
Robert Redford: prisionero del infierno
Entrevista al actor que en "Secretos de un secuestro", que se estrenará aquí el jueves, protagoniza a un ejecutivo secuestrado
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El sufrimiento que soporta Robert Redford en su nuevo film, en el que encarna a un ejecutivo secuestrado, en medio de un denso bosque, no fue del todo una actuación. "Estaba muy caluroso y pesado -recuerda el actor- y trabajábamos muchas horas bajo la lluvia, en el lodo. Tenía las manos atadas todo el tiempo. Soy muy claustrofóbico... Ni siquiera me gusta permanecer mucho tiempo sentado en una silla. Así que, para mí, el mayor desafío como actor fue tener que encarnar un personaje que se pasa casi todo el film prisionero."
Su incomodidad se nota en los frecuentes primeros planos del rostro, transpirado y embarrado, en la película "Secretos de un secuestro". Aunque el curtido perfil de Redford todavía resulta impresionante, es evidente que el director Pieter Jan Brugge ni siquiera intenta hacer que su astro protagónico se parezca al primer actor que deslumbró a las mujeres en "Butch Cassidy" (1969) y en la sarta de éxitos cinematográficos que siguieron.
Y para Redford eso está muy bien.
"No tengo miedo de envejecer, porque ya soy viejo", dice el actor, encogiéndose de hombros. "Es un hecho de la vida; nos ocurre a todos. Algunas personas intentan detener ese proceso con cirugía estética o por otros medios, pero tan sólo pretenden detener el tiempo o hacerlo retroceder, y creo que eso no funciona. Yo no soy de ese modo -concluye- porque creo que la vida produce un desgaste proporcional a como se la ha vivido."
En "Secretos de un secuestro", Redford interpreta a un encumbrado hombre de negocios secuestrado por un empleado descontento (Willem Dafoe). El film inevitablemente evocó, para Redford, la vulnerabilidad de cualquier persona -digamos una estrella de cine- rica, famosa e inmediatamente reconocible.
"Más de una vez me he preocupado por eso", admite. "Pero casi siempre mi preocupación se centró en mi familia. Creo que he tenido la arrogancia de pensar que yo podía manejar el tema de la celebridad, porque valoro mi privacidad y no tengo ningún séquito, que es lo que realmente atrae muchísima atención. Pero en algunos momentos no pude manejarlo, y descubrí que en la vida real hay gente como este pobre infeliz que me secuestra en la película." Y finalmente reconoce: "Pero nunca estuve en verdadero peligro".
Helen Mirren, que encarna a la esposa del personaje de Redford, es por cierto una leyenda del cine británico, por derecho propio. Pero en una entrevista admitió que trabajar con una estrella de Hollywood de la magnitud de Redford le resultó, al principio, un compromiso de enormes proporciones.
"Infunde al film las gigantescas proporciones, un poco atemorizantes, de ser Robert Redford", dijo Mirren, riéndose. "Al principio, una no puede dejar de pensar: «¡Dios mío, es Robert Redford!». Pero después, una descubre al hombre real, una persona muy sencilla, muy modesta y muy decente. Por supuesto, es un bello icono del cine... pero también es esa otra persona, absolutamente diferente."
Redford dice que lo que verdaderamente le gustó de "Secretos de un secuestro" fue el grado en que su personaje, Wayne Hayes, ha perdido su sentido de estabilidad. Es un rico hombre de negocios que parece gozar de una vida perfecta hasta que el secuestro revela el precio que su ambición ha exigido a su familia.
"Me gustó el tema, que eran las dos caras del sueño americano", dice Redford. "Mi cara del sueño americano fue alguien impulsado por la ambición de ser exitoso, obsesionado por esa ambición. Hay algo del pacto fáustico en el asunto, y algo que se pierde. Y lo que este hombre pierde es su familia."
Y agrega: "Por otro lado, el tipo que me secuestra es un fracasado que piensa que el mundo le debe algo, porque no es su culpa no haber triunfado. Entendí perfectamente a Wayne, porque conozco a un montón de Wayne en la vida real. Pero siempre me he identificado con la gente que dice «El viaje hasta la cima es más importante que llegar a ella». Wayne no reflexiona sobre eso hasta el momento en que su mundo está completamente trastornado".
"Durante la mitad de la vida todo puede funcionar perfectamente, y las cosas pueden cambiar en un segundo", continúa. "Eso me interesa. De repente mi personaje se encuentra ante dos caminos... tratar de mantenerse con vida y empezar a ver las cosas que ha perdido."
El viaje del propio Redford, por cierto, lo llevó desde el anonimato, cuando era un actor casi desconocido, hasta la fama mundial como superestrella de la pantalla, director premiado y fundador del aclamado Instituto Sundance y del Sundance Film Festival.
"Nadie está seguro de dónde irá a terminar", dice Redford cavilosamente. "Sundance me lo enseñó, el hecho de intentar crear una comunidad para nuevos artistas, nuevas voces, darles un lugar donde trabajar y crecer. Me hizo recordar cómo era mi vida cuando empecé en el teatro. Fue un principio muy humilde, pero nunca olvidé cuánto lo disfruté, cómo me encantaba. Uno no sabía lo que pasaría. No tenía nada que perder... todo lo que uno tenía era la esperanza. Fue una época de pasión y de entrega. El éxito trae consigo sus propias restricciones. Así que siempre he sentido que el viaje de la vida siempre es mejor mientras uno avanza que sentándose en la cima."
En cuanto a vivir en la cima, en el pasado Redford se ha quejado del esfuerzo que exige la celebridad, pero ahora dice que ha hecho las paces con la fama. "La fama no es cómoda", afirma, "pero uno aprende a convivir con ella. Muy pronto, se quiera o no, uno aprende a usarla como un abrigo, porque está siempre ahí. Pero después desaparece un poco, a medida que uno envejece y pasa de moda, o uno deja de tener eso que hace que la gente suelte un grito de sorpresa al verlo. De todos modos, siempre es raro tener a alguien que te mira con la boca abierta", reflexiona. "Y si eso es lo que uno siempre quiso, supongo que resulta gratificante. Pero a mí no me ocurrió eso."
"Pero por otra parte", admite el actor, "prefiero que la gente me mire con la boca abierta antes de ser ignorado por completo. Sin embargo, es algo que distorsiona la vida cotidiana y normal, y resulta duro convivir con eso. Uno tiene dos alternativas: o bien aprende a disfrutarlo, o bien se lo evita, se le pone límites. Y creo que en mi caso, para conservar la cordura, hice ambas cosas".





