
Con la mirada puesta en la ciencia ficción el estudio puso en riesgo su leyenda en el mundo de la animación
Cuando en octubre de 2012 se confirmó que los estudios Disney habían concretado la compra de Lucasfilm por un poco más de cuatro mil millones de dólares hubo beneficiados directos como George Lucas y los millones de fanáticos de Star Wars que imaginaban-con razón-, una nueva vida para su amada historia. Sin embargo, puede que nadie se haya sentido más satisfecho y reivindicado por la transacción que Ron Miller, el ejecutivo que se adelantó a su tiempo y a mitad de los años setenta usó a la saga de Lucas como inspiración para ampliar el horizonte del estudio aunque su iniciativa tuvo resultados desastrosos. Son pocos los que recuerdan ese nombre de quién fue el máximo responsable de los estudios Disney en la década del setenta y parte de los ochenta y aún menos los que en su momento apoyaron las decisiones creativas de Miller, el yerno del mismísimo Walt Disney, quién impulsó a los estudios a lo que hoy se conoce como su era oscura y quién supervisó la realización de El caldero mágico, el film animado de 1985 que casi destruye la casa que construyó el ratón Mickey. Un tropiezo que tuvo origen diez años después del fallecimiento del patriarca en 1966, cuando Miller y su equipo decidieron dejar a un costado los relatos de cuentos de hadas y el tono infantil de sus películas para intentar sumarse a la moda que inauguró la primera Star Wars en 1977. Más allá de tratarse de un film dirigido al público familiar, la trama y la puesta en escena del fenómeno de la ciencia ficción creado por Lucas prometía complejidades y matices que Disney no había transitado aún. Sus cuentos de princesas, simpáticos animales antropomorfizados y brujas malvadas siempre vencidas por los héroes, pensó Miller se beneficiarían de la mirada menos maniquea y más moderna que Star Wars había instalado en la cultura popular.
