
Entre la pasión y la guerra
Pasado mañana se estrenará en la Argentina "Regreso a Cold Mountain", el nuevo film del director Anthony Minghella, con Nicole Kidman y Jude Law
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A los 50 años, Anthony Minghella ya se ha dado más gustos que la mayoría de sus colegas en toda su vida: con "El paciente inglés" obtuvo en 1997 nueve premios Oscar (incluidos los de mejor película y dirección), sus tres últimos largometrajes llevan recaudados casi 1000 millones de dólares en todo el mundo entre cine, video y televisión, mientras que su prestigio le ha permitido acceder a la presidencia del British Film Institute, el templo máximo del cine inglés.
Este hombre calvo, amable y siempre sonriente -famoso por su apasionada cinefilia y su eximio nivel cultural- se ha ubicado en un paradójico lugar: mientras es uno de los realizadores más venerados y mimados por Hollywood, sus declaraciones y acciones públicas tienden a defender el lugar del cine europeo frente al arrasador avance del cine norteamericano.
Esta dicotomía quedó expuesta también en la charla que mantuvo con LA NACION durante el reciente Festival de Berlín, adonde concurrió para inaugurar la muestra con "Regreso a Cold Mountain", una épica sobre la guerra civil norteamericana de 85 millones de dólares de presupuesto con Jude Law, Nicole Kidman, Renée Zellweger (reciente ganadora del Oscar por este trabajo), Donald Sutherland, Ray Winstone, Brendan Gleeson, Philip Seymour Hoffman, Natalie Portman, Kathy Baker y Giovanni Ribisi, pero también para participar en un foro sobre la producción, la exhibición y la distribución de la producción europea.
Ex profesor universitario, reconocido compositor musical, dramaturgo y director teatral, Minghella sorprendió en 1991 con su opera prima "Truly Madly Deeply", pequeño drama romántico que le valió la consideración internacional. Por eso no extrañó que dos años más tarde incursionara en el cine estadounidense con "¿Con quién caso a mi mujer?" ("Mr. Wonderful"), comedia romántica con Matt Dillon,
Annabella Sciorra, Mary-Louise Parker, William Hurt y Vincent D´Onofrio que no tuvo demasiada repercusión. Pero las cosas cambiaron diametralmente para el realizador con sus tres siguientes proyectos, sendas transposiciones de novelas épicas que lo convirtieron en paradigma del cine de calidad: "El paciente inglés", "El talentoso Sr. Ripley" y, ahora, "Regreso a Cold Mountain", producción de Miramax cuyo estreno en la Argentina está previsto para pasado mañana, han puesto a Minghella en un lugar de gran respeto y privilegio.
"Regreso a Cold Mountain" se centra en la pasión entre Inman (Law), un elemental carpintero que es enviado al frente para pelear con el ejército sureño, y Ada Monroe (Kidman), la refinada hija de un pastor (Sutherland) que se instala en el perdido pueblo de Cold Mountain.
Melodrama con impactantes escenas bélicas filmadas con cientos de extras, elementos sobrenaturales, tomas panorámicas de bellísimos paisajes y sórdidas escenas sobre las atrocidades que se registraron durante la guerra civil, "Regreso a Cold Mountain" tuvo una calurosa recepción en los Estados Unidos, mientras que en el Festival de Berlín las críticas resultaron bastante más frías. "Ciertos sectores intelectuales no ven con buenos ojos que uno apueste a grandes espectáculos con romances y melodramas basados en best sellers que tengan una fuerte llegada popular", se defiende durante la entrevista este realizador, famoso por ser un obsesivo y por su capacidad para desarrollar conflictos femeninos.
-¿Hay en la elección de estas premiadas novelas una intención de posicionarse como "el" director experto en épicas históricas?
-Para nada. Después de transponer a Michael Ondaatje en "El paciente inglés" y a Patricia Highsmith en "El talentoso Sr. Ripley", me había prometido no hacer una película de esas características por mucho tiempo. Incluso tenía -y sigo teniendo- la idea de rodar una pequeña historia contemporánea en las calles de Londres. Pero cuando llegó a mis manos el libro de Charles Frazier, con una historia y personajes de tamaña riqueza, no pude decirle que no a la gente de Miramax.
-¿Qué aspectos lo sedujeron de la novela de Frazier?
-Yo soy un fanático de las historias románticas en tiempos de guerra. Investigué mucho sobre el tema y son contextos que aceleran y amplifican las pasiones amorosas. Todo se vuelve demasiado urgente y efímero, pero al mismo tiempo une a las personas. También me encantó la dimensión espiritual y la idea de la redención que recorre toda la trama -que yo veo como una nueva versión de "La Odisea"-, así como la mirada sociológica sobre un enfrentamiento fratricida tan sangriento como la guerra civil norteamericana. Algunos me dicen que la película es demasiado cruel y la trama romántica, demasiado fría, pero eso es lo que buscamos porque así son las cosas en el libro.
-¿Le complica los rodajes el hecho de trabajar en todas sus películas con elencos llenos de grandes figuras?
-Al contrario. Mis experiencias con las estrellas de Hollywood o de Europa han sido muy provechosas. Juliette Binoche o Kristin Scott Thomas son tan profesionales como Nicole Kidman o Renée Zellwegger. Jude Law y Ralph Fiennes son tan dúctiles y dóciles como Matt Damon o Philip Seymour Hoffman. Lo de los caprichos y los delirios de grandeza son divertimentos de la prensa sensacionalista. Lo cierto es que los actores de raza se esfuerzan al máximo para entregar una buena actuación en tiempo y forma. Mis entornos de trabajo son muy agradables, pero yo soy tan meticuloso y los desafíos que nos proponemos son tan importantes que nos mantienen a todo el equipo al ciento por ciento durante tres o cuatro meses seguidos.
-¿Cómo le afectó filmar una película de guerra en un contexto sociopolítico como el actual?
-Muchísimo. Yo elijo proyectos que tengan que ver con mi forma de ver el mundo. Yo preparé "Regreso a Cold Mountain" durante cuatro años y me encontraba a pocas cuadras, en el Village de Manhattan, cuando ocurrió el ataque contra las Torres Gemelas. Mientras filmábamos, se desató otra guerra, y eso influye no sólo en el ánimo, sino también en la forma en que uno se para frente a determinadas cuestiones. Mi película es profundamente antibélica y por eso no ahorra salvajismo a la hora de mostrar las miserias y atrocidades que se cometen en nombre de un supuesto patriotismo o de la lucha por la libertad.
-¿Qué objetivos básicos se plantea para su gestión al frente del British Film Institute?
-Defender el cine de autor más innovador y sorprendente. Dejar de centralizar toda la producción en Londres y sus alrededores. Rescatar y preservar el riquísimo patrimonio del cine clásico británico. Continuar con la difusión digital en salas y con la edición de joyas del séptimo arte en DVD para que lleguen a un público cada vez más masivo. Crear un sistema racional que estimule la inversión extranjera, pero que defienda el lugar del cine inglés y europeo en nuestras pantallas. Mi hijo de 17 años sólo ve películas norteamericanas y yo quiero que los adolescentes se sientan orgullosos de las obras que los europeos hacemos. Es una cuestión de hábito, de educación, de concientización y de exaltación del verdadero talento. Por eso, me siento profundamente orgulloso del privilegiado lugar que tengo para coordinar las políticas del British Film Institute.



