Eli Wallach: el feo que era capaz de cualquier cosa ante las cámaras

Marcelo Stiletano
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26 de junio de 2014  

Años después de triunfar en el papel que lo identificó para siempre en el cine, Eli Wallach contó que había sido elegido por Sergio Leone por el toque "chaplinesco" que el director italiano observó al verlo en uno de los episodios de La conquista del Oeste. "Eli es un judío napolitano, capaz de hacer cualquier cosa ante las cámaras." Palabras muy parecidas utilizó en 2010 la Academia de Hollywood al otorgarle un Oscar honorario: "Es el camaleón por excelencia, alguien capaz de personificar sin esfuerzo a un amplio rango de personajes. A cada uno de ellos le aporta un sello inimitable".

Wallach recibió ese premio a los 94 años y seguía en actividad, rindiendo honor a su única vocación. Ese mismo año apareció en El escritor oculto, de Roman Polanski, y nadie imaginaba que ese hombre casi centenario pensara en retirarse: ante las cámaras su mirada seguía vivaz y su temperamento no expresaba señal alguna de sosiego o tranquilidad.

Por entonces, como le venía ocurriendo sin pausas durante el último medio siglo, la gente que lo reconocía por la calle, en lugar de saludarlo, le expresaba su admiración silbando a su paso el famoso tema musical de Lo bueno, lo malo y lo feo, creado por Ennio Morricone. Wallach apareció casi 150 veces en cine y TV y protagonizó innumerables veladas teatrales, pero para todos, y por siempre, será Tuco, el feo de la obra cumbre del spaghetti western. El propio actor reconoció el lugar preferencial que llegó a ocupar en su carrera ese bandido de rasgos mexicanos que respondía al llamativo nombre de Tuco Benedicto Pacífico Juan María Ramírez, al titular su autobiografía: El bueno, el malo y yo.

Por entonces, Wallach ya era un reconocido y versátil actor de carácter que repartía su tiempo entre el teatro, el cine y la incipiente televisión. "Siempre viví una contradicción. En el teatro era el personaje pequeño, frágil, incomprendido. En el cine, en cambio, siempre me elegían para hacer de villano."

Con aquella frase del comienzo, Leone retrató en pocas palabras y a la perfección la identidad de Wallach. Nacido en un hogar de emigrantes polacos judíos, criado en un barrio neoyorquino con predominio italiano, seguramente adquirió en forma innata algunas de las cualidades que, más tarde, le permitieron ser reconocido como uno de los más importantes exponentes de la escuela actoral que se conoce como el Método: pocas figuras lograron, como él, una identificación afectiva tan fuerte y tan intensa con sus personajes.

Enérgico, impulsivo, a veces desbordante, Wallach debutó en el cine con un brillante papel a su medida, el cínico seductor de Baby Doll, adaptación de una obra de Tennessee Williams, el dramagurgo con el que más se identificó en su vida teatral. Aquella película de Elia Kazan, cargada en su tiempo de escándalos y controversias, fue la primera muestra de una galería notable que tuvo, entre sus puntos destacados, al Guido de Los inadaptados, al Calvera de Los siete magníficos y al mafioso Don Altobello de El padrino III, que moría envenenado con bombones en una memorable escena.

Hasta que llegó Tuco, un personaje único que Wallach aceptó interpretar después de mirar 60 segundos del cine de Leone. "Antes de eso no sabía nada del spaghetti western. Creí que era algo parecido a una pizza hawaiana", confesó. Su talento para la equitación, aprendido mientras estudiaba en la universidad, hizo el resto. "OK, ¿adónde quiere que vaya?", le dijo a Leone. Volvía a demostrar, como siempre, que era capaz de cualquier cosa.

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