Hugo Santiago: porteño en París, francés en la Argentina, un cineasta fantástico

El director, durante su visita a Buenos Aires en 2015
El director, durante su visita a Buenos Aires en 2015 Crédito: Victoria Gesualdi / AFV
1939-2018
Marcelo Stiletano
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28 de febrero de 2018  

Si hay algo que no le falta a Acorazado Potemkin es intensidad. Para comprobarlo basta con escuchar Labios del río, el disco que editó el año pasado este trío integrado por Juan Pablo Fernández (guitarra y voz), Federico Ghazarossian (bajo) y Luciano "Lulo" Esain (batería, coros). Potente, visceral y heterogéneo, el álbum consolidó un estilo que habían empezado a forjar con sus dos predecesores, Mugre (2011) y Remolino (2014), y que van afirmando en cada presentación en vivo. En escena, lo saben bien quienes hace poco llenaron Niceto y el Salón Pueyrredón para verlos, el trío es realmente explosivo. Ahora hay nueva chance de certificarlo. El sábado 3 de marzo Acorazado abrirá una nueva temporada del ciclo de bandas independientes organizado por el programa radial Rebeldes, soñadores y fugitivos que conduce Eduardo Fabregat en la AM 750. Una parada porteña en el marco de un año con mucha actividad por todo el país.

"A una banda independiente siempre le cuesta mucho planificar -explica Fernández, ex Pequeña Orquesta Reincidentes y guitarra y voz de Acorazado Potemkin-. En este último disco tuvimos muchos invitados -Mariana Paraway, Juliana Moreno, Elbi Olalla, Mariano Fernández Bussy, Christine Brebes- y además encaramos un laburo muy detallista en estudio, algo que nos consumió tiempo y energía. Estuvimos bastante concentrados en eso. Ahora viene la etapa de tocar, de mostrar los resultados de todo ese trabajo. La idea es viajar por todo el país: Rosario, Córdoba, Mendoza, San Juan, Tucumán, Chaco... Y también ir a Chile y Uruguay. Es el año de salir a la cancha".

En Labios de río, el abanico sonoro de Acorazado Potemkin se ha ampliado notablemente. Persisten el temperamento denso del post punk y el espíritu arrabalero que son marca registrada de la banda, pero hay una amplitud de criterio bien reflejada en los covers que incluye el disco: Dos de nosotros (una versión muy singular de Two Of Us, tema de la última etapa de los Beatles) y Semilla de piedra, de la mexicana Lila Downs. "Cuando miro hacia atrás, noto que hay cambios y también profundizaciones -reafirma Fernández-. Yo estoy convencido de que, como dijo el Flaco Spinetta, "mañana es mejor". Nosotros siempre pensamos eso. Cuando hacemos temas de otros artistas, estamos buscando agrandar la paleta, aunque la idea sea que suenen a Potemkin. Y los músicos que invitamos son de palos muy distintos, porque la idea es que sumen, que agreguen matices a nuestros temas. Si te largás a experimentar, lo mejor es que los cambios que se produzcan te sorprendan y vos los puedas asimilar. Somos una banda curiosa, inquieta".

En el ADN de Potemkin hay información muy diversa, eso está claro: "Manal, Invisible, Soda Stereo, Sumo, Don Cornelio, La Portuaria -enumera Fernández-. Todo eso nos ha formado. Y hablo de ellos antes que nada porque somos, por sobre todas las cosas, una banda de rock. Por más que invitemos a cantar al Cardenal Domínguez, que viene del tango, o a Mariana Paraway, que está en un camino más pop. Yo veo al rock como una especie de coartada que nos ayuda a meternos en otros géneros para terminar encontrando una identidad propia".

A tono con la crudeza sonora, Acorazado también apuesta fuerte en las letras, que muchas veces aluden de manera directa al contexto social, político y económico del país: "Estamos metidos en este remolino. Es así... -explica Fernández, responsable principal de la lírica del grupo-. Creemos que es necesario hacernos cargo de lo que nos pasa. Cuestiones más personales, como amoríos o situaciones familiares, también son inspiradoras. El asunto es reflejar lo que te toca vivir. Me acuerdo de la pregunta de Luca Prodan en El ojo blindado: "¿Y dónde estás vos?". Eso siempre es importante tenerlo claro. Sobre todo en un momento como éste. Tenemos un gobierno poco sensible a los reclamos populares y hay un peligroso empoderamiento de las fuerzas de seguridad. Cualquier persona que piensa a los que gobiernan, hoy se transforma en un potencial terrorista".

"A todos les digo que soy un porteño en París y un francés en la Argentina", solía decir Hugo Santiago, entre la humorada franca y la declaración de principios. Era un espléndido conversador y el tema de ese indefinido desarraigo nunca faltaba en charlas llenas de detalles y observaciones (finas, agudas, minuciosas) sobre tendencias culturales, encuentros, recuerdos y proyectos.

Santiago falleció ayer, a los 78 años, tras soportar durante un largo tiempo las penurias de una dura enfermedad. Murió en París, la ciudad en la que eligió instalarse a los 19 años gracias a una beca del Fondo Nacional de las Artes, después de haber estudiado en la Universidad de Buenos Aires literatura y filosofía. De ambas fuentes abrevó para construir su obra cinematográfica, pequeña en cantidad de títulos y colosal en su magnitud e influencia. Había nacido en Buenos Aires el 12 de diciembre de 1939 como Hugo Santiago Muchnik, en el seno de una familia de sensible y plena conexión con la cultura. Su hermana Annamaria, largamente conocida por su labor televisiva en los años 60, sigue estrechamente vinculada al mundo de la divulgación literaria y del cine.

Sería injusto reducir a Santiago a la condición de cineasta de culto o "maldito". Parece más apropiado definirlo como un artista obsesivo y meticuloso, un creador que salía lleno de rigor y autoexigencia a la búsqueda de una escritura cinematográfica.

"Las grandes películas son estilos que se manifiestan", le dijo a LA NACION en 2015, cuando regresó a Buenos Aires para filmar El cielo del centauro, que resultó su última película. Bien mirada, podría quedar como una suerte de testamento formal, estético y expresivo de su obra. Sobre todo porque este retrato mágico de la ciudad amada (Santiago fue uno de los más admirables retratistas de Buenos Aires desde el cine) llegó acompañada de El teorema de Santiago, excepcional docunental de Ignacio Masllorens y Estanislao Buisel, a la vez diario de filmación de El cielo del centauro y guía para entender la obra entera de un director único.

Esa obra tiene un momento cumbre, Invasión (1968), para muchos la película más importante de la historia del cine argentino. Un título suficiente para instalar a su realizador en un lugar trascendente, decisivo y esencial de todo ese recorrido. "Quiero dejar escrito que no se parece a ningún otro film y que bien puede ser el primer ejemplo de un nuevo género fantástico", escribió sobre ella uno de sus tres guionistas, Jorge Luis Borges. Los otros dos fueron Adolfo Bioy Casares y el propio Santiago. Protagonizada por Lautaro Murúa, Olga Zubarry y el músico Juan Carlos Paz, Invasión transcurre en una ciudad ficticia llamada Aquilea (alegórica alusión a la verdadera Buenos Aires), sitiada y ocupada por misteriosos atacantes. Un grupo entusiasta encabezará la resistencia. En 1985, en Francia, Santiago hizo Las veredas de Saturno, suerte de continuidad de varios de los temas planteados en Invasión, con una excepcional actuación del bandoneonista Rodolfo Mederos.

Después de El cielo del centaurio Santiago soñaba con filmar el cierre de esa trilogía, que pensaba llamar Adiós y en el que llevaba trabajando no menos de cinco años. Antes y después, Santiago se dedicó con su mirada a adaptar clásicos (la Electra de Sófocles, la Orestíada de Esquilo), asomarse a la obra teatral de Brecht y retratar a figuras como el intelectual francés Maurice Blanchot y la cantante brasileña María Bethania. Pero casi todos sus desvelos tuvieron como destinataria a su amada, soñada y fantástica Buenos Aires.

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