Top boy: crimen, castigo y drogas en Londres

Hernán Ferreiros
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28 de septiembre de 2019  

Top boy (gran bretaña/2019) / Creador: Ronan Bennet / Elenco: Ashley Walters, Kane Robinson, Little Simz y otros / Disponible en: Netflix / Nuestra opinión: muy buena

Las primeras dos temporadas de Top Boy fueron emitidas por Channel 4 entre 2011 y 2013. A pesar de la buena recepción y hasta un premio Bafta, el canal decidió cancelarla. La serie se volvió un programa culto entre jóvenes británicos (en particular por los protagónicos de Asher D y Kano, dos raperos de la escena "grime" londinense y la representación muy realista de los complejos habitacionales de los barrios bajos de Londres) y tuvo una sobrevida en el limbo de los torrents y en YouTube.

Así fue como el rapero canadiense Drake llegó a ella y se fanatizó al punto de que convenció a Netflix de la necesidad de financiar una nueva temporada, en la que oficia de productor, junto a su colega Future.

La tercera temporada encuentra al exdealer Dushane (Asher) fugado a Kingston, Jamaica, mientras añora el respeto y el dinero de los que disponía en su otra vida. Su socio, Sully (Kano), está purgando los últimos días de su sentencia en Londres. Con los dos top boys del narcomenudeo fuera de la escena, una nueva generación tomó su lugar en Summerhouse, un complejo habitacional (ficticio) en el este de Londres. Jamie (Michael Ward) es a la vez un padre sustituto dedicado ante sus hermanos menores y un gánster despiadado cuando debe serlo, ya sea lidiando con sus clientes o con sus proveedores turcos que suben los precios al ritmo de la gentrificación de la zona y, según explican, la crisis provocada por el Brexit. Cuando los problemas de Dushane se hacen presentes aun en su nueva residencia, decide volver a Londres y reclamar su viejo territorio.

Tanto el cuidado en la reconstrucción de la vida en un barrio pobre, como la aproximación al tema (la existencia a la que son arrastrados los más desfavorecidos cuando quedan olvidados por las instituciones que deben respaldarlos) lleva a una ineludible comparación con The Wire , el estándar del realismo televisivo para el relato criminal desde el punto de vista de minorías. La serie comparte méritos y problemas con el clásico de David Simon, que nos llegan asordinados por la diferencia entre nuestras sociedades.

El mérito de mostrar con gran realismo (en particular, léxico) y sin juicios morales a una clase frecuentemente demonizada seguramente pasará de largo dado que estos habitantes de un council state son ajenos a nuestra experiencia. Lo mismo corre para el evidente problema de glamorizar (con raperos en los protagónicos) las elecciones de una generación empujada al delito por el abandono y la falta de oportunidades. Sí, en cambio, persiste la evidente voluntad de detenerse en ambigüedades y complejidades propias de la vida real.

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