
Costumbres argentinas
Mitos y polémicas alrededor del film de Alejandro Doria, cuya visión del ser nacional tiene, 27 años después, tantos fanáticos como detractores
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El cine argentino de los primeros años de la vuelta a la democracia, ese cine argentino realizado entre 1984 y 1986, tiene algunas películas emblemáticas. La que más ha permanecido en el público, la que más ha atravesado generaciones es Esperando la carroza, dirigida por Alejandro Doria y estrenada el 6 de mayo de 1985. Sí, esta es una verdad de consenso, pero es muy fácil de comprobar en cualquier reunión familiar, laboral o entre amigos (amigos que no sean críticos de cine): es la película más recordada de esos años. Incluso ha sido vista por quienes no habían nacido en el momento del estreno o eran demasiado pequeños para verla en el cine. Es una película que provoca discusiones, y hasta ha creado algunos mitos:
Mito 1: fue el estreno nacional más visto de esos años. No. La película argentina ganadora en la taquilla en esos tres años fue Camila (2.117.706 espectadores), la siguió La historia oficial (1.710.478), después Los colimbas se divierten (1.501.928), más abajo Pasajeros de una pesadilla (1.168.031) y luego Rambito y Rambón-Primera misión (1.041.622).
Ya con menos de un millón de entradas vendidas aparecen Atrapadas (992.634), Mingo y Aníbal contra los fantasmas (855.598) y Los reyes del sablazo (805.308). Después de todas estas películas aparece Esperando la carroza, con 730.074 espectadores. Es muy probable que luego, con emisiones en TV y el VHS, mucha más gente haya visto Esperando la carroza y que sí, hoy, sea la película argentina de la primavera democrática que más gente ha visto (o vuelto a ver).
Mito 2: el protagonista es Antonio Gasalla, caracterizado como Mamá Cora. Si bien Mamá Cora es el personaje alrededor del cual gira la película y es clave al principio y al final, la película pivotea principalmente sobre China Zorrilla, Betiana Blum y Mónica Villa.
Mito 3: los personajes gritan todo el tiempo. Bueno, no todo el tiempo (Luis Brandoni grita poco), pero gritan bastante. Y los gritos nos llevan a las discusiones: Esperando la carroza es una película muy querida por la mayoría del público pero muy resistida por no pocos críticos y/o cinéfilos.
Y ahora, las discusiones
En este diario, el 7 de mayo de 1985 (un día después del estreno), la crítica de Claudio España no fue a favor. Aunque rescataba algunas situaciones y actuaciones, decía: "Esta vez Alejandro Doria ha elegido el discurso de trazo grueso y la elocuencia altisonante del grotesco. […] El elenco es muy importante y los actores sacan chispas hasta el punto de que, por momentos, se advierte que algunos se apartan del dominio de Doria y andan solos en busca de la sobreactuación, a la que llegan, en ciertos casos, con total desparpajo. Todo esto contribuye a la risa y a que el grotesco colme su medida crítica, aunque sin tregua, de modo que no queda un instante para la reflexión, y si cuando abandonamos la sala salimos con una pequeña carga de amargura no es tanto por lo que el asunto transmite sino por la carga de agobio que nace de la acumulación de situaciones en las que se apura la comicidad". Es difícil no estar de acuerdo con la evidencia de que hay sobreactuaciones –o al menos actuaciones más intensas que el promedio–, como las de Andrea Tenuta, Enrique Pinti y Lidia Catalano. Hay otras que, tal vez por el contexto, son hasta sobrias, a pesar de los abundantes primeros planos: Luis Brandoni, Mónica Villa (la gran revelación de la película) y el propio Antonio Gasalla. Es cierto que Mamá Cora adquirió luego intensidad televisiva, pero en Esperando la carroza la performance del cómico es felizmente contenida. Claudio España veía esto como un defecto: afirmaba que Antonio Gasalla "encarna con excesiva mesura a la octogenaria".
Frente a una película tan vista y con tantos actores conocidos también se producen diversos favoritismos y discusiones acerca de quién está bien y quién está mal. Eso sí, para los fans, todo el elenco está perfecto. Sí, Esperando la carroza es una película que tiene fans, que saben hasta cuántas veces han visto la película (o la han visto tantas veces que han perdido la cuenta), y que incluso pueden adelantarse a los diálogos, que conocen de memoria, tanto sus palabras como su entonación. Otro punto de discusión es la velocidad, el ritmo de la película (ese "sin tregua" que decía España): es un relato increíblemente veloz, prácticamente sin escenas de transición y con muchas elipsis que nos llevan directamente a las situaciones, que son mayormente conflictos: Esperando la carroza es algo así como una suma de veloces batallas y chicanas familiares. Los momentos de mayor pausa, los de algún respiro, son los de Mamá Cora en la casa de enfrente (momentos que no estaban en la obra teatral original).
Las discusiones alrededor de la película pueden ponerse en práctica fácilmente, hagan la prueba. El grotesco y el costumbrismo en el cine argentino generan pasiones que suelen desembocar en gritos parecidos a los de la película: "¡Así somos los argentinos!", "¡Si así somos, no entiendo cómo dicen que esto es una comedia!", "La idea del barrio de Esperando la carroza me deprime", "Es una pintura familiar perfecta", "¿Cómo te va a gustar eso?", "Es la única película argentina que vi más de dos veces", "Ah, sos masoquista".
Si la crítica en su momento no fue enteramente favorable, hoy la película también encuentra diversas objeciones entre no pocos especialistas. Para muchos cinéfilos, Esperando la carroza no sólo no es una de las grandes películas de los ochenta (ese lugar lo ocupan, desde el clasicismo, las películas de Adolfo Aristarain y, desde la impronta moderna, Las veredas de Saturno, de Hugo Santiago) sino que es una película resistida.
En un texto en la revista El Amante de este mes, el crítico Leonardo M. D’Espósito dice: "El problema de Esperando la carroza es que se trata de un grotesco teatral. Y el grotesco, que tiene una tradición que proviene de la commedia dell’arte, no funciona jamás en el cine. El cine es un microscopio, una lupa, un agrandador de lo invisible. Todo se amplifica, y el grotesco, por naturaleza, es amplificación pura. Lo que causa que estos personajes sean estereotipos llevados a lo extremo, exponencialmente filmados al punto de que vemos mucho más su patetismo que su gracia. […] Esperando la carroza carece, de modo absoluto, no de realismo –jamás se lo pediríamos– sino de verdad".
Sin embargo, en estos días del reestreno de Esperando la carroza en versión restaurada digitalmente no hay que bucear mucho en los comentarios de lectores en casi cualquier nota sobre la película para leer que "un fiel reflejo de la realidad argentina" y que "pinta como ninguna otra nuestras costumbres". Costumbres que, claro, incluyen debates interminables, mitología diversa y discusiones a los gritos.


