
La guerra de los mundos
En "Munich", Steven Spielberg hace preguntas incómodas sobre la actualidad
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En el verano de 1975, Steven Spielberg se sentía por primera vez en paz con el mundo del cine. Según relata Peter Biskind en su pormenorizado libro sobre la generación que cambió a Hollywood en los años 70 ("Easy Riders, Raging Bulls") el hasta allí casi desconocido realizador disfrutaba del extraordinario éxito de "Tiburón" al tomar conciencia cabal de que todo Estados Unidos no hablaba de otra cosa que de esa película. "Me dije que eso es tener un éxito. Es como tener un hijo, querer darlo en adopción y ver que hay millones de personas dispuestas a adoptarlo y tú eres el orgulloso ex padre. Pero tu hijo ahora pertenece a los demás. Eso te hace sentir muy bien", confesó Spielberg por entonces.
"Tiburón" fue la primera película que superó en las boleterías la hasta entonces inalcanzable marca de los 100 millones de dólares; inventó el concepto de "tanque" cinematográfico, que resignificó la importancia de la maquinaria productiva y de marketing de los grandes estudios, y abrió el camino que convirtió a Spielberg en multimillonario. Hoy, el director de Hollywood más conocido en todo el mundo tiene en su cuenta personal unos 2600 millones de dólares, cifra sólo superada entre sus pares por George Lucas.
Tres décadas después de su primer éxito, puede que Spielberg siga en paz con el ámbito en el que vive y trabaja -pocas figuras gozan en el mundo del entretenimiento de tanto prestigio, reconocimiento y admiración-, pero también es posible que fuera de él las cosas no le sean tan agradables. Los dardos que cayeron contra el realizador desde que se conoció "Munich" pueden resumirse en las duras palabras del cónsul israelí en Los Angeles, Ehud Danoch. "Es una ecuación moral incorrecta. En Israel lo sabemos bien. Se pretende tratar un conflicto doloroso en un film de dos horas y media", dijo a The New York Times.
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El diario neoyorquino fue uno de los que se alinearon decididamente en la vereda de Spielberg en el debate suscitado entre los críticos norteamericanos, divididos como pocas veces a la hora de analizar el film que, como se sabe, más que situarse en la terrible masacre de los atletas israelíes a manos de militantes del grupo terrorista Septiembre Negro en los Juegos Olímpicos de 1972, utiliza el hecho como piedra de toque para explorar el sentido, el carácter y las consecuencias de la reacción del Estado de Israel frente al hecho. Lo dice casi todo el título completo del polémico libro de George Jonas en el que Spielberg se inspiró: "Venganza: la verdadera historia de un equipo contraterrorista israelí". Hablando de títulos, la crítica de "Munich" en The New York Times, con la firma de Manohla Dargis, se encabeza con las siguientes palabras: "Un film de acción acerca de la necesidad de hablar". ¿De qué tiene necesidad de hablar Spielberg en este film que, como muy bien señala Dargis, es de lejos el más difícil y angustiante de toda su carrera?
En sus últimos films hay claves que sugieren una respuesta. Quien haya seguido con detenimiento títulos en apariencia tan disímiles como "Minority Report: sentencia previa", "La terminal" y "Guerra de los mundos" habrá reparado, por ejemplo, que la mirada de Spielberg es muy amarga y escéptica respecto del futuro de su patria, Estados Unidos, un país que responde a las amenazas con un refuerzo de la seguridad y una acentuación de la desconfianza hacia el extranjero. Estados Unidos, y más precisamente Nueva York, es el lugar en el que Avner Kauffman (Eric Bana), el leal ex agente de la Mossad encomendado por Golda Meir para liderar el equipo secreto que se encargará de la represalia (léase, asesinatos selectivos) contra los autores intelectuales de la masacre, encuentra refugio y protección para su familia.
Spielberg, que hace del papel de la familia el gran tema de toda su obra, plantea una y otra vez a lo largo de las dos horas y 40 minutos de "Munich" un interrogante resumido con ejemplar capacidad de síntesis por Dargis en su crítica. Dice allí que no es posible abrazar a nuestros hijos cuando nuestras manos están ocupadas en rodear la garganta de otra persona.
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Pero Spielberg, según esta visión, va todavía más allá. Porque plantea en el film que esas dos personas ocupadas en apretarse mutuamente el cuello dan por terminada con ese gesto toda posibilidad de diálogo. Y cuando ellos, hablando desde sí o por boca de sus jefes, sugieren que ese enfrentamiento puede durar cien años hasta la aniquilación del enemigo, más que una posición de relativismo moral frente al terrorismo lo que plantea Spielberg es que el mundo en el que cree es mucho más amenazante que nunca, según observa el respetadísimo Richard Schickel, crítico de Time, en una nota de tapa que presenta a "Munich" como una obra maestra.
Es tan incómodo, complejo y valiente el planteo de Spielberg -cuya reconstrucción de la masacre en el film ratifica su lealtad hacia Israel-, que hasta el público, que suele bendecir sus films, esta vez le dio la espalda olímpicamente. En Estados Unidos, el estreno de "Munich", un film con preguntas que pocos quieren escuchar, coincidió con una sucesión de hechos que deben haber acentuado los miedos surgidos desde el 11 de septiembre de 2001: las amenazas del presidente de Irán de "borrar del mapa" al Estado de Israel, la incierta sucesión política abierta en este último país por la grave enfermedad de Ariel Sharon y, ahora, el triunfo de Hamas en las elecciones palestinas.
"Munich", que se cierra nada casualmente con una amarga secuencia en la que se ven las Torres Gemelas, costó 70 millones de dólares y en un mes de exhibiciones en Estados Unidos apenas recaudó 30 millones. Spielberg, multimillonario y humanista a la vez, quizá deje de ser el rey Midas del cine, pero está en paz con su conciencia por más que vista sus films con interrogantes cada vez más duros y ominosos.

