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Detrás del rodaje

Los inadaptados: un rodaje marcado por los contratiempos y la adicción de Marilyn Monroe

Paula Vázquez Prieto
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5 de febrero de 2019  • 00:13

Rodaje melancólico si los hubo, el de Los inadaptados fue el extraño eco de ese mundo decadente que imaginó la única obra de Arthur Miller pensada para el cine. Miller concibió su texto no como novela ni como obra de teatro, sino como una forma peculiar de narrativa que condensaba el poder inmediato de las imágenes y la capacidad reflexiva de la palabra escrita. Así, por lo menos, lo declaró en el prólogo de la edición de 2015 de Tusquets (titulado Vidas rebeldes), que nos presenta esa híbrida forma de escritura como quien regala su mejor carta de amor. Porque Los inadaptados, además de llevar a cuestas ese aura de despedida de toda una época de la vida americana en el Oeste, de toda una forma de hacer cine en Hollywood, también fue un adiós para varias de las estrellas que allí hicieron sus últimas apariciones en pantalla. Clark Gable moría apenas diez días después de completar ese arduo rodaje en el desierto ("Dedicado a Clark Gable, que no sabía odiar", firma Miller como sentida dedicatoria), Marilyn Monroe dejaba en ese espectral blanco y negro su última película estrenada (quedarían algunas imágenes de la inconclusa Something’s Got to Give para el fetiche de la cinefilia), y Montgomery Clift legaba uno de los últimos registros de su rostro marcado por un trágico accidente, por ese halo de final que tuvo el ocaso de su carrera.

Pero la historia de ese turbulento rodaje había comenzado un tiempo antes. "En 1959 recibí un llamado del productor Frank Taylor. Me dijo que le interesaba producir una película titulada The Misfits. Arthur Miller había escrito el guion con un papel para su mujer, Marilyn Monroe. ¿Quería leerlo? Yo no conocía a Miller entonces, pero admiraba su obra, y le contesté que desde luego. Frank me lo envió y era excelente. Lo llamé y le dije que me gustaría mucho hacer la película". El relato de John Huston en sus memorias tituladas A corazón abierto condensa el germen de esa aventura, que tenía en Miller y Monroe a las dos personalidades que marcarían a fuego esa historia. Para fines de los 50 el escritor de Muerte de un viajante era un sobreviviente del macartismo, un agudo crítico de la vacuidad del sueño americano y un intelectual que reunía premios y celebraciones al mismo tiempo que invadía las columnas de la prensa del corazón con los vaivenes de su matrimonio. Es que la unión con Monroe parecía la menos pensada, la de las bromas obligadas, la de la conjunción imposible entre dos mundos dispares. Sin embargo, Los inadaptados nació de ese encuentro, de la mirada de Miller sobre ese mundo del que Marilyn parecía parte indisoluble, de esa historia que Huston captaría en una de las películas bisagra de su carrera.

Trailer de Los Inadaptados - Fuente: YouTube

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El rodaje comenzó en el ardiente verano de 1960 en Nevada, en los desérticos exteriores de la ciudad de Reno. "Reno tenía todavía cierto sabor del viejo Oeste", recuerda Huston. El equipo vivía en el Hotel Mapes y él se pasaba horas en el casino que había debajo, que nada tenía que ver con el glamour que entonces empezaba a inundar Las Vegas. Acá no había máquinas tragamonedas para los apostadores de dos dólares, ni shows de Sinatra y el Rat Pack: después de un día de 40° solo quedaba la diversión de los dados, la ruleta y el blackjack. "De vez en cuando llegaba algún apostador fuerte, ponía sobre la mesa un fajo de billetes, conseguía subir el límite y trataba de hacer saltar la banca. Yo lo pasaba de maravilla perdiendo hasta las pestañas una noche y recuperándome al día siguiente". Pero mientras el director se pasaba las noches en el casino y las jornadas se demoraban hasta el mediodía para que Marilyn llegara al set descansada, el presupuesto escalaba sin medida. "Solo el reparto convertía a Los inadaptados en la película en blanco y negro más cara –en costos fijos- que se hubiera hecho hasta entonces: Clark Gable, Marilyn Monroe, Montgomery Clift, Eli Wallach, Thelma Ritter y Kevin McCarthy. Luego los costos variables comenzaron a dispararse, fundamentalmente debido a los interminables retrasos", recordaba el cineasta.

Para entonces no era ninguna novedad la reputación de Marilyn Monroe de llegar siempre tarde al set. Las demoras se debían a la creciente dependencia de los psicofármacos que le exigían más y más horas de sueño, a las crecientes inseguridades a la hora de moldear su interpretación en función de consejeros y maestros de actuación y a las reiteradas peleas que entonces corroían su ya desgastado matrimonio con Miller. Por ello el director decidió comenzar más tarde las jornadas, pero igual Gable terminaba ensayando el diálogo con la doble y leyéndose varias novelas en los tiempos de espera. Donald Spoto, biógrafo de varias estrellas, cuenta en su libro Marilyn Monroe. La biografía que los partenaires de Monroe toleraban las demoras que siempre signaban sus rodajes porque "ella se esforzaba mucho en su trabajo, porque el resultado era siempre gratificante, y porque, paradójicamente, ella estaba entre las actrices menos temperamentales; no existen pruebas de que alguna vez haya hecho una demostración pública de ira contra un actor o director, ni de que haya tenido una muestra de orgullo o desprecio".

Todo el equipo de Los inadaptados: Arthur Miller, Eli Wallach, John Huston, Clark Gable, Marilyn Monroe y Montgomery Clift
Todo el equipo de Los inadaptados: Arthur Miller, Eli Wallach, John Huston, Clark Gable, Marilyn Monroe y Montgomery Clift Fuente: Archivo

La crisis mayor se produjo con la internación de la estrella en un hospital de Los Ángeles, lo cual llevó a interrumpir el rodaje durante dos semanas. Mientras tanto, Montgomery Clift lidiaba con sus propios fantasmas y adicciones. Había un médico en el set al que visitaba dos o tres veces al día. El accidente que había desfigurado su rostro unos años antes profundizó su dependencia del alcohol y las drogas, y con frecuencia alternaba momentos de incontenible euforia con períodos de profunda depresión. La dinámica que consiguió con Gable en las escenas que compartían fue toda una revelación para Huston, sin embargo su impredecible humor era todo un desconcierto para el veterano actor de Lo que el viento se llevó. "Gable padecía fuertes dolores de espalda y, durante el rodaje de una escena en la que conducían hacia el rodeo entre una multitud, Monty no dejaba de golpearlo con fuerza, preso de una incontenible excitación. Al final Clark terminó con unos dolores terribles y lleno de moretones porque Monty se tomaba su papel tan en serio que no medía su fuerza".

Marilyn finalmente regresó al set luego de contestar las comedidas preguntas de los periodistas en el aeropuerto y dejar para la historia la famosa frase del Chanel N° 5. "Yo estaba muy preocupado por sus actos y su expresión", recordaba Huston. "La mitad del tiempo parecía aturdida. Cuando estaba normal, sin embargo, podía ser maravillosamente eficaz. Nunca fingía las emociones. Era algo auténtico. Se metía hasta el fondo de sí misma, encontraba esa emoción y la hacía aflorar a la conciencia". Esa búsqueda de realismo y autenticidad fue un rasgo que definió el trabajo de Huston desde sus comienzos. Fue emblemático el rodaje de Moby Dick en el que el director casi mata a Gregory Peck al atarlo a una ballena de goma de dos toneladas y lanzarlo al mar en el medio de una espesa niebla. Pero si Peck sobrevivió a olas de más de dos metros, ¿cómo Gable no iba a sobrevivir a ser arrastrado a lo largo de ciento veinte metros en el medio del desierto de Nevada? Hay que decir que Gable insistió en hacer la escena de riesgo pese a que podía haber exigido un doble. No hizo todas las tomas arriesgadas, pero sí aquella en la que Huston lo ató a un camión a más de cien kilómetros por hora para simular la fuerza de un caballo enfurecido. Unos días después, en otra secuencia en la que sí participó un doble y terminó con una herida en el rostro y escupiendo sangre, Gable se fue profiriendo insultos por la absurda temeridad del director.

Marilyn Monroe y Montgomery Clift en una de las escenas en el desierto de Reno, Nevada.
Marilyn Monroe y Montgomery Clift en una de las escenas en el desierto de Reno, Nevada. Fuente: Archivo

Los riesgos de Huston no concluyeron ahí. Sus noches en el casino se hacían más prolongadas y, según cuenta Donald Spoto citando al mismísimo Arthur Miller, "se quedaba dormido en la silla durante el rodaje y cuando se despertaba no sabía qué escena se estaba interpretando". Sus apuestas ascendían a veinte mil dólares por noche y, según el encargado de la producción de la United Artists, destinaba todo el efectivo que le sobraba en el día a la mesa de los dados. El director solía disculparse con su habitual ingenio: "Anoche tuve problemas. Bajé la escalera y ya perdí mil dólares". Para Miller, el caos los iba dominando a todos. Hacia el final él y Marilyn ya no compartían la suite en el Hotel Mapes, el clima era cada vez más caluroso, los caballos estaban extenuados, Gable se la pasaba fumando, Clift en el bar y Huston en la mesa de juego.

Gable no llegó a ver la película estrenada, murió unos meses antes de una trombosis coronaria. Según cuenta Huston, vio el primer montaje y se mostró orgulloso del trabajo que habían realizado. Le aseguró que si el estudio ponía reparos para terminarla, él estaba dispuesto a comprar los derechos para garantizar su estreno. Es que cuatro millones de dólares era demasiado para una película en blanco y negro y la United Artists no estaba conforme con el material que Huston le había entregado. La película se había teñido, día tras día, de una dolorosa sensación de decadencia que el mismo Miller destilaba en sus reescrituras y sugerencias al director. Tanto él como Huston miraban al Oeste profundo como un espacio hermético y aislado en el que se conservaban los valores de una sociedad que desaparecía lentamente, asediada por una modernidad que ofrecía su rostro más oscuro e implacable. Un mundo que se tornaba extraño y autodestructivo para quienes lo habitaban, en el que la caza de los mustangs –raza marginal de equinos que galopaba libre por las montañas de Nevada-, antes sinónimo del coraje del cowboy y de su negación a la muerte, ahora era funcional a un individualismo despiadado que llevaba el signo de la muerte invisible.

Los inadaptados no fue un éxito en su momento y su estreno estuvo marcado por esa extraña maldición de soledades, trágicas muertes y dolorosas separaciones. Todo en ese Reno vestido de polvo y amargura se definía como el espejo feroz del desamor, como la más cabal representación de un fracaso. Varios fotógrafos de renombre, entre ellos Henri Cartier-Bresson, estuvieron presentes en los largos días de rodaje en el desierto e inmortalizaron aquella odisea en un libro de 200 fotografías curado por quien fuera director de la Cinemateca Francesa y la revista Cahiers du cinema, Serge Toubiana. El libro The Misfits. Story of Shoot recoge imágenes extraordinarias de ese tiempo extinto, de esa obra clave para entender el final de una época, habitada por un decadentismo inusual en el cine de Hollywood, y notable en la autoconciencia de sus interpretaciones desgarradoras. "Debido a la muerte de Clark y a la tragedia de ver a Marilyn destruyéndose a sí misma, mis recuerdos de Los inadaptados son fundamentalmente melancólicos. Pero, la verdad, es que también hubo momentos muy buenos", son las últimas palabras que John Huston le dedica a una de sus grandes películas.

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