida en italiano y el rodaje empieza en dos semanas.

Es la primera vez que Vera viaja al exterior. Nunca estuvo tan lejos de Eloísa, su hija de 3 años. Mientras en la peluquería le miden el diámetro de la cabeza para hacerle una peluca (en la primera escena del film se tiene que rapar a cero), se siente un poco aterrada. Y esto recién empieza: mañana sale para Turín, donde las cosas no van a ser más fáciles.

Turín, al noroeste de Italia, es la ciudad en la que se inventaron el Cinzano y el Martini, pero es reconocida como una urbe obrera gracias a la Fiat. La industria automotriz, con su pico y caída, dejó sus barrios poblados de jóvenes desocupados, generando un caldo de cultivo espeso de punk y anarquismo. Es ahí donde ocurrió la historia de amor y muerte de Soledad Rosas, una joven de clase media de Barrio Norte que emprendió un viaje iniciático, conoció el anarquismo, militó con fervor y se enamoró de Edoardo "Baleno" Massari. La policía italiana les plantó una causa por ecoterrorismo. Él murió en la cárcel, en un supuesto suicidio no del todo esclarecido; semanas después –el 11 de julio de 1998–, lo siguió ella, que cumplía arresto domiciliario en la campiña.

María Soledad Rosas tenía 24 años (dos menos que los 26 de Vera ahora) cuando se convirtió primero en leyenda, después en Amor y anarquía, el libro clásico de Martín Caparrós, y ahora en una película basada en ese libro, protagonizada por Vera y dirigida por Agustina Macri –la hija del Presidente–, a quien los anarquistas de Turín estaban esperando con pancartas y reclamos. El hecho de que la hija de un mandatario neoliberal se adjudicara la historia de una heroína del anarquismo no cayó bien entre los locales. "Queremos derrumbar un sistema opresor que ve la vida como mercancía", decían los volantes de la radio turinesa Blackout, la misma que anunció en el 98 la muerte de Soledad.

"No dimensioné el bardo que se podía armar, se pusieron re violentos", dice Vera diez meses después en un bar de Palermo. "Pero hubo algo mayor que nos movió: la confianza que nos daba contar esta historia, el amor que sentimos por Sole y Baleno." Finalmente, tuvieron que mudar el rodaje a Génova.

Vera llegó a la historia de Soledad Rosas mucho antes de que le ofrecieran el papel, un día en el que se cruzó con una foto de ella en un scrolleo de Facebook. Era la foto más icónica de Soledad: rapada y esposada, haciendo fuck you a las cámaras con las dos manos, escoltada por la policía en el Palacio de Justicia de Turín: la misma imagen que inspiró la canción de She Devil’s, "L’ultimo gesto di liberazzione". El interés inicial de Vera derivó en un googleo voraz: leyó todo lo que encontró al respecto, escuchó las canciones que le hicieron en su honor, se enamoró de ella.

Años después, en Italia, sola y lejos de todo, Vera sintió la misma tensión entre encierro y libertad que había percibido en la historia de Soledad, y de a poco se fue convirtiendo en el personaje que le tocaba interpretar. Iba de los ensayos al departamento que le alquilaron, un piso enorme de paredes blancas y espejos por todos lados al que bautizó "El psiquiátrico". Con la cabeza rapada y su pijama rojo, Vera lloraba y combatía la distancia escuchando todos los días Papet, el disco solista de Juan Mango, seudónimo de Juan Saieg, cantante de la banda mendocina Usted Señálemelo. "Yo estaba totalmente demente", dice. "Para mí, no había otra forma de encarar esto: tenía que transitar ese recorrido emocional para poder conectar con Sole."

***

Vera Spinetta nació el 14 de octubre de 1991 en la casa de sus padres, Luis Alberto Spinetta y Patricia Salazar. Su nacimiento fue un acto que involucró a toda la familia: salió del útero materno frente a un público integrado por su papá, sus hermanos Dante, Catarina y Valentino, sus dos abuelas y una gata. Dante filmó todo el parto.

La más chica de los hermanos Spinetta siempre estuvo vinculada al arte. "Mi primera conexión fue con la música pero, más allá de que en mi familia se viviera eso, no fue algo impuesto", dice Vera en el living de su casa de Coghlan, en Buenos Aires. Mientras conversamos, un gato adulto de manchas blancas y negras que adoptó hace pocos días y al que bautizó "Pantufla" pisa las teclas del piano del living. "Anoche me despertó tocando, también", se ríe.

Por alguna razón, la actuación de Vera crece a medida que se hunde en el dolor.

Si Vera hiciera una línea de tiempo en relación con sus intereses artísticos, sería más bien un garabato. Primero le interesó la danza, a raíz de su amor por la música clásica. Fue a escuelas de danza clásica, moderna y jazz. "Quería ser bailarina, pero no me bancaba la exigencia, ni la competencia, ni el sometimiento a tantas estructuras que yo no tenía", dice. No es la primera vez en nuestra charla que Vera hace referencia a lo flexible de su crianza y a su falta de límites, y, de hecho, hace unos días, cuando nos juntamos en el bar de Palermo, dejó el auto estacionado en doble fila durante el tiempo que duró nuestro encuentro.

También pasó por clases de guitarra y piano, empezó un taller de teatro, fue a clases con varios profesores y probó diferentes métodos de actuación, además de estudiar escritura de guion, entre otras cosas. En general, cuando la cosa se ponía seria y se planteaba en términos de profesión, se le iban las ganas de seguir.

Más o menos a los 14 años la llamaron de un casting y quedó, pero sus padres no la dejaron aceptar el papel. Eso mismo le pasó tres veces más. "Si no les gustaba el guion, me daban de baja", dice Vera. "Y hoy les agradezco, porque tenían razón." En general, se trataba de papeles que bordeaban situaciones perversas o de sexualización, y ella todavía era muy chica. Entonces llegó la propuesta de Las viudas de los jueves, dirigida por Marcelo Piñeyro, en 2009.

"La película se rodaba los mismos días en que yo tenía que rendir dos materias previas para pasar a cuarto año: podía hacer una cosa o la otra", recuerda Vera. "Así que senté a mi mamá y a mi papá –que estaban divorciados hacía años– y les propuse que me dejaran hacerlo con la promesa de terminar el secundario. Y así fue: rendí libre cuarto y quinto en un año."

Pero el guion solo lo leyó Patricia, que dijo: "Papá no te va a dejar, así que voy a firmar yo la autorización". Al estreno Vera fue con el Flaco, que no sabía de qué se trataba el personaje: una chica un poco rebelde que era violada por el guardia de un country. "En la mitad de esa escena se levantó y se fue", dice Vera. "Me esperó afuera para la foto; no me dijo nada ahí para no arruinarme el momento. Pero estaba del orto, sacado." Mientras lo cuenta, se ríe a carcajadas.

Cuando Vera habla mueve los brazos, los dedos, el torso. Pone todo su cuerpo a disposición de una expresión teatral. Eso aprendió a manejarlo cuando participó de En terapia, que se emitió por la TV Pública en 2012. En una escena dramática con Diego Peretti, que hacía de su papá, había un primer plano de su cara. Alejandro Maci, el director, paró la escena y le mostró: "Mirá, Vera, hacés algo con la ceja. Es como un tic. Sacalo". Ahora lo recuerda y se agita. "¿Cómo carajo sacás un tic? No sé cómo, pero lo hice. Alejandro me marcó algo muy simple y me cambió para siempre. Aprendí que actuar es trabajar con lo mínimo."

En ese peregrinaje por el mundo creativo, Vera también salió de gira como corista de Luis Alberto durante un año y medio. "Cuando me invitó a cantar con él, al principio me opuse", dice. "Pero después entendí que era para compartir tiempo juntos." Durante 2010 y 2011, entonces, se incorporó a la banda de su papá. "La pasamos increíble, porque lo lindo era tomar café con leche en la cama del hotel mirando programas de cocina o de animales. Éramos más amigos que padre e hija."

Luis Alberto y Patricia se separaron pocos años después del nacimiento de Vera, que vivió casi siempre con su mamá. Pero, en la adolescencia, ella quiso mudarse con su papá. El problema era que, en ese momento, la casa de Luis era un cuarto arriba del estudio La Diosa Salvaje. "Para que pudiera vivir con él, teníamos que construir en una especie de terraza que había, pero no se podía hacer. Así que me fui a vivir sola a los 18 años." Igual, se mudó cerca, a siete cuadras de la casa de su mamá.

Cuando Vera habla de su papá, lo hace con cariño, aunque revelar esa intimidad se le vuelve difícil, más que nada por la idealización de Luis Alberto que hace la gente. "Mi papá era un tipo mega común", dice con cierta incomodidad. "Es muy raro para mí, porque yo me olvido de que la gente me conoce. Nací y, sin hacer nada, la gente ya sabía quién era. Es rarísimo eso. Si lo que les interesa de mí es mi apellido, no sé cuánto puedo aportar a esa ilusión. No me cabe. En esos casos me retraigo, no quiero hacer nada, no quiero hablar con nadie", dice.

En ese sentido, su familia, amigos y parejas fueron como un refugio, y el nacimiento de Eloísa fue mágico y radical. "Con el papá de mi hija [el actor Pedro Merlo] estábamos muy enamorados y flasheamos tener hijos de jóvenes, como hicieron mis hermanos", dice Vera. "El parto fue la mejor experiencia de mi vida. Fue natural, sin anestesia y en mi casa. Nadie me tocó, ni me cosieron, ni tocaron a Eloísa. Estábamos Pedro, la partera y la dula escuchando Peluson of Milk, el disco que mi viejo me hizo cuando estaba en la panza de mi mamá."

Cuando Vera parió a Eloísa tenía 23 años, casi la misma edad a la que Soledad Rosas se suicidó en Italia. "No creo que hubiera podido hacer esta película sin haber sido madre", dice. "La decisión de ella fue de mucha consecuencia consigo misma, un acto liberador."

***

El 13 de julio, Disney, la distribuidora de la película, organiza una proyección para Rolling Stone en sus oficinas de Pilar: es la primera vez que Soledad se proyecta en su edición final y con música. Esta es, también, la primera gran apuesta de PopArt –el sello que, durante los 2000, editó discos clave de Babasónicos, Intoxicados y otros grupos importantes del rock nacional– en el cine.

Si el libro de Caparrós es una investigación minuciosa de la vida de Soledad Rosas, el film deja algunos huecos narrativos en favor de una dinámica más hollywoodense. De todos modos, la argentinidad está marcada tanto en los gestos de los padres (Luis Luque y Silvia Kutika retratan perfectamente a una generación pacata de Barrio Norte en los 90) como por las tres canciones que suenan: "Tu amor", de Charly García, "Encerrado" de los Ratones Paranoicos y "Matador" de Los Fabulosos Cadillacs.

La historia de Soledad y Baleno tiene tanto de anarquía como de amor, y es esto último lo que su directora eligió resaltar. "Esta película cambió mi manera de vincularme", dice Agustina Macri en la sobremesa de un bar. "Aprendí a amar de otra manera." Agustina está sentada al lado de Vera y, cuando hablan entre ellas, muestran complicidad. Cuchichean y se tocan. Agustina le arregla la camisa a Vera. Se hablan cerca. "Fue tan hondo lo que nos pasó... Crear desde este lugar es un privilegio absoluto", dice Agustina.

La hija del Presidente estudió Sociología en la UBA y luego cine en la Escola de Mitjans Audiovisuals de Barcelona, a la cual cayó después de un viaje por Cuba y luego por Europa. Estudió guion con Diego Lerman, Adrián Caetano y José Martínez Suárez, y trabajó con Oliver Stone en la película Snowden, entre otros puntos fuertes de su currículum. Mientras era asistente de dirección en esta última, leyó Amor y anarquía por primera vez por recomendación de una amiga. Entendió que había cine en ese libro y se contactó con Caparrós para comprarle los derechos.

El guion lo trabajó durante dos años, primero junto a un colaborador de Oliver Stone en Los Ángeles, y luego con Paolo Logli, un autor italiano. Escribió más de diez versiones, una de las cuales fue revisada por Caparrós ("Solo marqué algunas cosas puntuales que Agustina me preguntó, para ver si había algo que no fuera correcto con respecto a la historia", dice el escritor). Durante esos años, también empezó un proceso lento de acercamiento a la familia de Soledad Rosas. Se reunió con su madre y su hermana, Gabriela, a quien llegó después de escribirle una carta de puño y letra. Necesitaba tener su aprobación de palabra para contar la historia, aunque ahora, semanas antes del estreno, ellas no vieron ni saben nada sobre la película.

Agustina decidió lanzar Soledad durante el mandato de su padre sin dejarse intimidar por cómo eso podía afectar al estreno. "Yo siempre hice mi camino", dice. "Creo que es momento de dejar las peleas atrás y revalorizar el amor."

Días más tarde, en su casa de Coghlan, Vera dice: "Sé que la primera sensación va a ser la de no ver la película: es lo que me pasaría a mí de no estar involucrada". No es macrista, pero aclara que tampoco identifica a Agustina con su padre. De algún modo, el hecho de ser hijas de hombres relevantes las acerca. "Hubo algo en la valentía de Agustina que me hizo decir: ‘Sí, te sigo’."

***

Ahora atiendo el teléfono y del otro lado Vera suena perturbada. Estamos a principios de agosto y ella acaba de salir de ver la película por primera vez (el estreno es el 20 de este mes). "La versión final sufrió muchísimos cambios", me dice. "En su vida, Soledad se enamoró primero del anarquismo y después de Baleno, a partir de su militancia. No fue al revés."

Vera me habla de las escenas que sustentaban el relato de la militancia de Soledad, de la construcción de lo individual a partir de lo colectivo y de los motivos por los que Soledad sigue siendo una referente a 20 años de su muerte. Esas escenas, asegura, fueron filmadas, pero quedaron afuera del corte final. Unas horas más tarde, me escribe: "Contamos solo una parte de la historia. Mostramos un enfoque".

Es cierto que, como dice Vera, la película se centra en la historia de amor y dice poco sobre el estilo de vida anarquista. Menos aún sobre la ideología del movimiento squatter (okupa). Los squatters proponen la ocupación de edificios abandonados como un acto de cuestionamiento a la especulación inmobiliaria. En Alemania, Inglaterra y Holanda, el movimiento tuvo su auge después de la Segunda Guerra; en España, Cataluña, el País Vasco y Latinoamérica creció en los 90, acompañado por Mano Negra y Manu Chao (entre muchos otros) como soundtrack.

Vera en el climax de la película, cuando trasladan a Soledad Rosas del Palacio de Justicia de Turín
Vera en el climax de la película, cuando trasladan a Soledad Rosas del Palacio de Justicia de Turín Crédito: Franco Oberto

Impactante desde lo visual, con tres canciones clásicas del rock nacional en momentos clave y un tema de cierre inédito que canta Vera, la narración resigna la parte argentina de Soledad –el retrato de esa chica perdida en Buenos Aires tan desarrollado en el libro de Caparrós– para centrarse en la experiencia de los personajes desde que los encierran en la cárcel. La actuación de Vera crece a medida que Soledad se hunde en el dolor.

Hay algo de ciclo cumplido en el hecho de que la película termine con la voz de Vera cantando "Portal", la canción del final, que ella además compuso junto a Juan Saieg, el autor del disco que Vera escuchaba en repeat durante sus días en "el psiquiátrico" de Turín. Vera y Juan están en pareja desde marzo. En una de sus primeras conversaciones, ella le contó a Juan la historia de Soledad y Baleno. "Me re flasheó todo", dice él desde Mendoza. Cuando Agustina les propuso hacer la canción, él armó la letra a partir de las cartas que Soledad les mandó a su familia y a Baleno, "como una despedida". Además, registraron las voces de Vera en La Diosa Salvaje: fue la primera vez que grabó en el estudio de su padre.

Después de pelear consigo misma durante años, de armar y desarmar proyectos "porque freakeaba", ahora Vera está volviendo a cantar. En su vida profesional, lo único que se mantuvo más o menos constante fue la actuación. En general, Vera trata de no imponerse responsabilidades por compromiso, porque no le gusta sentirse presionada ni usada, una consecuencia casi inevitable de cargar ese apellido. Ahora está grabando un disco con dos amigos ("Yo les llevo una deformidad con la guitarra y vamos experimentando"), que quizás suba pronto a Internet, quizás lo toque en vivo... o quizás no haga nada de todo eso.

"Lo que más me llama la atención de Soledad es la cosa tajante de las decisiones que tomó", dice Vera, antes de desatar el nudo de su fascinación por esta heroína anarquista que vivió y murió en su ley. "Bancar una decisión hasta el final me parece de lo más valiente... La verdad, yo no sé si podría."

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