El turbulento amor de Alfred de Musset y George Sand
"Los amantes del siglo" ("Les enfants du siecle", Francia/1998, color). Presentada por Eurocine. Dirección: Diane Kurys. Con Juliette Binoche, Benoit Magimel, Stefano Dionisi, Robin Renucci, Isabelle Le Carré, Karin Viard, Olivier Foubert. Guión: François Olivier Rousseau, Murray Head y Diane Kurys. Fotografía: Vilko Filac. Música: Luis Bacalov. Edición: Joele van Effenterre. Duración: 102 minutos.
Nuestra opinión: regular.
La primera vez que George Sand y Alfred de Musset dejan a un lado su comprometido lazo de amistad y se abandonan al fuego amoroso, él pronuncia un reproche que es, a la vez, un pedido. Le dice algo así como "Finges la pasión, pero no sientes nada", y le sugiere que se deje llevar libremente por sus impulsos. El mismo problema parece padecer Diane Kurys, la directora de este suntuoso cuadro de época destinado a pintar los amores del poeta y dramaturgo romántico y la novelista conocida tanto por la audacia de sus escritos como por su atrevido comportamiento social. La diferencia entre la realizadora y su personaje estriba en que mientras ésta parece vencer en algún momento sus limitaciones y entregarse libremente al placer erótico, la realizadora se empeña durante todo el film en retratar los abismos de un amor loco para tender algún puente entre el delirio poético y el frenesí pasional, y sólo consigue captar sus signos exteriores, difícilmente el contradictorio vaivén interior que los explica.
Tal vez el problema reside en que la directora está tan enamorada de sus dos personajes que termina por pintarlos de un modo más respetuoso que vibrante. Hay en la narración efervescencia y vértigo como para atrapar la atmósfera de exaltación romántica que reina entre esos seres para los cuales la desesperación es su verdadera religión, según palabras de Musset. Pero no es buena señal de su compromiso emotivo que al cabo de unos cuantos minutos de proyección, la mirada del espectador se demore en los detalles del decorado o del vestuario (algunos de los trajes llevan la firma de Christian Lacroix), que se preste atención a la reiterada y cantarina risa de Juliette Binoche o que haya posibilidad de distraerse de la acción para apreciar la elegancia de algunas imágenes o el decorativo pintoresquismo de algunos escenarios.
Binoche, distante
No es que a los actores les falte convicción ni oficio, aunque Juliette Binoche aparezca algo distante y Benoit Magimel demasiado preso del modelo de bohemio juerguista, carismático y presuntuoso que quiso para su Musset. Sucede que Kurys no logra trascender la prolija reconstrucción exterior de una época para adentrarse en sus sentimientos y sus ideales, del mismo modo que -por atender al equilibrio en la descripción de los dos célebres personajes o por la cautela que le impone su propia admiración- tampoco se atreve a indagar en los motivos profundos de sus contradicciones, sus búsquedas y sus deseos. Tanta precaución la conduce a veces a elegir los caminos expresivos más convencionales, cuando no los más torpes lugares comunes (como sucede con las habladurías de las chismosas de sociedad o con buena parte de la descripción del viaje a Venecia).
Por supuesto el film tiene la suntuosidad visual y el contenido melodramático que suele esperarse de estas reconstrucciones de romances célebres. El relato se inicia con el encuentro de Sand y Musset en la lectura de una nueva (y provocativa) obra de la escritora. Ella -29 años, separada, dos hijos- es una figura mundana y controvertida; él -23 años, educado y proveniente de una familia noble- es una suerte de dandy conocido por sus afanes literarios, pero más por su afición al alcohol, el juego y las mujeres. La pasión que nace entre ellos, una pasión del cuerpo y del espíritu que tanto da que hablar a los círculos mundanos de París, es tempestuosa. No otra cosa puede esperarse de seres tan inestables, que se dicen descreídos del amor y son dueños de sentimientos tan extremos y de una irrenunciable vocación por la independencia.
Las tensiones que crecen en el interior de la pareja estallan durante un viaje a Italia que culmina en las sucesivas enfermedades de una y de otro y en la primera, inevitable, separación. Pero ésta es apenas una etapa de la tortuosa relación que ha de prolongarse en el tiempo por encima de los alejamientos y las ausencias.
Kurys intentó develar la naturaleza de ese amor indagando en las cartas y en los escritos que Musset y Sand dedicaron al tema. La conclusión a la que el relato parece arribar al fin no es precisamente un dechado de originalidad: sólo con el tiempo es posible ponderar la importancia de los sentimientos. Queda, pues, el sencillo mensaje, el llamado (no explícito) a permanecer atentos a los mandatos del corazón y el atractivo visual de un film que, más allá de sus flaquezas y de su duración algo excesiva, se sigue con cierto interés.
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