
La vuelta al mundo de Jorge Luis Borges en cinco horas y media: así es la nueva y monumental película de Mariano Llinás
La obra tuvo su estreno mundial en el Festival de Cine de Venecia y llegará a la Argentina en fecha todavía a confirmar
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“Va a ser pronto”, responden en El Pampero Cine frente a la pregunta sobre el momento previsto para el estreno en nuestro país de Biografía de Jorge Luis Borges, el monumental relato de cinco horas y media que Mariano Llinás dedicó a la vida y la obra del escritor de El Aleph.
No hay fecha confirmada hasta el momento. Por ahora, los únicos privilegiados que pudieron verla estuvieron en Venecia, escenario del estreno mundial del documental dentro de la sección Venice Open, y fuera de competencia, en la 83a. Mostra del Cinema, decana de los grandes festivales de cine del mundo, que concluye este sábado.
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— El Pampero Cine (@ElPamperoCine) September 6, 2026
La película está dividida en tres partes, con dos breves intervalos, y así se espera que se exhiba una vez que llegue a la Argentina, siempre en pantalla grande. En Venecia, cada una de esas partes tuvo su respectiva proyección por separado.
Si antes de fin de año Biografía de Jorge Luis Borges llegara por fin al circuito porteño en el que suelen exhibirse las películas de El Pampero Cine (el auditorio del Malba y el complejo ArtHaus, por ejemplo) estaríamos ante el cierre inmejorable de otro año borgiano, el que evoca en este caso las cuatro décadas exactas que nos separan del fallecimiento del escritor en Ginebra, el 14 de junio de 1986.
Ese es el escenario ideal. Pero más allá de que el estreno local ocurra más tarde o más temprano, lo más importante de todo es no quedar al margen de este acontecimiento.

Biografía de Jorge Luis Borges es una de las obras más audaces, originales, atrapantes, magnéticas, creativas y brillantes del cine argentino de las últimas décadas. Es caudalosa como las grandes creaciones previas de Llinás, Historias extraordinarias y La flor, con las que tiene más de un punto esencial en común.
Y también es apasionada, generosa y honesta con sus potenciales espectadores. Lo que Llinás llevó adelante a partir de una obra por encargo es todo lo que cualquier interesado en la obra de Borges estaría dispuesto a hacer: zambullirse en algunos de los papeles, manuscritos, borradores, primeras ediciones, dibujos, postales, cartas y escritos de Borges, estudiarlos con el rigor del conocedor y la pasión del lector devoto y cotejarlos con el legado máximo de su autor (los libros).
Llinás sugiere en un momento que en el fondo todo ese operativo ya estaba en la cabeza de Borges. Dispuesto de esa manera para que un día llegara a manos de alguien dispuesto a diseñar y armar la biografía que el propio escritor hubiese querido hacer.
Lo único que falta es un esquema parecido al que Llinás empleó en sus películas-río anteriores. Verlo sentado en algún rincón de la vastísima geografía bonaerense (que volvió a recorrer en esta búsqueda inabarcable de las huellas borgianas) mientras bosqueja sobre una hoja un plan de acción lleno de desvíos, ramificaciones, atajos y recorridos alternativos. En algunos hay vías de regreso al punto de partida. Otros terminan en un punto fijo o directamente se pierden en el infinito.
Al comienzo, como ya es costumbre en las películas de El Pampero Cine, Llinás está a punto de atravesar una puerta que lo llevará (y nosotros con él) hacia la aventura de un viaje infinito. Al término de sus 330 minutos, después de acumular algunas certezas en el intento de reconstrucción de toda una vida y una obra fundamental y definitiva para la supervivencia de la literatura (son palabras de Llinás), el disfrute se completa con la encrucijada de no encontrar un único final.
Luego de varios intentos, el realizador encuentra una salida bien borgiana a esa peripecia: una última bifurcación que nos lleva al “continuará” de la mano de uno de los autores predilectos de Borges en una extraordinaria escena poscréditos. La historia (la biografía) todavía no terminó de escribirse. Quizás nunca lo haga.
Llinás muestra las cartas desde la primera imagen. Se dispone a hacer el viaje con un bolso lleno de libros escritos por Borges, por sus exegetas o por algunos de los autores que Borges releyó una y otra vez, un caudal que explica y justifica la atípica duración de esta película. El otro factor de esta travesía es su omnipresente voz, necesaria e inevitable para conducir el relato, para contar todo aquello que no está en imágenes y sobre todo para entender que una biografía necesita un narrador, una mirada, un punto de vista, una perspectiva.
Llinás emprende la búsqueda con espíritu detectivesco, el mismo que animó a Laura (Laura Paredes), la protagonista de Trenque Lauquen, la obra maestra de Laura Citarella (productora de esta película). Esa vocación se materaliza cuando Llinás llega a Manhattan para empezar a filmar toda esa colección de escritos y memorabilia borgiana transferida desde la Fundación San Telmo a Islaa (Institute for Studies of Latin American Art) bajo la curaduría del coleccionista, ensayista y traductor Ernesto Montequín, experto conocedor de la obra de Borges y figura central de todo el relato.
En un momento, Llinás se definirá a sí mismo como el Watson del Sherlock Holmes encarnado por Montequín, aunque esos roles se irán intercambiando varias veces más adelante. Con lupa y todo.

La investigación es muy seria y rigurosa, pero por momentos también adopta un delicioso tono de comedia y fina ironía que se expresa a través de algunos giros casi disparatados de los recorridos en auto por hitos y destinos porteños y bonaerenses enunciados por Borges en sus libros.
Los interminables giros de la travesía llevan a la máxima expresión una frase de Adolfo Bioy Casares desde la cual se sintetiza la película entera: “Por las digresiones entra la vida en las novelas”.
En esas digresiones, que más de una vez nos llevan a las películas previas de Llinás, la aventura alcanza su esplendor. De lo contrario, estaríamos ante un viaje lineal, plano, casi burocrático, pensado y planeado únicamente para certificar desde la imagen el registro y la clasificación de todos esos papeles. La película es otra cosa: todo un tributo al ethos borgiano observado bajo el prisma de Llinás: un cruce entre lo real, lo fantástico y lo lúdico compartido por Borges y algunos de sus más esmerados lectores y observadores de su obra.

Allí no solo están Llinás, Montequin y todo El Pampero Cine (la producción de Citarella, las imágenes de Agustín Mendilaharzu e Ignacio Codino, el respaldo en el montaje de Alejo Moguillansky). También Hugo Santiago, rescatado a través de imágenes que nos llevan a Invasión (la extraordinaria película que dirigió en 1968 con guion de Borges y Adolfo Bioy Casares), Edgardo Cozarinsky, Nicolás Helft (el responsable original de la colección) y algunos otros nombres propios.
La pesquisa reconstruye la vida de Borges por un recorrido que empieza abierto y termina siendo circular mientras sale a la caza de palabras clave, objetos y testimonios. Llinás y sus compañeros siguen la brújula borgiana a través de vastos rincones porteños y bonaerenses (Adrogué, Coronel Pringles, antiguas estaciones ferroviarias) y una serie de destinos extranjeros: Ginebra, Nueva York y otros lugares de los Estados Unidos (Texas, Nueva Inglaterra), la frontera entre Uruguay y Brasil. Llegan hasta Islandia, un destino fundamental en la última etapa de la vida del escritor. Y hasta se suma una fugaz y lejana aparición del director desde la Muralla China.
Las tres partes del documental representan diversos matices cronológicos y creativos de la vida y la obra de Borges. También los matices del acercamiento personal al autor que lleva adelante Llinás en su tarea como detective, biógrafo y narrador. En ese doble acercamiento percibimos al mismo tiempo el cuidado del realizador por dejar a la vista los grandes momentos de felicidad y de desdicha que vivió Borges.
Los primeros incluyen hallazgos fotográficos, registros fílmicos poco vistos y algunas notas literarias muy disfrutables. Los otros se concentran en el desventurado matrimonio entre Borges y Elsa Astete de Millán, episodio que incluye el hallazgo de varios documentos muy curiosos, una fuga casi cinematográfica y la aparición de un personaje resbaladizo, presentado casi como un villano: Norman Thomas Di Giovanni, el editor y traductor estadounidense que acompañó durante un buen tiempo a Borges y escribió sobre su vida, según nos recuerda Llinás, con un espíritu parecido al de los programas chimenteros.
Todo lo que nos ofrece Biografía de Jorge Luis Borges resulta apasionante, revelador, curioso o divertido. Basta como ejemplo el instante en el que afirma que el genio empieza a vislumbrarse cuando el joven Borges toma distancia de Macedonio Fernández para abrazar una nueva amistad con Bioy Casares.
En la mirada de Llinás nunca deja de agrandarse o enriquecerse desde todos los sentidos posibles esa llamativa letra minúscula que aplica Borges a la escritura de sus apuntes manuscritos. El tramo final incluye también observaciones políticas que llegan a la actualidad y llevan a este documental a tomar distancia de cualquier hagiografía.
Con todo, el señalamiento de algunas de las más cuestionadas declaraciones de Borges (incluyendo un capítulo sobre el famoso almuerzo que compartió en su momento con el expresidente de facto Jorge Rafael Videla y la mención de su apoyo explícito al dictador chileno Augusto Pinochet) no dejan de ser sutiles observaciones sobre el comportamiento avieso de ciertos medios, dispuestos a aprovecharse de un Borges ya frágil y anciano en la búsqueda de un título explosivo, un comentario absurdo o una frase provocadora.
En el final de ese camino, Llinás también sumará como testimonio el momento en que el escritor reconoce la vileza del terrorismo de Estado y se solidariza públicamente con sus víctimas. Como escribió Christopher Hitchens en sus memorias, recordando el encuentro con Borges durante una visita a la Argentina en 1977, “hombres como él tienen un ‘patrón oro’ cuando se trata de asuntos de principios”.

El final, regocijante y abierto, no solo funciona como pequeño resumen del viaje. Llega el momento, casi como un reto, de unir la multitud de datos, pistas, testimonios, recuerdos de viajes, palabras, objetos y textos dispersos acumulados durante 330 minutos.
Allí por fin entendemos, cuando está por culminar la película, que a la salida nos tocará hacer lo que en un momento debió haber hecho Llinás antes de convertirse en un fervoroso lector y observador de Borges: volver a su obra (si ese nombre ya nos es familiar) para enriquecernos con ella y reencontrarnos desde un conocimiento mayor con la fascinante figura que la creó.
Y si no sabemos nada de este mundo, la película se ofrece como la mejor ayuda para empezar desde cero con las revelaciones y los misterios borgianos. Una guía para iniciados.
En uno y otro caso, esta deslumbrante aventura de cinco horas y media hecha película es pura felicidad. No hay nada parecido a ella en el cine argentino actual. La esperamos pronto por aquí.
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