Digger: una “sátira” vociferante que termina devorada por su propia grandilocuencia
El nuevo film de Alejandro González Iñárritu desaprovecha un enorme elenco en un relato previsible y perezoso
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Digger (Estados Unidos/México/Reino Unido, 2026). Dirección: Alejandro G. Iñárritu. Guion: Alejandro G. Iñárritu, Alexander Dinelaris, Nicolás Giacobbone, Sabrina Berman, Jez Buterworth. Fotografía: Emmanuel Lubezki. Edición: Stephen Mirrione, Connor O’Neill. Elenco: Tom Cruise, Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Hüller, Michael Stuhlbarg, Jesse Plemmons, Emma D’Arcy, Robert John Burke. Calificación: No disponible. Distribuidora: Warner Bros. Duración: 129 minutos. Nuestra opinión: regular.
El inicio de la nueva película de Alejandro G. Iñárritu marca el tono de su alegato y la estética de su crítica, no solo hacia el mundo en el que le ha tocado vivir sino hacia el arte que esta era está dejando como resultado. El sonido del viento, el gorgoteo del agua, el cantar de los pájaros, todos emanan de una inmensa pantalla que oculta el mundo tras la ventana de una barroca habitación en la que el magnate petrolero ‘Digger’ Rockwell despierta con preocupaciones. El llamado insistente de su hermana con demandas y reproches, las citas pendientes que su secretaria le recuerda y el quejido insistente que asoma entre las sábanas forman el coro. Este último lamento es el que más le preocupa, el de su gata Maggie, anciana y moribunda, convertida en un despojo al que Rockwell ha decidido aferrarse como prueba de su desafío a la naturaleza. Por supuesto que llegarán otros desafíos, pero esa escena dantesca define la concepción brutal del director. Un cine de culpas declamadas, de conciencias aporreadas con la más grotesca de las representaciones.
El dilema del arte contemporáneo es lo que parece interesar a Iñárritu, más allá del retrato sarcástico de los responsables del horror. El Rockwell de Tom Cruise es una caricatura explícita, un hombre disfrazado de villano. Ridículo y narcisista recibe la noticia de una catástrofe planetaria con el interrogante sobre la posible baja de sus acciones en la Bolsa. No hay sorpresas ni matices en su comportamiento, y la apuesta se eleva cuando no es solo él en escena sino la deliberación de un gobierno circense salido del peor de los infiernos. Ante la crisis ocasionada por una plataforma de extracción petrolera que se ha desprendido por el Mar del Norte, el presidente y el vice, los jefes militares y los pontificadores de la Biblia, científicos explicando la debacle y el propio Rockwell en pijama celebran un ida y vuelta de cinismo manufacturado para gestar una narrativa viralizable que oculte responsabilidades o dé el salto hacia adelante.

Pues esa parece ser la estrategia de Digger: vociferar ante un auditorio europeo convertido en una convención de monos enojados las verdades que su comodidad citadina parece haberles ocultado. “Yo voy a seguir perforando para que ustedes puedan disfrutar de sus vidas”, grita el megamillonario a modo de revelación. Disfrutando también -piensa Iñárritu- de sacudir las ilusiones del ecologismo, que la película empuja al precipicio como las acciones de la compañía ‘verde’ de Emma Rockwell. “Es el costo que hay que pagar por seguir haciendo negocios”, concluye el astuto Dig, dejando atrás el pandemónium de la indignación contemporánea.

Algo de ese ‘mal’ -sostener un discurso indignado contra la perfidia de quienes destruyen al mundo- cree eludir Iñárritu. Y por ello elige la sátira más bocona, menos preocupada en amalgamar el humor y la crítica que en salir indemne de las acusaciones. En ese intento de autoconciencia la película hace un gesto de desdoblamiento, encontrando en una ficción interior el espejo para hacerse estas preguntas, como el propio Cruise/Rockwell encuentra en una nueva identidad los dilemas sobre la seriedad de su arte y el valor de esa transformación del enojo en catarsis.
El problema es que ese interrogante -como todos los que la película se hace y nos hace- se afirma en la literalidad, haciendo de una puesta rimbombante y pretensiosa el sustento de la misma superficialidad contra la que dispara. Y, por si fuera poco, además de la fealdad explícita de la puesta en escena, está la involuntaria de las interpretaciones erráticas o desatadas, justificadas bajo el paraguas teatral del metadiscurso.

En definitiva, el pretendido gag del gato, un peluche desmelenado e incontinente que concentra la metáfora del poder estéril de Digger, es el termómetro de todo humor posible, el mismo que se replica en el tumor anal del presidente y en otras escatologías como la medida de su miembro para comprender el tamaño de la grieta en el Ártico. No hay nada más debajo de esta “sátira”, salvo el devenir anticlimático, previsible y perezoso del relato, desaprovechando un excelente elenco, en el que algunos como Cruise o Emma D’Arcy sostienen escenas, otros como Sandra Hüller y Michael Stuhlbarg son ninguneados, y algunos como Goodman ofrecen una parodia de sí mismos.
La respetable vocación de poner su propio cine en entredicho, desde los interrogantes sobre qué arte deja hacer el horror y cómo su misma existencia aborda los dilemas con quienes lo financian, queda atrapada en la obviedad de sus planteos y en el torpe envoltorio en el que los entrega.


