Jean-Pierre Léaud, el único
Aunque parezca extraño, el ingreso en el cine de Jean-Pierre Léaud (le debíamos estas líneas, ahora que ha cumplido los sesenta), no se produjo de la mano de François Truffaut, que tan trascendente sería en su vida profesional, y que en el terreno personal terminaría ocupando el lugar de un padre adoptivo. En realidad, cuando en 1958 respondió al aviso publicado en France-Soir en busca de adolescentes para un film de inminente rodaje, ya contaba con una experiencia: a los 13, Georges Lampin le había confiado un breve papel en "La Tour, prends garde!", una de las muchas aventuras de capa y espada protagonizadas por Jean Marais. Quizás esa familiaridad, además de la convicción acerca de su vocación actoral, le dio el desparpajo que mostró en sus improvisaciones ante Truffaut, que convencieron al crítico devenido cineasta de darle el papel de Antoine Doinel, ese que sería su otro yo cinematográfico y cuya evolución narraría a lo largo de cinco films. "En el primer encuentro me impresionó su ansiedad por obtener el papel y su intensidad", escribió.
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Hijo de un guionista y una actriz, Jean-Pierre nació en París el 5 de mayo de 1944. No tuvo la infancia tormentosa del personaje de "Los cuatrocientos golpes" (que, por otro lado, lo convertiría en una celebridad de la noche a la mañana), pero siempre se lo consideró un chico difícil. Ya en los días de filmación, llegaban desde la escuela las quejas sobre su conducta. Contaba Truffaut que el muchacho rompió a llorar cuando asistió a la proyección de la película por primera vez. "Reconoció un poco su propia vida detrás de esa historia que había sido la mía", comentó. Como muchos chicos de su edad, quería complacer y reclamaba para sí la atención de los otros, aunque fuera con desplantes de insolencia o haciendo tonterías. Poco ayudó a mejorar la situación el éxito temprano (apenas lo vieron, Cocteau lo quiso para "El testamento de Orfeo" y Julien Duvivier para "Boulevard"), pero ahí estaba Truffaut para hacerse cargo de la educación del "pequeño salvaje", que en pocos años estuvo en condiciones de irse a vivir solo. Con la misma exaltación que suele contagiarles a sus personajes, se concentró entonces en el aprendizaje de todos los secretos del cine, pasión que no ha abandonado: "Todo lo que dice tiene su referencia cinematográfica", decía de él no hace mucho Serge Le Péron, que, tras dirigirlo en "L´affaire Marcorelle" (2000), le dedicó un telefilm documental, "Léaud, l´unique".
Si Truffaut le hizo de padre (y así lo lloró Léaud cuando el inolvidable realizador murió, en 1984), Godard ocupó el lugar de un hermano mayor. Primero lo puso a prueba como su asistente en "Una mujer casada", y después lo convirtió en uno de sus intérpretes favoritos: intervino en "Pierrot, el loco", "Masculino femenino", "Made in USA", "La chinoise", "Weekend", "Le gai savoir".
Sobrevivir a Truffaut no sólo fue difícil para Jean-Pierre, que cayó varias veces en la depresión: también marcó para él el fin de una época, sensación que subraya el hecho de que en 1985 trabajó por última vez con Godard en "Detective". La desorientación profesional -que puso su carrera en riesgo- sólo empezó a disiparse en la década del noventa, cuando Aki Kaurismaki y algunos de los jóvenes herederos de la nouvelle vague -Olivier Assayas, entre ellos-, lo ayudaron a despegarse de Antoine Doinel y le ofrecieron la posibilidad de pulsar otras cuerdas de su instrumento actoral: fue el cineasta neurótico de "Irma Vep" (1995), el ardoroso cincuentón de "Diario de un seductor" (1996), el director que reflexiona sobre belleza y obscenidad en "El pornógrafo" (2001) o el marido engañado que intenta recuperar a su mujer en "Pour rire" (1996), el film de Lucas Belvaux que reveló su talento cómico.
En el último plano de esa película, avisaba mirando a la cámara: "No se muevan: vuelvo enseguida". Ese toque de improvisación, esa inventiva que sus directores suelen agradecerle, esa imprevisibilidad que hay en sus conductas ("Uno nunca sabe qué va a hacer", festeja Kaurismaki) son marcas registradas de Jean-Pierre Léaud. Eso y su agitado espíritu romántico, que tan bien supo explotar Truffaut en "Las dos inglesas" y que en su vida personal se ha evidenciado en un constante ir y venir de la depresión a la euforia y de la exaltación amorosa al fracaso sentimental.
"Ya sé que existe la vida privada... Pero la vida privada tiene altibajos para todos. Las películas son más armoniosas que la vida. En ellas no hay atascos, ni tiempos muertos. Las películas avanzan como trenes, ¿comprendes?, como trenes en la noche. La gente como tú o como yo está hecha para ser dichosa en el trabajo..., en nuestro trabajo de cine." El texto pertenece a la ficción de "La noche americana" y se lo decía el personaje de Truffaut, un director de cine, al de Jean-Pierre, su consentido galancito. En este caso, cualquier semejanza con la realidad no era, seguramente, mera coincidencia.



