Policial hecho con mucho oficio

Fernando López
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5 de septiembre de 2002  

"Noches blancas" ("Insomnia", EE.UU./2001, color). Dirección: Christopher Nolan. Con Al Pacino, Robin Williams, Hilary Swank, Martin Donovan, Maura Tierney, Nicky Katt, Paul Dooley, Jonathan Jackson, Larry Holden, Katherine Isabelle. Guión: Hillary Seitz, sobre el film "Insomnia", dirigido por Erik Skjoldbjaerg y escrito por Nikolaj Frobenius y Skjoldbjaerg. Fotografía: Wally Pfister. Música: David Julyan. Edición: Dody Dorn. Presentada por Lider Films. Duración: 110 minutos.

Nuestra opinión: buena

El espléndido paisaje de Alaska que la cámara recorre al comienzo en un largo encadenamiento de tomas aéreas obra como una suerte de anticipo. El extenso manto blanco deja ver aquí y allá formas inquietantes, escabrosas; cualquier secreto puede yacer bajo la escarpada superficie. Pronto se verá que en esas interminables noches de verano del Artico, donde la luz no da tregua y la niebla y la nieve se suman al efecto enceguecedor, la única oscuridad parece residir en el corazón de los hombres. No se llega a ese lugar remoto e inhóspito sino escapando, suele decir la gente del lugar.

No es -por lo menos, no en apariencia- el caso de los dos detectives especialmente enviados desde Los Angeles para desentrañar el caso de una adolescente que apareció muerta y cuyo cadáver ha sido despojado, con quirúrgica prolijidad, de cualquier rasgo que pudiera servir para identificar al asesino.

La complejidad de la tarea es uno de los motivos que explican por qué ha debido recurrirse a los eficaces Dormer y Eckhart, el primero de los cuales es toda una celebridad en el mundo policial. El otro motivo tiene poco que ver con la ficción. Sucede que "Noches blancas" es la remake de un excelente film noruego llamado como éste, en el original, "Insomnia", y el traslado de jurisdicción resulta una licencia -menor, aunque poco verosímil- que debió tomarse la adaptación para hacer posible la historia en territorio norteamericano. Hay otras, como la presencia de personajes cuya única misión es poner el oído para los desahogos del protagonista o bien para contribuir al avance de la intriga. Y no falta el toque confortador del final, cuando se abre para el torturado y ambiguo personaje principal esa puerta hacia la redención que los grandes estudios juzgan indispensable en estos casos para que el público pueda irse a casa más tranquilo.

Nolan hace los deberes

El paso de Christopher Nolan ("Memento") del cine independiente a la producción de los grandes estudios puede considerarse, no obstante, auspicioso. Aunque aquí no juega con la estructura narrativa y debe sujetarse a un formato más clásico, pone otra vez en juego su voluntad de huir de los esquematismos, su habilidad para indagar en la compleja interioridad de sus personajes y para hacer visible su tormento psicológico. También es digno de mención en este caso su aprovechamiento expresivo del ambiente (hay una magnífica secuencia de persecución sobre troncos flotantes en el agua gélida) y de los contrastes que proveen los oscuros espacios cerrados y el exterior blanquecino. En este sentido, cuenta con el decisivo aporte de la luz de Wally Pfister, que sabe asimismo subrayar con la cámara la creciente alteración del carácter del protagonista.

Nolan prueba otra vez, por otro lado, que conoce bien las reglas del suspenso y sabe administrar la información para retener la atención del espectador. El crecimiento del film no depende sólo de la investigación sobre el crimen de la muchacha. En realidad, la guerra psicológica del detective se libra en varios frentes: el más duro es el interno, traducido y magnificado por el insomnio a que lo conducen tanto su conciencia como los días sin noches de Alaska; éste viene agitándose desde Los Angeles, donde los agentes de Asuntos Internos han puesto en tela de juicio su proceder en algunos casos criminales, y va a complicarse mucho más cuando en una jornada de espesa niebla un desdichado accidente lo deje sin compañero y atormentado por la culpa. El otro frente toma la forma clásica de la batalla entre el gato y el ratón: es el juego siniestro que se entabla entre Dormer y el solitario escritor señalado como principal sospechoso del asesinato de la chica, pero conocedor de algún oscuro secreto del detective.

La prudencia aconseja no avanzar en la descripción de la trama, si bien el fuerte de "Noches blancas" reside más en la indagación psicológica que en los avances y retrocesos de la investigación policial. Vale anotar, sí, que Al Pacino y Robin Williams (el angustiado detective Dormer y el escritor solitario que gusta de los juegos perversos) hacen gala aquí de un control y una mesura que no dejan de ser encomiables conociendo la tendencia de ambos al exhibicionismo histriónico y la sobreactuación. La laureada Hilary Swank se encarga de imponer algún espesor a un personaje bastante más desatendido por el guión.

También vale señalar que, aun con sus concesiones, "Noches blancas" es un thriller atractivo, que parece confiar bastante en la inteligencia del espectador y cuyo interés no decae con el correr de los minutos. Lo que comprueba que Christopher Nolan ha ingresado con pie firme en Hollywood. Sólo cabe esperar que se reserve un espacio independiente para seguir corriendo sus propios riesgos y haciendo oír, como en "Memento", su propia voz.

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