Entre lo público y lo privado
Viejas mañas argentinas remueven el avispero cinéfilo por la remoción de Quintín
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Cayó, tristemente, el telón sobre el pálido clon marplatense del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici), una de las "gemas" del gobierno porteño.
Sus magros resultados -ver nota aparte- no se compadecen con su costo infinitamente mayor, ya que se llevó puesto al director del Bafici de los últimos años. El ex agente público aún sigue sin entender las flagrantes contradicciones que existen entre ser un programador estatal e intentar, al mismo tiempo, apropiarse de esa idea y privatizarla para usufructo propio, con recursos, contactos y staff generados anteriormente con dinero de los contribuyentes. ¡Y qué dineros!: 900.000 pesos en aportes directos, y en efectivo, del gobierno de la ciudad, más de 320.000 pesos cedidos por el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales; eso sin contar las generosas donaciones de embajadas, fundaciones y entidades extranjeras, a las que se agregan los abultados auspicios de 75 instituciones y empresas. Un platal que seguramente rendiría más y mejor en acciones permanentes que en eventos que se evaporan en pocas horas.
A pesar de ser licenciado en matemática, a Eduardo Antín -más conocido en el mundillo cinéfilo por el nombre de un mártir cristiano (Quintín) que tomó como seudónimo- le fallaron los cálculos y la coordinación, por 130.000 pesos, de un festival paralelo -al margen del programa de "Muestras itinerantes" que el mismo Bafici contempla en sus estatutos- determinó su eyección, shot mediante, de la administración oficial.
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El caso reviste interés porque es un claro ejemplo de lo peligrosamente difusas que se encuentran en la Argentina las fronteras entre lo público y lo privado. Como Quintín llevó adelante con gran éxito las últimas ediciones del Bafici, secundado por miembros de la revista El Amante -que fundó en 1991 con fondos de su suegro-, tal vez terminó pensando que el festival porteño de cine era una creación propia y vitalicia, cuyas franquicias podía extender de manera inconsulta e ilimitada. Durante estos últimos años, él y su mujer viajaron por todo el mundo, con amplios viáticos cubiertos por el Estado, para establecer intercambios de relaciones y materiales con otros festivales; lobbies intensos que determinaron grandes beneficios para amigos y determinados films y, por el contrario, propiciaron dificultades de exhibición para aquellos que no eran de su agrado. "Si Julio Márbiz -se escuchó decir con picardía en una de las últimas «privadas» de películas a estrenar- hubiese hecho la mitad de lo que hizo Quintín, lo denunciaban en la Corte de La Haya."
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Cualquier hombre en la soledad del poder -por más nombre de santo que pueda ostentar- no está exento de cometer errores.
Más llama la atención que una entidad, con miembros tan despavilados como los que integran la filial local de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (Fipresci), haya sacado la cara por el defenestrado funcionario en tan lamentable circunstancia. En el comunicado donde lo hace "repudia la decisión del secretario de Cultura de la ciudad de Buenos Aires, doctor Gustavo López, de relevar a Eduardo Antín", ya que las "supuestas incompatibilidades entre la función pública y las actividades privadas de Quintín son inexactas" -no aclara por qué- y alega que tras esa decisión se esconden "otras razones que no se dan a conocer -si no se conocen, ¿cómo se sabe que existen?- y que ahora son disfrazadas por una supuesta -¿supuesta?- «incompatibilidad de funciones»".
Como sucede con cada comunicado de Fipresci, en éste también figura al pie del texto los nombres de sus escasos 23 integrantes, entre los que se incluyen periodistas que no fueron consultados o que no estuvieron de acuerdo con el uso de la palabra "repudiar".
Mucho menos prolijo resulta que en la lista figure el mismísimo Quintín y cuatro de sus colaboradores directos en los festivales mencionados, más algunos integrantes de la revista El Amante, de la que Quintín se acaba de desprender, se desconoce si para abrazar de nuevo su antiguo oficio de referí de divisiones inferiores de fútbol.
Por lo que pudo averiguar LA NACION, sólo un miembro del staff de Fipresci tomó contacto con la Secretaría de Cultura porteña para interiorizarse sobre los detalles de la remoción. Salvando las distancias, por muchas menos desprolijidades, la Asociación Periodistas resolvió autodisolverse, a raíz del episodio Julio Nudler y Página/12.
Estando, por lo visto, la Fipresci local tan copada por "punteros" de Quintín y él mismo -quien diría, la vieja política infiltró, con sus oprobiosas mañas, hasta a los puristas a ultranza del cine arte, que se abroquelan anteponiendo intereses corporativos al sentido común-, ¿cómo evitará, si mantiene su actual conformación, convertirse en "brazo armado" del resentimiento del ex funcionario frente a una nueva edición del Bafici, ya a la vista?




