Guy Pearce, entre el tiempo y la memoria
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CHICAGO (The New York Times Syndicate).- Se ha dicho de él que "es como Brad Pitt, pero con mejor piel" y también se lo ha catalogado como "uno de los mejores actores de su generación".
Se trata de Guy Pearce, el extraño actor australiano que irrumpió en la película "Los Angeles al desnudo" (1997) sólo para que su siguiente film, "Voraz" (1999), sobre canibalismo, resultara un fiasco y fuese, literalmente, devorado por la crítica.
Si da la impresión de que Pearce no quiere ser una estrella, hay algo de cierto en eso.
"Hay momentos en los que no sé hasta qué punto me gusta actuar -reconoció Pearce durante una entrevista telefónica-. Pienso que siempre utilicé la actuación en mi vida como un recurso de supervivencia; cuando era más joven la actuación era una manera de afrontar el temor al aburrimiento, el miedo de ser aburrido y el recelo de parecer temeroso frente a los otros. A veces ni siquiera siento que soy un verdadero actor; quiero decir un actor que hace lo que debe y todo lo bueno que eso conlleva. Permanentemente cuestiono el valor de la actuación porque veo cómo perpetúa esas inseguridades que nunca nos abandonan. Hay días en los que pienso que si, en lugar de actuar, pudiera encontrar algo más valioso que hacer, lo haría."
Sin embargo, con la abrumadora y exitosa película de producción independiente "Memento: recuerdo de un crimen" (2001) y un giro hacia una ostentosa y extravagante villanía en "El conde de Montecristo", Pearce, de 34 años, ya es el hombre del momento.
La perspectiva de convertirse en una fulgurante estrella no lo seduce. "Como actor, descubro que cuanto más reconocimiento recibo tanto más ansioso me vuelvo a veces -comentó Pearce-. Sinceramente, no veo que la fama tenga algún valor y ciertamente no me trae más serenidad sino que, en realidad, incrementa las inseguridades y la paranoia. Eso incluye el proceso de las entrevistas. Prefiero observar a los actores en las películas y no saber nada de ellos. No quiero saber qué desayunan ni con quién están casados en la vida real. Eso me arruina todo."
El éxito de "Memento: recuerdo de un crimen", la película en la que interpretó a un hombre amnésico resuelto a vengar el asesinato de su esposa, sorprendió al actor con la guardia baja. Pearce esperaba que el film fuese cautivante, raro y apenas visto. "Con esa película mi imaginación sencillamente se sintió maravillosamente inspirada, de manera que combiné bien con ella -afirmó el actor-. Me gusta encarnar a un personaje en una situación límite. Considero que la manipulación de la memoria es algo que todos experimentamos en cierta medida; todos nos cuestionamos a veces la identidad y nuestra manera de comportarnos frente a los demás. Encuentro eso absolutamente fascinante."
Infancia en Australia
Nacido en Inglaterra, Pearce creció en Australia después que su padre, un piloto de la Real Fuerza Aérea, fue destinado a Melbourne. Muchos actores, cuando niños, han sido los payasos de la escuela, pero Pearce era deplorablemente enjuto, introvertido, y no tenía muchas dotes para los estudios. "Fui el peor alumno del mundo. Me interesaba más -confesó- observar el comportamiento de los demás en el aula que dedicarme a estudiar las lecciones,"
Fue sólo después de que su madre lo persuadió para que practicara levantamiento de pesas cuando el posteriormente robusto Pearce mostró interés en la actuación. Dos días después de egresar de la escuela secundaria, fue seleccionado para interpretar a un apuesto y joven profesor en "Vecinos", una telenovela emitida en horario central que fue la respuesta de Down Under a "Beverly Hills 90210". Nacía un ídolo adolescente.
"Pasé años acosado por jovencitas que corrían detrás de mí gritando desaforadamente y tratando de arrancarme la camisa -expresó el actor con un respingo perceptible-. Realmente detesté cada minuto de esa situación." Estuvo cuatro años en ese programa antes de intervenir en otra serie australiana, de vaqueros, The Man From Snowy River", en 1993. "Después de unos años de montar a caballo, cabalgar, y jugar a los cowboys, estaba más que preparado para un nuevo desafío. Me quedo corto si digo que todo eso se había transformado en algo un tanto tedioso", señaló.
El nuevo desafío que afrontó Pearce fue un papel de travesti en "Las aventuras de Priscilla, la reina del desierto" (1994), una película de producción independiente que llamó la atención de Hollywood y le valió ser seleccionado para interpretar al solemne detective de mandíbulas apretadas Ed Exley en "Los Angeles al desnudo".
La película obtuvo nueve nominaciones para el Oscar y parecía probable que convertiría a Pearce en una estrella, pero en realidad fue su coprotagonista y paisano de Australia Russell Crowe el que fue catapultado al estrellato. Lo cual no parece molestar en absoluto a Pearce. "Me considero un individuo ajeno al sistema. Me agrada que se vea mi trabajo, pero no necesito ser cada vez más famoso. Personalmente, no creo que eso sea valioso. Lo único bueno que tiene la fama es que le permite a uno elegir tal o cual papel, pero no siempre elijo los papeles que la gente espera."
Fuera de la pantalla, Pearce todavía vive en Melbourne junto a Kate Mesitz, su "novia" de la infancia con la que se casó hace cinco años. Es un lugar alejado de Hollywood, que le sienta bien al actor.
"La sensibilidad de Australia es lo que me define. Un sensación de laxitud me invade cuando vuelvo a casa. No es así en Los Angeles, donde la competencia es feroz y donde la gente de la industria cinematográfica se desespera por hablar acerca de su próximo proyecto, no sobre su vida sino sobre sus negocios. Créanme que tengo el instinto y el impulso, pero también quiero tener vida propia", declaró el actor.
Consumado cantante, saxofonista, y pianista además de compositor de más de 100 canciones, Pearce ha meditado acerca de la posibilidad de seguir los pasos de Crowe en el mundo de la música. Lo que, sin embargo, no es tan fácil.
"Siempre toco en casa -indicó- y debido a la posición que he alcanzado como actor podría atreverme a dar un paso más con la música. No lo sé. Recurro a la música por los motivos que, a mi juicio, uno debería recurrir, es decir, tocar para expresarse. Y no necesariamente siento la necesidad de hacerlo ante una multitud. A mi ego le encantaría que lo haga, pero ya está bastante satisfecho con la atención que recibo merced a la actuación."
Traducción: Luis Hugo Pressenda


