
Murió la cineasta de Hitler
Fue bailarina, fotógrafa y actriz. Les dio, como nadie, vigor dramático a los documentales que filmó en los tiempos de esplendor del Tercer Reich. Con la misma curiosidad retrató el Africa yel fondo del mar. Tenía 101 años y se mantuvo activa hasta el final
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MUNICH (DPA).- La destacada y a la vez controvertida cineasta y fotógrafa alemana Leni Riefenstahl murió anteanoche, apenas dos semanas después de cumplir 101 años, poniendo fin a una larga vida que hasta sus últimos días quedó marcada por su colaboración con el nazismo. La muerte de Riefenstahl, cuyo estado de salud se había deteriorado considerablemente en los últimos meses, fue dada a conocer ayer por su amiga y persona de confianza Gisela Jahn. Según dijo, la artista murió en su casa de Poecking, en el sur del país.
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Todo en la historia de Leni Riefenstahl -inclusive la inusual energía que la mantuvo en actividad cuando ya rondaba los 100 años- conduce a definirla como un personaje de excepción. Artista múltiple y dotada de un talento poco común, fue bailarina, pintora, atleta, actriz y fotógrafa, antes y después de que su decisiva contribución con el Tercer Reich como directora de famosísimos films documentales ligara su nombre para siempre al cine de propaganda nazi y la hiciera acreedora de elogios tan encendidos por su excelencia formal como de la más feroz censura por su propósito glorificador.
La controversia en torno de su obra, que nunca cesó y que quizá cobre nuevo ímpetu con la noticia de su muerte, generó no pocas reflexiones en torno de las siempre complejas relaciones entre arte y moral y entre arte y política. Riefenstahl vivió fascinada por la belleza y fue en su busca tanto en la época juvenil en que se apasionó por las prácticas deportivas o se inclinó hacia la danza como cuando, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y excluida del cine por sus antecedentes, se internó en Africa para registrar con su cámara fotográfica la hermosura salvaje de los nubas o se sumergió en el océano hechizada por los misterios de la geografía y la vida submarinas.
Así, no cuesta comprender que haya sido sensible a la teatralidad ritual de las ceremonias del régimen hitleriano ni que se haya convertido, tras rendirse ante el magnetismo personal del líder alemán (no ante su discurso, del cual -según se preocupaba en aclarar- no entendió gran cosa) en su directora favorita y en la máxima intérprete de esos principios de manipulación estética de la política tan caros al nazismo. A sabiendas de lo que hacía, según conjeturan quienes recuerdan que Riefenstahl tenía 30 años y mucha experiencia en el mundo artístico cuando inició su colaboración con el régimen, o -como justifican otros- atendiendo sólo a sus inquietudes estéticas y a la ventaja que suponía contar con la riqueza y variedad de medios que el Führer ponía a su disposición.
Quienes juzgan que su talento fue utilizado por la maquinaria de la propaganda nazi, y que su expulsión de los estudios cinematográficos tras el fin de la guerra constituyó otra manifestación de intolerancia de las muchas que han sufrido desde siempre los artistas, suelen recordar que su obra despertó la admiración de personalidades tan diversas como Chaplin, Vittorio De Sica, Fellini, Capra o el mismísimo Stalin. También apuntan, para desmentir su filiación nazi, que hubo entre sus colaboradores hombres identificados con la izquierda política, como Bela Balasz o Walter Ruttmann, y que sólo uno de sus dos films más famosos -"El triunfo de la voluntad" (1935)- tiene una abierta intención propagandística. A otros les alcanza para sancionarla moralmente (aun cuando sepan apreciar la belleza de sus obras), con reconocer la siniestra fascinación de las imágenes que articuló con el propósito de ensalzar a Hitler y transmitir el poder hipnótico que éste ejercía sobre las multitudes. Pero hay también quienes, como Susan Sontag, hilan más fino y consideran que las tendencias nazis eran innatas en la cineasta desaparecida y que se manifestaron tanto en el alpinismo y en el culto del esfuerzo como en la exaltación de la belleza física y la plasticidad de los atletas olímpicos o de las amazonas y los luchadores nubas de Sudán. Unos y otros, detractores y defensores, concuerdan al admirar el riquísimo lenguaje expresivo y la sensibilidad plástica que Riefenstahl mostró cada vez que se puso detrás de las cámaras.
Hacia las cumbres
Berta Helene Amalie Riefenstahl había nacido el 22 de agosto de 1902 en el hogar burgués de un rico hombre de negocios de Berlín. Desde chica se interesó por el deporte y el arte. Estudió pintura y ballet en su ciudad natal y entre 1923 y 1926 apareció en programas de danza clásica y moderna.
Entusiasta del cine y de las proezas atléticas, era natural que se sintiera atraída por los films de montaña que estaban de moda por entonces en Alemania. Pronto tomó contacto con el director Arnold Fanck, un geólogo que se había vuelto especialista en aquellas realizaciones. La belleza, la destreza gimnástica y el fervor de la muchacha hicieron lo demás: a partir de 1926 una sucesión de films que explotaban su fotogenia y sus destrezas de alpinista la convirtieron en una estrella. En 1931 ya contaba con una compañía productora y al año siguiente escribió, produjo, dirigió y fue protagonista de su primera película: "La luz azul".
Ese mismo año también vio por primera vez en un congreso a Hitler, que le causó una honda impresión: "Actuó sobre mí de un modo fascinante", escribiría años después. Encandilada por su personalidad, quiso conocerlo y le escribió una carta. Se encontraron en Wilhelmshaven, donde se confesaron su mutua admiración. Al poco tiempo, Hitler asumió como canciller y la convocó para ponerla al frente de la cinematografía alemana. Ella rehusó la oferta, y aunque no se afilió al nacionalsocialismo aceptó realizar un documental sobre el partido: "La victoria de la fe" ("Sieg des Glaubens", 1933), que luego fue ocultado y probablemente destruido porque en él aparecían jerarcas ya caídos en desgracia. Fue el paso previo a "El triunfo de la voluntad" ("Triumph des Willens", 1935), sobre la convención del partido nazi en Nuremberg, al que se considera una obra maestra de la propaganda política.
Riefenstahl contó con recursos ilimitados y con un generoso despliegue de medios técnicos; además, la propia puesta en escena del congreso, basada en el diseño arquitectónico, parece haber sido concebida al servicio de la cámara: "Los preparativos para la reunión se hicieron en correlación con los trabajos de filmación", reconoció ella.
Leni supo aprovechar esas ventajas e interpretar la voluntad del Führer. Adaptado su ritmo a los himnos y la música wagneriana, el montaje del film valorizó y multiplicó las coreografías armadas sobre la marcha de las interminables columnas de hombres uniformados hasta convertirlas en formas abstractas captadas desde variados ángulos. Los conjuntos devienen así diseños geométricos mientras el crescendo emotivo remata en un frenético final cuando Hitler sube a la tribuna. La falsa objetividad del documento se alterna en "El triunfo de la voluntad" con los efectos que manipulan la emoción del espectador.
Fue una gran representación que, favorecida por el talento de la realizadora para la edición y la fotografía, estaba destinada a asumir la condición de un documento auténtico. Fue también la obra cuya voluntad propagandística marcó para siempre el compromiso de Riefenstahl con el régimen y la que determinó su posterior destino.
Exaltación de los cuerpos
Si bien nunca tuvo el apoyo de Goebbels, contó otra vez con el amparo oficial para posibilitar el rodaje -bastante más complejo- de "Olympia" (1938), donde se trataba de documentar los Juegos Olímpicos celebrados en Berlín en 1936. Si bien el mensaje ideológico no es tan franco aquí como en el caso anterior y el film parece sobre todo un documental sobre el deporte -uno de tan grandioso esplendor formal como nunca antes se había visto-, aquí se manifiesta la idea de la superioridad aria en una larga secuencia inicial que equipara los cuerpos de los atletas con la belleza clásica de las estatuas griegas.
"Olympia", para cuya realización la cineasta empleó 45 cámaras y redujo a sólo cuatro las más de 200 horas de material filmado, es un himno a la belleza del cuerpo humano y una glorificación de la potencia física. Otra vez brilló aquí la maestría de Riefenstahl en el uso expresivo de la luz, en la concepción del montaje y en la concertación entre imágenes y música.
Algún tiempo después, inició una obra de ficción, "Tiefland" ("Tierra baja"), sobre una opereta de Eugen d’Albert, y volvió a tener respaldo estatal, lo que le permitió rodar algunas escenas en España, pero la victoria aliada impidió su conclusión. Sólo pudo terminarla a duras penas en 1954.
Los nubas y el mar
Al cabo de los múltiples interrogatorios a que fue sometida después del fin de la guerra por su vinculación con el nazismo, no pudo achacársele otra culpa que la de haber dirigido dos films de propaganda y sólo fue considerada una "simpatizante". No se la juzgó, pero su nombre ingresó en una lista negra que le impidió la actuación pública, a raíz de lo cual padeció un largo ostracismo. Su nombre siguió estando siempre estrechamente asociado a la polémica. En Alemania, donde residía (a orillas del lago Starnberg, al sur de Munich), y fuera de ella.
En 1966 hizo su primer viaje a Africa, con lo que iniciaría una segunda etapa de su carrera artística. Fascinada por la vida primitiva y la perfección física de los nubas, en la región central de Sudán, convivió con ellos veinte años, durante los cuales registró su majestuosa belleza en memorables fotografías. Volvió a Europa con frecuencia, sobre todo para luchar por el rescate de sus películas y por la defensa de sus derechos de autora. Muchas de esas peripecias, a las que dedicó tanta atención como a su nebuloso pasado (siempre adujo haber sido ingenua en su apreciación del régimen hitleriano), quedaron registradas en el controvertido volumen de memorias que publicó en 1987. A él se suman decenas de libros, ensayos, artículos y entrevistas que le fueron dedicados por autores de las extracciones más diversas.
Su última pasión fue el océano. Entre los 70 y los 97 años, lo que habla otra vez de su naturaleza excepcional, se consagró al buceo, que la llevó a explorar y registrar con su cámara la vida en las profundidades de los mares del Sur. Gracias a él volvió con "Impresiones submarinas" (2002) al documental, el género que contribuyó a estigmatizarla y también el que la hizo protagonista de un capítulo importante de la historia del cine.
Con personalidad multifacética
Enérgica y bella, retrató como nadie al nazismo, otorgándole una estética que impacta aún hoy por su fuerza y personal estilo. En sus 101 años de vida no se privó de casi nada: fue bailarina, actriz y fotógrafa. Resistió las críticas más furibundas y nunca bajó los brazos. Con ese temperamento atravesó la centuria.



