Película torpe sobre un matrimonio aburrido
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"La mujer de mi hermano" (Perú, México, Chile/2005). Dirección: Ricardo de Montreuil. Con Bárbara Mori, Christian Meier, Manolo Cardona y Bruno Bichir. Guión: Jaime Bayly, basado en su propia novela. Fotografía: Andrés Sánchez. Música: Angelo Milli. Edición: Rosario Suárez. Dirección de arte: Wolfgang Burman. Producción hablada en castellano y presentada por 20th. Century Fox de Argentina. Duración: 88 minutos. Para mayores de 16 años.
Nuestra opinión: regular
Basado en el best seller del peruano Jaime Bayly (autor también del guión), esta ópera prima de su compatriota Ricardo de Montreuil (reconocido director de comerciales y videoclips) apuesta, sin demasiada fortuna, por la provocación con esta historia sobre un triángulo sentimental entre un desgastado matrimonio burgués y el hermano del marido.
Absolutamente mediocre y por momentos bastante torpe, este melodrama rodado con el cuidado, la pulcritud, la estilización y el artificio propios del lenguaje publicitario más convencional no deja de tropezar con ninguno de los estereotipos, los clisés y las cursilerías que puedan imaginarse. Así, la más elemental telenovela vespertina surgirá, en la comparación, como una obra de una complejidad dramática digna de William Shakespeare.
Zoe (la atractiva Bárbara Mori) es una mujer agobiada por diez años de matrimonio con Ignacio (Christian Meier), un exitoso ejecutivo tan controlador como reprimido. La holgura económica de la pareja contrasta con la escasa pasión y la falta de sorpresa, y a esa angustiante previsibilidad se le suma la imposibilidad de ambos para concebir hijos.
Hastiada de la frialdad de su esposo, Zoe encuentra en los crecientes avances de su cuñado Gonzalo (Manolo Cardona), un pintor moderno bastante más atrevido y desfachatado que su hermano, la posibilidad de coquetear con el erotismo y el riesgo que su vida en pareja parece haber perdido por completo.
Si la película se maneja con oposiciones decididamente elementales (el yuppie frío versus el artista bohemio y fogoso), peor resultan todavía las cosas con los personajes secundarios (como el estereotipado amigo gay de la protagonista) o cuando de la infidelidad en el matrimonio o los celos y las competencias entre hermanos se salta a cuestiones bastante más complejas como el incesto, que es trabajado aquí con una superficialidad pasmosa.
Nadie pretende que todos los films tengan la audacia y la profundidad de "Ultimo tango en París". Tampoco está mal ironizar sobre el discreto encanto (léase las hipocresías y contradicciones) de la burguesía o sobre las miserias sexuales y juegos peligrosos de los nuevos ricos treintañeros. El problema es cuando ni en la forma ni en el contenido se están mínimamente a la altura de semejante empresa.
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