
John Carter y Blade Runner a Digger, qué pasa cuando las producciones parecen tener todo para triunfar y al llegar a la pantalla grande estrellan sus expectativas
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Uno de los chistes más repetidos durante décadas en el mundo del entretenimiento dice que el cine es el séptimo arte y la historieta el noveno. Y que el octavo es hacer dinero con el séptimo. Porque de eso se trata, después de todo: el cine es un arte, pero las películas conforman una industria. Son caras, más caras de producir que un lienzo, que un libro, que una partitura. En última instancia, son pocos los materiales —y muchas las ideas— que se requieren, físicamente, para el resto de las artes. Pero con el cine no, con el cine necesitamos millones de la moneda que fuere (dólares, básicamente dólares) para que la cosa funcione. Y cuando un producto no recauda tanto como costó, aparece el horror, el pánico y el pedido de cuentas. Adelantémonos un poco: la mayoría de las películas que se hacen en el mundo no recaudan lo suficiente como para justificar su costo. Pero en general son films -relativamente- baratos, de pérdidas pequeñas, aunque quizás a quien hipotecó un departamento para bancarla le resulte definitiva. Lo que llama la atención es el grandísimo fracaso, el que costó cientos de millones, el que se lanzó con bombos, platillos, pífanos y fuegos artificiales y cayó al pozo profundo de los números rojos. Por ejemplo, nuestra amiga Digger, el despropósito de más de 200 millones de dólares que juntó a Tom Cruise y a Alejandro González Iñárritu para crear una épica de protesta con “arte dentro del arte” que, se calcula, terminará perdiendo alrededor de 250 millones de la verde moneda, último eslabón en una cadena de célebres bodoques comerciales.



