El inesperado éxito cinematográfico de Iair Said con una historia familiar

Flora no es un canto a la vida, el primer largometraje del director y actor, lleva cuatro meses consecutivos en la cartelera del MALBA
Flora no es un canto a la vida, el primer largometraje del director y actor, lleva cuatro meses consecutivos en la cartelera del MALBA Crédito: Gentileza Iair Said
Guido Scollo
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23 de mayo de 2019  • 10:52

"Vos decías que a ella no la iba a llorar nadie, y mirá cómo nos pusiste a todos", le dice una chica entre lágrimas a Iair Said, director de Flora no es un canto a la vida, luego de ver su primera película en el MALBA. Las risas generalizadas del público reafirman un sentimiento que, desde hace ya cuatro meses consecutivos cuando el documental se estrenó en el Museo de Arte Latinoamericano, es denominador común entre sus espectadores. Y es que el largometraje, que narra los últimos años de vida de su tía abuela Flora Schvartzman, entremezcla emociones dulces y amargas con mucho humor y cierta oscuridad: grabado de manera casera durante seis años, la trama se basa en los intentos de Said para lograr que ella, ya cansada de vivir, lo designe como heredero de su departamento en lugar de donarlo a una fundación judía como había prometido.

Más allá de unas fotos subidas a Instagram por sus amigas Violeta Urtizberea, Julieta Zylberberg, Leticia Siciliani, Candela Vetrano, Juliana Gattas y Rosario Ortega -que también compuso la canción de cierre- modelando con la ropa de Flora, el film de Said no tuvo campaña de prensa. En busca de explicaciones al éxito de una película independiente que se mantuvo en cartelera mucho más tiempo que el esperado para cualquier estreno en el circuito alternativo -la últimas funciones son el 24 y 31 de este mes-, dice: "Toca unos temas medio universales, como la muerte, la vejez y la necesidad de un departamento en esta ciudad". Otra de las claves es la cotidianidad de las escenas, con personajes reales y cercanos a los de cualquier familia común, algo que genera empatía en la audiencia: una señora que no para de quejarse y ponerse en el lugar de víctima, la madre de Said que intenta desligarse de todo con cierto cansancio y él mismo, que aprovecha descaradamente la situación para filmarla sin su consentimiento, como se lee al inicio. "Todos los que la ven me dicen que tenían una abuela o un tío así. En algo se unifican esos familiares", relata en la cafetería del museo, justo antes de ser interrumpido por una mujer de 65 años que acaba de ver la película y le dice: "Yo me siento un poco como Flora, aunque tan vieja no soy".

Cuando Iair se reencontró con su tía abuela, que había estado distanciada de su familia por 15 años, él recién volvía de ganar un premio importante en Abu Dhabi por su corto 9 vacunas y estaba buscando ideas para filmar su primer largometraje. En un almuerzo que compartieron en octubre de 2012, sacó una cámara prestada y la empezó a filmar, para el disgusto de Flora. Cuando salió del restaurante en Flores, temió que le robaran la cámara. Sabía que tenía algo potente entre manos. Los años que pasaron entre ese momento y el estreno del documental en la edición 2018 del BAFICI hicieron que su carrera se encauce en una línea de proyectos que lo popularizaron y le dieron un prestigio merecido como actor, guionista y director. Su segundo corto, Presente imperfecto, participó en la competencia oficial de Cannes; fue parte de una camada de series webs como Emilia Envidia, ganadora de la Bienal de Arte Joven, y Eléctrica, que luego llegó al teatro; actuó en Guapas, la novela de Canal 13; e incluso dirigió un casting para la remake de West Side Story (1961) que Steven Spielberg comienza a rodar en breve, entre otras cosas.

La producción de Flora... coincidió con la enfermedad terminal del padre de Said. Así, la historia de su tía abuela, además de ser su ópera prima, terminó funcionando como una terapia alternativa para convivir con el dolor. "Me sirvió para entender que la muerte no es morir, porque ahora Flora está mucho más viva, vital y presente que cuando realmente lo estaba. Y con mi papá me pasó un poco eso, entendí que hay algo de la muerte física que no hace que se pierda todo lo que uno construyó", cuenta.

A pesar de que Flora nunca fue consciente de que se estaba filmando una película sobre el final de su vida -su sobrino nieto le dijo que grababa a toda su familia-, Said siempre tuvo en claro que no iba a revelar datos de su vida privada, sino solamente enfocarse en la relación entre ambos, un poco por conveniencia, otro poco por el cariño que le fue tomando durante el proceso. Incluso, el papel del director es el motivo principal de las risas e incomodidades que aparecen a lo largo de los 64 minutos que dura, debido a su avara búsqueda del departamento. Luego de verla, es común preguntarse cuánto de real y cuánto de ficción hay en su papel. Para él, eso no tiene importancia. "Aunque hayas creído que todo era verdad o todo era mentira, lo que te generó al final no cambia", dice. "Y eso es lo lindo de la magia del cine".

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