
Cuando se apaga una estrella
Es probable que una de las carreras más exitosas de Hollywood esté terminando en estos días, antes de su hora. La última película de Mel Gibson, Get the Gringo, acá pobremente rebautizada como Vacaciones explosivas, no fue estrenada en los EE.UU. en salas comerciales sino que se limitó al mercado de video on demand, es decir, apenas editada para ser bajada legalmente por Internet. Acá en la Argentina tuvo un lanzamiento importante, pero sin éxito. El fracaso es llamativo, ya que el currí culum del australiano (aunque nacido, en realidad, en Nueva York y emigrado muy joven) como protagonista y generador de películas taquilleras es impresionante: recordemos las sagas de Mad Max y las de Arma mortal, pero también sus extrañas películas como director, como la romperrécords La Pasión de Cristo. Sumando las películas que protagonizó o dirigió, la recaudación, sólo en los EE.UU., alcanzó los 2500 millones de dólares. En su etapa australiana, además, hizo dos películas con Peter Weir: Gallipolli (1981) y la extraordinaria El año que vivimos en peligro (1982). No hay muchos actores que puedan reunir tantos pergaminos y billetes al mismo tiempo. Sin embargo, sus problemas con el alcohol, sus explosiones verbales de antisemitismo y sus frecuentes casos de violencia doméstica lo han puesto en la picota una y otra vez y, seguramente, en un clima tan estricto y políticamente correcto como el norteamericano, implicaron su ocaso profesional.
El lado oscuro de la personalidad se ha convertido en un nuevo lugar común del mundo del entretenimiento al que, sobre todo, se han tenido que someter los superhéroes. Las angustias del Hombre Araña o de Batman vienen en el paquete de venta, como los muñecos o los videojuegos. Antes de que esto se pusiera de moda, Mel Gibson, un hombre atormentado por el alcohol y la religión, lo había volcado en casi todas sus películas, aun las más pasatistas. Sus personajes a menudo han tenido dificultades a la hora de establecer una relación sentimental, frecuentemente son viudos (una decena de películas en ese estado civil) y muchas veces buscan revancha (incluyendo una película que se llama, adecuadamente, Revancha). El tono puede ser más tirado a la comedia o a la acción, más dramático o profundo, pero el personaje que interpreta Mel Gibson raramente es un hombre relajado y desprovisto de pesares.
Convertido en un actor poderoso, en una era en la que no hay nadie más poderoso en Hollywood que los actores (a diferencia de, por ejemplo, la era clásica, donde eran sólo empleados de los estudios), Mel Gibson se dio el gusto de dirigir. Al elegir sus proyectos, desplegó más libremente su personalidad compleja, oscura, retorcida y ya solo con eso realizó productos mucho más interesantes que el promedio de una industria entregada a un cine impersonal y dirigido a un público infanto-juvenil. Su primera película se llamaba El hombre sin rostro (1993), en donde un profesor -acusado de paidofilia- vive retirado y recluido, con su rostro desfigurado por un accidente donde falleció un niño. Luego filmó Corazón valiente (1995), una saga patriotera y violenta sobre la independencia de Escocia, en donde no faltaban, entre batallas y luchas, escenas claramente homofóbicas. Esta, su película más convencional, fue la que le dio prestigio, premios y taquilla. A partir de ahí, con el mundo a sus pies, Mel Gibson, como se dice vulgarmente, se fue al pasto: películas extrañas y conducta impropia.
Dirigió dos films más; los dos, hablados en lenguas muertas. Siendo una estrella en un país que rechaza la idea de leer subtítulos, hacer películas en arameo, latín y maya yucateca es, por lo menos, arriesgado. Con la primera, La Pasión de Cristo (2004) batió récords de recaudación. Imbuido de aires evangelizadores ("El Espíritu Santo actuó a través de mí, me limité a dirigir el tránsito"), la película es un catálogo visual de las torturas recibidas por el carpintero en su camino a la cruz, tan explícito como la más gore de las películas de terror. La Pasión de Cristo hizo las delicias del público, reafirmó las acusaciones de antisemitismo y provocó reservas en el catolicismo oficial. Dos años después, llevó adelante un proyecto menos controvertido, pero no menos excéntrico: Apocalypto (2006), probablemente su película más lograda, una fiesta de acción en la selva maya, ambientado en la época anterior a la llegada de los colonizadores, una obra violenta, frenética y visualmente deslumbrante.
Lo siguiente fueron sus detenciones por manejar borracho, las incoherencias antisemitas que le balbuceó al policía que lo había detenido, sus peleas conyugales y divorcio con Robyn, madre de siete de sus hijos, y la difusión de una pelea por teléfono con Oksana, su novia rusa, un audio escalofriante que muestra al actor totalmente fuera de sí. La sucesión de escándalos lo puso a la defensiva, admitiendo sus problemas con el alcohol y pidiendo disculpas una y otra vez.
El precio por pagar por su excentricidad y sus arrebatos comienza a efectivizarse con la marginación de Get the Gringo, una película graciosa y fresca, irreverente y sin miedo a la incorrección política. Gibson escribió el guión, produjo y dejó la dirección en manos de uno de sus ayudantes habituales, Adrian Grunberg. Será su película menos vista en los EE.UU. por mucho tiempo.
Nos gustaría que las personas que admiramos sean ciudadanos ejemplares, simpáticos, tan cordiales y espléndidos en la vida privada como brillantes en el set de filmación, en la cancha o en el court de tenis. La pretensión, desde ya, es injusta: lo que nos ofrecen no son modelos de vida, sino destrezas inalcanzables para los seres normales, destrezas que requieren para lograrlas renunciar a la normalidad. Pero hay algo más que esa ilusión inadecuada. Muchas veces, el atractivo de esas personas reside justamente en ese lado oscuro: lo que nos atrae es lo que a la larga nos va a causar rechazo. El borracho de la fiesta, cargoso, desbordado e incontinente, puede convertirse en intolerable no por las insensateces que dice sino por revelar una verdad. La verdad oculta que nos resulta insoportable es que no somos tan distintos; que, si nos expusieran de la misma manera, grabadas y dando la vuelta al mundo nuestras peleas a los gritos, seríamos tan desagradables como ellos.





